Salir del edificio se sintió como cruzar una frontera invisible.
Mientras recogían lo que creían que eran sus cosas, la realidad empezó a golpearlo con más fuerza. Las mochilas ya no tenían los mismos llaveros ni los mismos stickers. Los carnets universitarios mostraban fotos distintas y nombres que no reconocían del todo al principio. El teléfono de quien había sido Lucía ahora respondía al nombre de Lucas, y el de quien había sido Mateo aparecía registrado como María. Incluso las conversaciones antiguas en los chats habían sido reescritas con una naturalidad aterradora. La magia del anillo no se había limitado a sus cuerpos: había reescrito sus identidades por completo.
Caminaron en silencio hasta el edificio de residencias estudiantiles. Cuando llegaron a lo que debería haber sido el cuarto de Mateo, ambos se detuvieron frente a la puerta. Lucas —todavía acostumbrándose a la altura extra y a la voz grave— giró la llave con dedos torpes. Al abrir, el impacto fue inmediato.Ya no era el cuarto de un chico.
Las paredes habían cambiado a un tono suave, casi pastel. Había cortinas claras, una cama más ordenada con fundas de un color delicado, un pequeño tocador con espejo y productos de cuidado personal femeninos perfectamente alineados. Ropa doblada sobre una silla: blusas, pantalones de tiro alto, una chaqueta que claramente no pertenecía al Mateo que ambos recordaban. Hasta el olor era distinto: más limpio, con un leve rastro de perfume floral.
María dio un paso dentro y se detuvo en seco. Sus nuevas manos pequeñas se cerraron en puños. Luego, sin previo aviso, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Se llevó ambas manos al rostro —un rostro delicado, de facciones bonitas que todavía le resultaban ajenas— y soltó un sollozo ahogado.
—Lo cambió todo… —susurró con aquella voz femenina que aún le sonaba extraña—. No solo nuestros cuerpos. Todo. Mi cuarto, mi nombre, mi vida…
Lucas se acercó de inmediato. El cuerpo masculino que ahora habitaba se movía con una fuerza y una estatura que todavía no controlaba del todo, pero el gesto fue cuidadoso. La rodeó con los brazos —unos brazos más anchos y fuertes de lo que Lucía nunca había tenido— y la atrajo contra su pecho.
—Lo sé… —murmuró con voz grave, sintiendo cómo el peso de María contra él resultaba extrañamente natural y a la vez completamente incorrecto—. Yo también lo siento. Es como si nos hubieran borrado y escrito encima.
María lloraba contra su camiseta, los senos nuevos presionados contra el torso plano de Lucas. Las caricias empezaron casi por reflejo: la mano grande de Lucas subiendo y bajando por la espalda de ella, los dedos de María aferrándose a la tela como si temiera que también eso fuera a desaparecer. Poco a poco, entre sollozos y susurros de consuelo, los rostros se fueron acercando. La necesidad de contacto, de reafirmar que seguían siendo ellos a pesar de todo, los empujó el uno hacia el otro.
Estuvieron a punto de besarse.
Los labios se rozaron apenas… y María se separó de golpe, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.
—No puedo… —dijo en voz baja, apartando la mirada—. No me gustan los chicos. Nunca me han gustado. Y ahora tú… tú eres uno.
El silencio que siguió fue doloroso. Lucas sintió un nudo frío en el estómago. Dio un paso atrás, de repente consciente de su nueva altura, de su voz grave, de la forma masculina de su cuerpo.
—Entonces… esto puede romperlo todo —susurró, y por primera vez desde la transformación su voz sonó realmente vulnerable.
María se abrazó a sí misma, todavía con las mejillas húmedas.
—Esto es lo que quería Andrés —dijo con amargura—. Que no pudiéramos estar juntos. Que cada vez que nos miráramos sintiéramos que algo está mal.
Lucas apretó la mandíbula. La rabia le subió por el pecho, mezclada con un miedo profundo.
—Entonces ¿por qué no simplemente nos hizo desaparecer como a Amber? ¿Por qué dejarnos así?
María levantó la vista. Sus ojos nuevos, más grandes y expresivos, brillaban por las lágrimas contenidas.
—Tal vez quiere vernos sufrir —respondió con aquella voz suave y femenina—. Quiere vernos intentar… y fallar.
Hubo un largo silencio. Luego Lucas respiró hondo, enderezando la espalda como si intentara ocupar por completo el cuerpo que ahora habitaba. Se acercó de nuevo, pero esta vez con más cuidado, y tomó las manos pequeñas de María entre las suyas.
—Por ahora vamos a calmarnos —dijo con firmeza—. Llorar no nos va a devolver nada. Tenemos que pensar. Encontrar la forma de quitarle ese anillo. Sin el anillo, quizás todo esto se pueda deshacer.
María lo miró durante varios segundos. Estaba desanimada, agotada, profundamente asustada… pero al final asintió.
Se dejaron caer juntos sobre la cama que ahora era de María. El colchón era más suave de lo que Mateo recordaba. Se abrazaron en silencio, acomodándose con torpeza a los nuevos contornos del otro: el pecho plano de Lucas contra el cuerpo curvado de María, las piernas enredándose, las respiraciones buscando el mismo ritmo.
—Nuestro amor no va a apagarse —susurró Lucas contra el pelo de ella—. Ni siquiera en una situación como esta. Lo prometo.
María cerró los ojos, aferrándose a la camiseta de él.
—Lo prometo también…
El cansancio, el shock y el peso emocional del día terminaron por vencerlos. Abrazados, en una habitación que ya no les pertenecía del todo, Lucas y María se quedaron dormidos, aferrándose el uno al otro como única certeza en medio del caos.
Los días siguientes se arrastraron con una lentitud cruel.
La transformación no se desvaneció ni se suavizó con el tiempo. Cada mañana, Lucas despertaba en un cuerpo que seguía sin sentirse del todo suyo: más alto, más pesado en los hombros, con una voz grave que todavía lo sorprendía cuando hablaba en voz alta. María, por su parte, abría los ojos y se encontraba de nuevo con el peso suave de unos senos que no deberían estar ahí, con una cintura más estrecha y una forma de moverse que el mundo ahora daba por sentada. Ambos habían aprendido a funcionar en sus nuevas pieles lo suficiente como para no llamar demasiado la atención, pero la incomodidad constante no desaparecía.
Andrés, en cambio, parecía estar disfrutando de cada segundo.
Aparecía poco frente a ellos, casi como si deliberadamente los evitara… o como si quisiera que lo vieran solo desde lejos. Cuando lo hacían, siempre estaba en medio de algún grupo, riendo demasiado alto, inclinándose hacia alguna chica con esa nueva confianza física que el anillo le había otorgado. Más alto, más atractivo, más seguro. Las mismas estudiantes que antes lo esquivaban ahora le devolvían la sonrisa. Lucas y María lo observaban desde la distancia, impotentes, con el estómago revuelto. No podían enfrentarlo abiertamente. No todavía. No sin un plan. Y esa impotencia se les acumulaba en el pecho como una piedra cada vez más pesada.
Mientras tanto, los carteles de Amber seguían multiplicándose.
Estaban en cada pasillo, en las puertas de los baños, en los tablones de anuncios y en los postes del campus. “Desaparecida”. La misma foto de siempre: Amber sonriendo un poco tímida, con el pelo recogido y una sudadera universitaria. Debajo, los datos de contacto de su familia y un número de la policía. Cada vez que Lucas o María pasaban junto a uno de aquellos carteles, sentían un escalofrío distinto. Ellos habían escuchado el grito. Habían visto la ropa tirada en el suelo. Sabían, con una certeza horrible, que Andrés estaba involucrado… y que podrían haber terminado exactamente igual.
Lucas, que había coincidido brevemente con Amber en un par de clases el semestre anterior, empezó a hacer preguntas discretas. Habló con un par de compañeros de Biología, con una chica que compartía departamento con una amiga de Amber, incluso con un chico que había estado en el mismo grupo de trabajo que ella meses atrás. Poco a poco, los fragmentos empezaron a encajar de una forma inquietante.
Andrés había intentado algo con Amber.
Según lo que logró reunir, el chico se le había acercado varias veces en las semanas previas a su desaparición. Al principio con el pretexto de apuntes, después con invitaciones a salir, y finalmente con una insistencia que a Amber le había resultado incómoda. Ella le había dicho que no. De forma clara. Y poco después… había desaparecido.
La información cayó sobre Lucas y María como un balde de agua helada.
Esa misma noche, en el cuarto que ahora pertenecía a María, ambos se sentaron en el borde de la cama en silencio. La única luz provenía de la lámpara de escritorio. Afuera, el campus seguía su ritmo nocturno, ajeno a la verdad que ellos cargaban.
—Podríamos haber sido nosotros —susurró María, con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña al escucharla—. Si no nos hubiéramos aferrado el uno al otro cuando lanzó el hechizo… si hubiéramos estado separados…
Lucas apretó la mandíbula. Sus manos, ahora más grandes, se cerraron en puños sobre sus rodillas.
—Las amigas de Amber están organizando búsquedas cada tarde —dijo en voz baja—. Su madre viene al campus casi todos los días. Pega más carteles. Pregunta a todo el que se le pone delante. Y nosotros… nosotros sabemos quién fue. Y no podemos decir nada. Porque si lo hacemos, ¿quién nos va a creer? ¿Y qué nos hace si nos descubre antes de tiempo?
El silencio que siguió fue denso, cargado de rabia e impotencia. María se abrazó a sí misma, sintiendo el peso familiar y a la vez ajeno de su nuevo pecho. Lucas la miró de reojo, sintiendo una mezcla dolorosa de ternura y frustración. Seguir juntos se había vuelto más complicado desde el cambio. El deseo de tocarse, de buscar consuelo en el cuerpo del otro, chocaba constantemente con la nueva realidad de sus géneros. Y sin embargo, la idea de perderse el uno al otro era todavía peor.La desaparición de Amber, los carteles, las lágrimas de su familia y el fanfarroneo descarado de Andrés en los pasillos no hacían más que avivar algo dentro de ambos.
Ya no se trataba solo de recuperar sus cuerpos.
Se trataba de detenerlo.
De arrebatarle ese anillo antes de que volviera a usarlo con alguien más.
Y aunque todavía no sabían cómo, la necesidad de encarar la situación crecía cada día que pasaba, alimentada por la culpa, el miedo… y una rabia cada vez más fría y determinada.
WOLAS A TODOSSSS¡¡¡¡ Aquí Astro disculpen la demora , pero he aquí un nuevo cap de la historia, ya saben cualquier sugerencia comentario o petición en la caja de comentarios , incluso sus dudas acerca de elementos de la historia y teorías todo es bienvenido.




Si haras la historia que te había comentado?
ResponderBorrarEs que si me gustaría ayudarte o darte algo por hacerla:(
Ehh hola si pero calma mi buen amigo, hay un orden para todo
BorrarTratare de escribirla esta semana
BorrarMe gusta como estás cocinando este historia me gustaría pedirte si pudieras incluirme en la historia como una víctima de cambio de género
ResponderBorrarA canijo, esta ya la escribi hasta el final , pero puedo cambiar ciertos elementos, si no logro incluirte en esta te incluiré en la próxima historia, de igual manera coméntame como te gustaría tu introducción y/o la circunstancia.
BorrarOh no te preocupes pensé que escribías sobre la marcha jaja
BorrarEntonces me espero a la siguiente solo que si me gustan los cambios de género la circunstancia sería porque descubrí un secreto en la historia y como castigo me transforma o me mantiene así para guardar silencio si no No me regresa a la normalidad
Me agrada , de hecho tenia un elemento que pensaba cambiar al final , puedo adicionarlo y creo que encajaría mejor con la historia , dime tienes alguna característica especial aspecto fisico u otro?
BorrarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrar