Los días se convirtieron en semanas con una facilidad inquietante.
Tania descubrió muy pronto que la magia de aquella mujer no se había limitado solo a sus cuerpos. Unas cuantas noches después de la transformación, decidió visitar la casa de Diego con la esperanza de encontrar alguna pista o, al menos, comprobar cómo estaban las cosas. La madre de su amigo la recibió con una sonrisa cansada pero amable, y cuando Tania preguntó por él con la voz más natural que pudo fingir, la respuesta la dejó helada:
—Está en un internado fuera de la ciudad, cielo. Un programa especial de estudios. Nos dijo que necesitaba espacio… ya sabes cómo son los chicos a su edad.
Tania asintió en silencio, sintiendo un nudo frío en el estómago. La bruja había reescrito la realidad. Nadie buscaba a Diego. Nadie se preguntaba dónde estaba Tomás. Para el mundo, Tania siempre había existido y Diego simplemente se había ido a estudiar lejos. Era limpio. Era cruel.
La vida cotidiana se volvió un campo de minas.
Cada vez que salía a la calle, las miradas la perseguían. Hombres de su edad —algunos que antes habían sido compañeros de clase o simples conocidos— la recorrían de arriba abajo sin ningún disimulo. Los ojos se detenía en el generoso escote que ni la ropa más oversized lograba ocultar del todo, en la curva pronunciada de sus caderas, en el balanceo inevitable de su trasero al caminar. Intentó esconderse bajo sudaderas enormes, chaquetas holgadas y pantalones anchos, pero su cuerpo traicionaba cualquier intento. Los senos de copa F pesaban y se movían con cada paso; las caderas mecían de forma natural. Era como si el universo entero se hubiera puesto de acuerdo para recordarle lo que ahora era.
Por las noches, el libido se volvía insoportable.
Se metía en la cama con la intención de dormir y terminaba con una mano entre las piernas, mordiendo la almohada para no gemir demasiado alto. Se tocaba con urgencia, frotando el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras la otra mano amasaba uno de sus pesados pechos. El orgasmo llegaba siempre fuerte, húmedo y vergonzosamente necesario, dejándola temblando y con la respiración entrecortada. Después se quedaba mirando el techo, odiando lo mucho que su nuevo cuerpo exigía ese alivio.
A pesar de todo, nunca descuidó a Diego.
Todas las tardes se sentaba frente a la pecera durante al menos una hora. Le hablaba en voz baja, contándole lo que había hecho durante el día, quejándose de las miradas, de la ropa, del peso constante en el pecho. A veces encendía la televisión y la dejaba en algún canal de documentales o deportes, para que el pez no se aburriera demasiado. Diego siempre se acercaba al cristal cuando ella hablaba, las aletas moviéndose con calma, como si realmente estuviera escuchando.
La ausencia de su madre se alargó. La abuela necesitaba cuidados constantes y lo que iba a ser una semana se convirtió en un mes. Eso dejó a Tania sola en casa con su padre la mayor parte del tiempo.
Y esa fue, quizás, la parte más extraña de todas.
Su padre parecía… más feliz. Sonreía con más frecuencia. Le preparaba el desayuno, le preguntaba cómo le había ido el día y la abrazaba con una naturalidad que Tomás nunca había experimentado. Cuando era hombre, casi todas sus conversaciones terminaban en discusiones. Ahora era la niña mimada de la casa. Tania se dejaba querer. Disfrutaba de esos momentos más de lo que estaba dispuesta a admitir. Se sentaba a ver partidos con él en el sofá, con una manta sobre las piernas y el peso familiar de sus senos apoyado contra el pecho, y por un rato podía fingir que todo estaba bien.
Habían pasado ya varias semanas cuando, una tarde cualquiera, Tania volvió a casa con dos bolsas del supermercado y la costumbre ya instalada de cerrar la puerta con el pie.
Se detuvo en seco en cuanto entró al salón.
La mujer estaba allí.
De pie frente a la pecera, con esa misma expresión tranquila y ligeramente aburrida de la primera vez. Una de sus manos daba suaves toques en el cristal, una y otra vez, con una malicia divertida dibujada en los labios. Dentro del agua, Diego se mantenía lo más lejos posible de aquellos dedos, pegado al cristal contrario, las aletas tensas y el cuerpo rígido de puro nerviosismo.
La bruja giró lentamente la cabeza al oír la puerta y sonrió con algo que no era del todo amable.
—Hola, Tania —saludó con voz suave—. Qué casualidad… justo estaba saludando a tu amigo.
Tania dejó las bolsas del supermercado en el suelo con un golpe sordo. El corazón le latía con fuerza, pero esta vez no era solo miedo. Había algo más duro en su expresión: molestia contenida y una determinación que se le notaba hasta en la forma en que se enderezó, ignorando el peso familiar de sus senos dentro del top deportivo.
—Bien —dijo con voz firme, aunque el tono femenino le restaba parte de la severidad que hubiera querido—. Ya aprendimos la lección. Es hora de que acabes con nuestro tormento.
La mujer ladeó la cabeza, todavía con los dedos rozando el cristal de la pecera. Diego se mantenía pegado al lado opuesto, las aletas tensas.
—Tal vez sí aprendieron algo —concedió ella con calma—. Pero te recuerdo que dije que volvería con un trato.
Tania apretó los dientes. El vaquero le marcaba las caderas de forma casi obscena y sentía cómo el sujetador deportivo se le clavaba bajo el pecho por la tensión del momento. Aun así, no apartó la mirada.
—Lo que sea —respondió sin dudar—. Lo que sea con tal de que esto acabe.
La sonrisa de la bruja se ensanchó apenas, serena, casi maternal de una forma distorsionada.
—Perfecto. Entonces escucha con atención. Necesito que me ayudes a seducir a ciertos hombres. Tipos que merecen un castigo… porque son igual de imbéciles que tu amigo el pez. Quiero que les des una lección que no olviden.
Tania frunció el ceño, cruzándose de brazos bajo el pecho de forma instintiva. El gesto solo logró empujar más arriba aquellos senos pesados.
—¿Y qué piensas hacer con ellos exactamente? —preguntó—. ¿Por qué no puedes hacerlo tú misma?
La mujer soltó una risita suave, como si la pregunta le resultara entrañable.
—Oh, podría. Claro que podría. Pero tengo otras ocupaciones… y, sinceramente, me gusta ver cómo se desarrollan las cosas desde la comodidad de mi casa. Es mucho más entretenido así.
Sacó de no se sabía dónde una pequeña lista doblada y se la tendió. Tania la tomó con dedos un poco temblorosos. Siete nombres. Siete direcciones. Siete caras que, al leerlas, le resultaron vagamente familiares: tipos del barrio, de la universidad, de los bares donde antes iba con Diego a armar jaleo.
Inmediatamente después, la mujer le entregó siete frascos pequeños de cristal oscuro, cada uno cerrado con un tapón de corcho y un líquido espeso de color ámbar en su interior.
—¿Y esto? —preguntó Tania, levantando uno de los frascos—. ¿Para qué son estas pociones?
—Para convertirlos en mujeres. Exactamente igual que a ti —respondió la bruja con total naturalidad—. Tal vez así aprendan un poco de humildad… o al menos entiendan lo que se siente cuando el cuerpo se convierte en un objeto de deseo constante. Tú te encargarás de que beban el contenido. Cómo lo logres… eso ya es cosa tuya. Sedúcelos, engáñalos, úsalos. Me da igual el método, siempre que funcione.
Tania miró los frascos, luego la lista, y por último a Diego, que seguía nadando en círculos nerviosos. El peso de la decisión se le asentó en el pecho junto al de sus senos. Sentía el libido traicionero removiéndose en el bajo vientre solo de pensar en lo que tendría que hacer, y eso la enfureció todavía más.
Aun así, apretó los frascos contra su cuerpo.
—…Está bien —dijo al fin, con la mandíbula tensa—. A regañadientes… pero lo haré.
La mujer sonrió con auténtica satisfacción esta vez.
—Me alegra oír eso. Esperaré con ansias a que termines el trabajo. No te tardes demasiado, mis clientas están ansiosas por ver los resultados, Tania. Tu amigo pez y tú están contando los días, ¿verdad?
Y, como siempre, se desvaneció sin más. Un parpadeo y el salón volvió a quedar en silencio, solo roto por el suave zumbido del filtro de la pecera.
Tania se quedó quieta varios segundos, mirando el espacio vacío donde había estado la bruja. Luego bajó la vista hacia Diego. El pez se había acercado al cristal y ahora nadaba con más calma, como si notara que la amenaza inmediata había desaparecido.
Ella se acercó despacio, apoyó los dedos en el vidrio y suspiró, sintiendo cómo el top deportivo se le clavaba en la espalda por la tensión acumulada.
—Todo sea por devolvernos a la normalidad —murmuró, más para sí misma que para él—. Haré lo que tenga que hacer. Los siete. Uno por uno.
Apretó los frascos contra su pecho pesado, sintiendo el cristal frío contrastar con la calidez de su piel, y por un instante la realidad de lo que acababa de aceptar se le vino encima con toda su crudeza.
Y solo entonces, quizás, recuperarían sus vidas.
WOLAS MIS LECTORES¡ Disculpen si demoro en subir las partes pero les aseguro que cada espera valga la pena, la próxima historia que seguirá después de esta también involucra magia, si tienen alguna petición de historia los estaré leyendo por acá.
La historia esta increíble de verdad, de verdad me encanta. No se si sea petición pero en otras historias si puedes incluye más transformación de animales, por ejemplo esta es genial la del pez
ResponderBorrarLa próxima historia también tendrá ese tipo de transformaciones solo que está vez quien lo haga lo hará por maldad más que por dejar una lección.
BorrarMe tiene atrapado esta historia
ResponderBorrarLas dos últimas partes son el climax con harto contenido picante
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