El último rayo de sol de la tarde se filtraba a través de las persianas a medio cerrar del aula 3-B, tiñendo de dorado el polvo suspendido en el aire. A esa hora el edificio de Humanidades casi siempre estaba vacío; la mayoría de los estudiantes ya se habían ido a sus casas, a las bibliotecas o a cualquier bar cercano a matar el tiempo. Solo quedaba el eco lejano de alguna puerta cerrándose y el zumbido constante de las luces fluorescentes.
Lucía estaba sentada sobre el escritorio del profesor, con las piernas cruzadas y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Mateo se encontraba de pie entre ellas, con ambas manos apoyadas a cada lado de sus caderas, atrapándola sin necesidad de fuerza. Se miraban de cerca, sonriendo como quienes llevan demasiado tiempo conociéndose y aún así no se cansan de hacerlo.Llevaban casi tres años juntos. Se habían conocido en el primer semestre, en una clase de literatura contemporánea donde ninguno de los dos prestaba demasiada atención al profesor. Al principio fue solo complicidad: compartían apuntes, se reían de los mismos chistes y terminaban quedándose hasta tarde en la cafetería del campus hablando de todo y de nada. Después vino el primer beso torpe detrás del edificio de Ciencias, luego las noches de estudio que terminaban en algo mucho más agradable, y finalmente la decisión silenciosa pero firme de que querían seguir juntos.
No había sido un camino completamente fácil. Durante el segundo año apareció Andrés, un compañero de carrera de Lucía que se obsesionó con ella de una forma incómoda y persistente. Al principio fueron solo miradas demasiado largas y mensajes “casuales”. Luego empezó a aparecer en los mismos lugares, a intentar interponerse entre ella y Mateo, a sembrar dudas con comentarios venenosos. Hubo discusiones, celos injustificados y un par de semanas en las que la relación se tambaleó. Pero al final aguantaron. Lucía dejó en claro sus límites, Mateo confió en ella, y Andrés terminó quedándose solo con su rencor. Desde entonces la pareja se había vuelto más sólida, más cuidadosa el uno con el otro.
Ahora, a un año de terminar la universidad, vivían una etapa extrañamente tranquila. Ya no había la urgencia desesperada de los primeros meses ni la incertidumbre de no saber si aguantarían. Había complicidad, costumbre cariñosa y esa forma de mirarse que solo aparece cuando dos personas se conocen de verdad. Mateo estudiaba Psicología; Lucía, Literatura. Compartían piso desde hacía un año y medio, se turnaban para cocinar y se peleaban solo por tonterías como quién dejaba los calcetines fuera del cesto.
Aquella tarde se habían escapado al aula vacía después de una clase cancelada. No era la primera vez. A veces necesitaban un momento solo para ellos en medio del caos universitario: entre trabajos finales, prácticas y la presión constante de “ya casi somos adultos de verdad”.
Mateo inclinó la cabeza y rozó la punta de la nariz de Lucía con la suya.
—¿Sabes que todavía no me acostumbro a que estemos tan cerca del final? —murmuró—. El año que viene ya no estaremos merodeando por estos pasillos como si nos pertenecieran.
Lucía sonrió, rodeándole el cuello con los brazos.
—Entonces habrá que aprovechar mientras podamos, ¿no?
Se besaron despacio. No había prisa. El beso era profundo, familiar, cargado de esa calidez que solo da el tiempo compartido. Las manos de Mateo subieron por la cintura de ella, debajo de la camiseta fina, sintiendo la piel tibia. Lucía suspiró contra su boca y acercó más el cuerpo, enredando los dedos en el pelo corto de él. Por un momento el mundo se redujo al tacto, a la respiración compartida y al suave crujido de la madera del escritorio bajo ellos.
Estaban tan absortos el uno en el otro que el grito los tomó completamente por sorpresa.
Fue agudo, femenino, y estuvo cargado de un terror tan claro que ambos se separaron de golpe. El sonido había venido del pasillo, relativamente cerca, y se cortó de forma abrupta, como si algo o alguien lo hubiera silenciado.
Mateo frunció el ceño, todavía con las manos en la cintura de Lucía.
—¿Qué demonios fue eso?
Lucía ya se estaba bajando del escritorio, el corazón acelerado. El ambiente cálido y juguetón de segundos antes se había evaporado por completo.
—Sonó… cerca. Como del ala este.
Sin decir nada más, los dos se miraron un segundo y salieron del aula con paso rápido, dejando atrás el momento romántico para ir a investigar el origen de aquel grito.
Mateo y Lucía salieron al pasillo con el corazón todavía acelerado. El grito había sido tan claro, tan cercano, que esperaban encontrarse con alguien llorando, forcejeando o al menos con rastros evidentes de una pelea. En cambio, el corredor estaba en silencio. Las luces fluorescentes zumbaban con su monotonía habitual y el aire olía a limpiador industrial y madera vieja.
Avanzaron con cuidado hacia el ala este. Fue Lucía quien vio primero el montón de ropa junto a la puerta de un pequeño almacén de limpieza. Una blusa clara, un vaquero vaquero doblado de forma torpe y un par de zapatillas blancas. Todo tirado en el suelo como si alguien se hubiera desvestido a toda prisa… o como si el cuerpo que las llevaba simplemente hubiera dejado de estar ahí.
Mateo se agachó y tocó la tela con dos dedos. Todavía estaba tibia.
—Esto es de una chica —murmuró—. Y está… reciente.
Lucía miró a ambos lados del pasillo, inquieta.—No hay nadie. Ni sangre, ni signos de lucha. Solo la ropa. Es como si… hubiera desaparecido en el aire.
La idea les resultó absurda y aterradora al mismo tiempo. Su primer impulso fue buscar al guardia de seguridad. Estaban a punto de girar hacia las escaleras cuando escucharon un ruido detrás de la puerta del almacén: un leve rasguño, como de algo pequeño moviéndose entre cajas.
Mateo abrió la puerta de un tirón.
El interior estaba vacío. Estanterías con productos de limpieza, escobas, un cubo volteado… y nada más. Ni una sombra. El ruido había cesado por completo.
Cuando salieron de nuevo al pasillo, ambos alcanzaron a ver una figura al final del corredor. Alguien corría hacia la salida de emergencia. La distancia y la mala iluminación les impidieron distinguir rasgos, solo una silueta rápida que desapareció al doblar la esquina. Intentaron seguirlo, pero para cuando llegaron a la puerta de emergencia ya no había rastro.
Fueron directamente a reportar lo ocurrido.
La investigación arrancó esa misma noche. La policía revisó las cámaras del edificio (varias no funcionaban correctamente en esa zona), interrogó a los pocos estudiantes que aún quedaban y analizó la ropa. Al día siguiente se confirmó la identidad de la dueña: Amber Rojas, una estudiante de segundo año de Biología que vivía en un pequeño departamento a pocas cuadras del campus. Lucía apenas la conocía de vista; Mateo sí había coincidido con ella en un par de trabajos grupales el semestre anterior. Recordaba que era callada, de sonrisa fácil y siempre andaba con auriculares puestos.
Pasaron dos días.
Amber no apareció.
Las alarmas en el campus se encendieron de verdad. Carteles con su foto empezaron a pegarse en las paredes, los grupos de WhatsApp de las facultades no hablaban de otra cosa y la rectoría envió un comunicado pidiendo precaución y ofreciendo apoyo psicológico. El ambiente se volvió denso, cargado de murmullos y miradas nerviosas. Cada sombra en un pasillo vacío parecía sospechosa.Mateo y Lucía cargaban un peso extra: ellos habían escuchado el grito. Posiblemente el último sonido que Amber había emitido. Se sentían impotentes y, en cierta forma, marcados por aquello. Intentaban mantener la calma, seguir con las clases y los trabajos, pero la tensión se filtraba en las conversaciones, en los silencios compartidos y en la forma en que se tomaban de la mano con un poco más de fuerza de lo habitual.
Al tercer día, necesitaban un respiro.
Se escabulleron a un rincón apartado del edificio de Artes, un pequeño espacio entre dos muros donde casi nadie pasaba a esa hora. Allí, lejos de las miradas y de los carteles de “desaparecida”, Mateo rodeó la cintura de Lucía y la acercó contra su pecho. Ella escondió el rostro en su cuello, buscando el calor familiar, el olor conocido, la sensación de que al menos entre ellos dos el mundo seguía teniendo sentido. Se besaron despacio, con una urgencia suave, como si quisieran recordarse mutuamente que todavía estaban juntos y a salvo.
Fue entonces cuando escucharon los pasos.
No eran apresurados ni ruidosos. Alguien se acercaba con cuidado, casi con sigilo, rozando la pared. Ambos se tensaron al mismo tiempo. Mateo protegió instintivamente a Lucía con el cuerpo y giró la cabeza hacia el origen del sonido.
La figura apareció al doblar la esquina… y en cuanto la luz la alcanzó, ambos la identificaron de inmediato.
WOLAAASS A TODOS, SOY ASTRO ¡¡¡¡ como les prometí la próxima historia también involucraría magia y esta vez de una manera mas negativa, esta historia tendrá diez partes y tratare de subir dos por día , que crees que le paso a la pobre Amber? y cual crees que será la odisea que le espera a nuestros protagonistas? Descúbralo mas adelante de momento la parte dos las subiré en unas horas mas tarde disfruten y comenten si tienen alguna idea de historia o comentario de lo que ven los leeré en la cajita de comentarios.



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