jueves, 15 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 4

Pasaron algunos días más.

La vida de Andrés parecía mejorar a pasos agigantados, como si el anillo no solo le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, sino también una especie de suerte retorcida. Su popularidad en el campus crecía sin freno. Cada vez más gente se le acercaba, se reía de sus comentarios y aceptaba sus invitaciones. Un miércoles por la tarde, Lucas lo vio aparcar un auto completamente nuevo en el estacionamiento de estudiantes: un modelo reciente, oscuro y llamativo, que claramente no estaba al alcance de alguien con su anterior situación económica. Andrés bajó del vehículo como si llevara años conduciéndolo, con esa seguridad física que ahora exhibía sin ningún disimulo.

Lucas apretó la mandíbula hasta dolerle y se alejó antes de que el otro pudiera notarlo.

María, en cambio, tomó una decisión impulsiva y peligrosa.

Sin decírselo a Lucas —precisamente para no preocuparlo—, compró un tinte barato y se encerró en el baño una noche. El resultado fue un rubio claro, casi platino, que le cambiaba por completo la apariencia. Se miró al espejo durante un buen rato, sintiendo una mezcla de rechazo y necesidad práctica. No le gustaba. Pero si iba a seguir a Andrés, necesitaba parecer otra persona. Al día siguiente se puso unas gafas de montura gruesa que encontró en una tienda de segunda mano y se lanzó a la calle con el corazón latiéndole en la garganta.

Lo siguió con extremo cuidado.

Andrés caminaba con paso seguro hacia el edificio de Ciencias, aparentemente solo. María mantuvo distancia, pegada a las paredes, usando grupos de estudiantes como cobertura cada vez que él giraba la cabeza. Lo vio entrar por una puerta lateral y subir a un segundo piso poco transitado a esa hora. Allí, en un pasillo casi vacío, Andrés se detuvo frente a un hombre de unos cuarenta años que revisaba unos papeles junto a una ventana: el profesor Arlo, docente de Estadística, conocido por ser estricto pero justo.

La conversación empezó en tono bajo, pero pronto se volvió tensa.

—Mis calificaciones no merecían ese suspenso —decía Andrés con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Usted me tiene manía.

El profesor Arlo ni siquiera levantó la vista de inmediato.

—Lo reprobé porque no estudió, Andrés. Las consecuencias de no prepararse son exactamente estas. No fue personal.

Fue entonces cuando María, escondida tras el marco de una puerta entreabierta, vio cómo Andrés sacaba el anillo del bolsillo y se lo colocaba en el dedo con una naturalidad escalofriante. El metal oscuro brilló débilmente.

—Sabes… —murmuró Andrés, levantando la mano—. Tal vez una nueva apariencia haga que te presten más atención. O que por fin entiendas lo que se siente cuando las cosas se te van de las manos.

El haz de luz surgió del anillo antes de que el profesor pudiera reaccionar.

María se tapó la boca con ambas manos para no gritar.

El cuerpo del profesor Arlo se contorsionó de forma antinatural. Perdió altura. Los hombros se estrecharon, la cintura se marcó y el pecho se expandió bajo la camisa formal hasta desgarrar un botón. El pelo se alargó y se volvió más oscuro; el rostro se suavizó, adquiriendo facciones femeninas claras. En cuestión de segundos, donde había estado un hombre de mediana edad ahora había una mujer de aspecto maduro pero atractivo, con un cuerpo curvilíneo atrapado en ropa de hombre que le quedaba ridículamente grande y torcida.

La nueva profesora miró sus manos, luego se tocó el pecho con dedos temblorosos. Un sollozo ahogado le escapó de la garganta cuando escuchó su propia voz, ahora claramente femenina.

Andrés soltó una risa baja, satisfecho.

—Ya he practicado con al menos tres personas antes que tú —dijo con tono casi casual, como quien comenta el clima—. Así que ni una palabra de esto a nadie… o podrías terminar como Amber. ¿Quedó claro?

La mujer que había sido el profesor Arlo asintió con la cabeza, pálida y temblando, incapaz de articular palabra. Andrés se guardó el anillo, le dio una última mirada de superioridad y se alejó por el pasillo silbando bajito.

María permaneció escondida varios minutos después de que él desapareciera, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho. El horror la tenía clavada en el sitio. Acababa de presenciar cómo alguien más perdía su vida tal como ellos la habían perdido. Y la amenaza sobre Amber resonaba en su cabeza como un eco venenoso.

Cuando por fin se aseguró de que Andrés no iba a regresar, salió de su escondite con pasos cuidadosos.

La nueva docente seguía de pie junto a la ventana, abrazándose a sí misma, con la ropa masculina colgándole del cuerpo y lágrimas silenciosas resbalándole por las mejillas. María se acercó despacio, levantando ambas manos a la vista para no asustarla más de lo que ya estaba.

—Profesora… —susurró con voz temblorosa—. Yo… yo vi lo que le hizo. No está sola.

La mujer que hasta hace apenas unos minutos había sido el profesor Arlo dio un respingo al ver a María. Sus ojos —ahora más grandes y enmarcados por pestañas que antes no tenía— se abrieron con puro pánico. Retrocedió un paso, tropezando casi con la ropa de hombre que le colgaba del cuerpo de forma ridícula.

—T-tiene que hacer algo… —balbuceó con voz temblorosa y claramente femenina—. Ese sujeto no puede estar haciendo esto a la gente así porque sí. No puede…

María levantó ambas manos en un gesto calmado, intentando no asustarla más.

—Entiendo cómo se siente —dijo en voz baja—. Pasé por algo similar. Yo… también fui cambiada. No está sola en esto.

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. La nueva profesora se llevó las manos al rostro y empezó a llorar con sollozos contenidos, el cuerpo sacudido por temblores que no podía controlar. María sacó el teléfono con dedos un poco torpes y le envió un mensaje rápido a Lucas:

«Ven al aula 214 de Ciencias. Ahora. Es urgente. No vengas solo.»

La respuesta llegó en menos de veinte segundos:

«Voy para allá.»

Mientras esperaban, María intentó consolar a la mujer lo mejor que pudo. Le habló en tono suave, explicándole a grandes rasgos lo del anillo, de Andrés y de cómo el hechizo no solo transformaba el cuerpo, sino también la identidad a ojos del resto del mundo. La profesora escuchaba entre lágrimas, asintiendo a ratos, todavía en estado de shock.

Fue entonces cuando ambas notaron el cambio en la ropa.

La camisa formal de hombre que le quedaba enorme comenzó a encogerse y a modificarse ante sus ojos. La tela se tiñó de un color más suave, las mangas se ajustaron a unos brazos más delgados y el escote se abrió ligeramente. El pantalón de traje se transformó en una falda lápiz oscura que marcaba unas caderas que antes no existían. Incluso el maletín de cuero que yacía en el suelo se distorsionó, volviéndose un bolso femenino de tamaño mediano. La magia estaba terminando de asentar la nueva realidad.

La profesora soltó un gemido ahogado al verse reflejada de cintura para abajo en la ventana.

En medio de aquel momento tenso, un movimiento en la puerta entreabierta captó la atención de María.

Uno de los gatos callejeros que solían rondar el campus entró al aula con paso decidido, la cola erguida y la mirada fija. No parecía un animal perdido: se movía como si estuviera buscando algo concreto. O cazando. María apenas le prestó atención al principio; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hasta que el felino dio un salto preciso y atrapó entre sus mandíbulas un pequeño ratón grisáceo que había intentado escabullirse detrás de una estantería.

El chillido agudo del roedor la hizo reaccionar.

En algún momento de su vida anterior, cuando todavía era Mateo, había tenido hámsteres y ratones como mascotas. Sabía lo frágiles que eran. Sin pensarlo demasiado, se acercó con cuidado, espantó al gato de un manotazo y logró liberar al ratón de entre sus dientes. El animalito quedó temblando en la palma de su mano, con el pelaje húmedo y un par de marcas rojas en el costado, pero todavía vivo.

María lo observó unos segundos. Luego, impulsivamente, lo guardó con cuidado en el bolsillo delantero de su chaqueta, donde quedaría algo protegido y caliente.

Fue al acomodarlo cuando notó algo extraño.

El ratón, a pesar del evidente dolor y el miedo, movía las patitas delanteras de forma torpe y descoordinada. No eran los movimientos frenéticos habituales de un animal asustado. Parecían… intencionales. Como si intentara hacer gestos. Como si quisiera comunicarse.

María frunció el ceño y estaba a punto de sacarlo de nuevo del bolsillo para mirarlo mejor cuando la puerta del aula se abrió de golpe.

Lucas entró casi corriendo, con la respiración agitada y la expresión de quien espera lo peor. Su mirada pasó de María a la mujer que sollozaba junto a la ventana… y se detuvo en seco al comprender lo que estaba viendo.


miércoles, 14 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 3

Salir del edificio se sintió como cruzar una frontera invisible.

Mientras recogían lo que creían que eran sus cosas, la realidad empezó a golpearlo con más fuerza. Las mochilas ya no tenían los mismos llaveros ni los mismos stickers. Los carnets universitarios mostraban fotos distintas y nombres que no reconocían del todo al principio. El teléfono de quien había sido Lucía ahora respondía al nombre de Lucas, y el de quien había sido Mateo aparecía registrado como María. Incluso las conversaciones antiguas en los chats habían sido reescritas con una naturalidad aterradora. La magia del anillo no se había limitado a sus cuerpos: había reescrito sus identidades por completo.

Caminaron en silencio hasta el edificio de residencias estudiantiles. Cuando llegaron a lo que debería haber sido el cuarto de Mateo, ambos se detuvieron frente a la puerta. Lucas —todavía acostumbrándose a la altura extra y a la voz grave— giró la llave con dedos torpes. Al abrir, el impacto fue inmediato.

Ya no era el cuarto de un chico.

Las paredes habían cambiado a un tono suave, casi pastel. Había cortinas claras, una cama más ordenada con fundas de un color delicado, un pequeño tocador con espejo y productos de cuidado personal femeninos perfectamente alineados. Ropa doblada sobre una silla: blusas, pantalones de tiro alto, una chaqueta que claramente no pertenecía al Mateo que ambos recordaban. Hasta el olor era distinto: más limpio, con un leve rastro de perfume floral.

María dio un paso dentro y se detuvo en seco. Sus nuevas manos pequeñas se cerraron en puños. Luego, sin previo aviso, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Se llevó ambas manos al rostro —un rostro delicado, de facciones bonitas que todavía le resultaban ajenas— y soltó un sollozo ahogado.

—Lo cambió todo… —susurró con aquella voz femenina que aún le sonaba extraña—. No solo nuestros cuerpos. Todo. Mi cuarto, mi nombre, mi vida…

Lucas se acercó de inmediato. El cuerpo masculino que ahora habitaba se movía con una fuerza y una estatura que todavía no controlaba del todo, pero el gesto fue cuidadoso. La rodeó con los brazos —unos brazos más anchos y fuertes de lo que Lucía nunca había tenido— y la atrajo contra su pecho.

—Lo sé… —murmuró con voz grave, sintiendo cómo el peso de María contra él resultaba extrañamente natural y a la vez completamente incorrecto—. Yo también lo siento. Es como si nos hubieran borrado y escrito encima.

María lloraba contra su camiseta, los senos nuevos presionados contra el torso plano de Lucas. Las caricias empezaron casi por reflejo: la mano grande de Lucas subiendo y bajando por la espalda de ella, los dedos de María aferrándose a la tela como si temiera que también eso fuera a desaparecer. Poco a poco, entre sollozos y susurros de consuelo, los rostros se fueron acercando. La necesidad de contacto, de reafirmar que seguían siendo ellos a pesar de todo, los empujó el uno hacia el otro.

Estuvieron a punto de besarse.

Los labios se rozaron apenas… y María se separó de golpe, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.

—No puedo… —dijo en voz baja, apartando la mirada—. No me gustan los chicos. Nunca me han gustado. Y ahora tú… tú eres uno.

El silencio que siguió fue doloroso. Lucas sintió un nudo frío en el estómago. Dio un paso atrás, de repente consciente de su nueva altura, de su voz grave, de la forma masculina de su cuerpo.

—Entonces… esto puede romperlo todo —susurró, y por primera vez desde la transformación su voz sonó realmente vulnerable.

María se abrazó a sí misma, todavía con las mejillas húmedas.

—Esto es lo que quería Andrés —dijo con amargura—. Que no pudiéramos estar juntos. Que cada vez que nos miráramos sintiéramos que algo está mal.

Lucas apretó la mandíbula. La rabia le subió por el pecho, mezclada con un miedo profundo.


—Entonces ¿por qué no simplemente nos hizo desaparecer como a Amber? ¿Por qué dejarnos así?

María levantó la vista. Sus ojos nuevos, más grandes y expresivos, brillaban por las lágrimas contenidas.

—Tal vez quiere vernos sufrir —respondió con aquella voz suave y femenina—. Quiere vernos intentar… y fallar.

Hubo un largo silencio. Luego Lucas respiró hondo, enderezando la espalda como si intentara ocupar por completo el cuerpo que ahora habitaba. Se acercó de nuevo, pero esta vez con más cuidado, y tomó las manos pequeñas de María entre las suyas.

—Por ahora vamos a calmarnos —dijo con firmeza—. Llorar no nos va a devolver nada. Tenemos que pensar. Encontrar la forma de quitarle ese anillo. Sin el anillo, quizás todo esto se pueda deshacer.

María lo miró durante varios segundos. Estaba desanimada, agotada, profundamente asustada… pero al final asintió.

Se dejaron caer juntos sobre la cama que ahora era de María. El colchón era más suave de lo que Mateo recordaba. Se abrazaron en silencio, acomodándose con torpeza a los nuevos contornos del otro: el pecho plano de Lucas contra el cuerpo curvado de María, las piernas enredándose, las respiraciones buscando el mismo ritmo.

—Nuestro amor no va a apagarse —susurró Lucas contra el pelo de ella—. Ni siquiera en una situación como esta. Lo prometo.

María cerró los ojos, aferrándose a la camiseta de él.

—Lo prometo también…

El cansancio, el shock y el peso emocional del día terminaron por vencerlos. Abrazados, en una habitación que ya no les pertenecía del todo, Lucas y María se quedaron dormidos, aferrándose el uno al otro como única certeza en medio del caos.

Los días siguientes se arrastraron con una lentitud cruel.

La transformación no se desvaneció ni se suavizó con el tiempo. Cada mañana, Lucas despertaba en un cuerpo que seguía sin sentirse del todo suyo: más alto, más pesado en los hombros, con una voz grave que todavía lo sorprendía cuando hablaba en voz alta. María, por su parte, abría los ojos y se encontraba de nuevo con el peso suave de unos senos que no deberían estar ahí, con una cintura más estrecha y una forma de moverse que el mundo ahora daba por sentada. Ambos habían aprendido a funcionar en sus nuevas pieles lo suficiente como para no llamar demasiado la atención, pero la incomodidad constante no desaparecía.

Andrés, en cambio, parecía estar disfrutando de cada segundo.

Aparecía poco frente a ellos, casi como si deliberadamente los evitara… o como si quisiera que lo vieran solo desde lejos. Cuando lo hacían, siempre estaba en medio de algún grupo, riendo demasiado alto, inclinándose hacia alguna chica con esa nueva confianza física que el anillo le había otorgado. Más alto, más atractivo, más seguro. Las mismas estudiantes que antes lo esquivaban ahora le devolvían la sonrisa. Lucas y María lo observaban desde la distancia, impotentes, con el estómago revuelto. No podían enfrentarlo abiertamente. No todavía. No sin un plan. Y esa impotencia se les acumulaba en el pecho como una piedra cada vez más pesada.

Mientras tanto, los carteles de Amber seguían multiplicándose.

Estaban en cada pasillo, en las puertas de los baños, en los tablones de anuncios y en los postes del campus. “Desaparecida”. La misma foto de siempre: Amber sonriendo un poco tímida, con el pelo recogido y una sudadera universitaria. Debajo, los datos de contacto de su familia y un número de la policía. Cada vez que Lucas o María pasaban junto a uno de aquellos carteles, sentían un escalofrío distinto. Ellos habían escuchado el grito. Habían visto la ropa tirada en el suelo. Sabían, con una certeza horrible, que Andrés estaba involucrado… y que podrían haber terminado exactamente igual.

Lucas, que había coincidido brevemente con Amber en un par de clases el semestre anterior, empezó a hacer preguntas discretas. Habló con un par de compañeros de Biología, con una chica que compartía departamento con una amiga de Amber, incluso con un chico que había estado en el mismo grupo de trabajo que ella meses atrás. Poco a poco, los fragmentos empezaron a encajar de una forma inquietante.

Andrés había intentado algo con Amber.

Según lo que logró reunir, el chico se le había acercado varias veces en las semanas previas a su desaparición. Al principio con el pretexto de apuntes, después con invitaciones a salir, y finalmente con una insistencia que a Amber le había resultado incómoda. Ella le había dicho que no. De forma clara. Y poco después… había desaparecido.

La información cayó sobre Lucas y María como un balde de agua helada.

Esa misma noche, en el cuarto que ahora pertenecía a María, ambos se sentaron en el borde de la cama en silencio. La única luz provenía de la lámpara de escritorio. Afuera, el campus seguía su ritmo nocturno, ajeno a la verdad que ellos cargaban.

—Podríamos haber sido nosotros —susurró María, con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña al escucharla—. Si no nos hubiéramos aferrado el uno al otro cuando lanzó el hechizo… si hubiéramos estado separados…

Lucas apretó la mandíbula. Sus manos, ahora más grandes, se cerraron en puños sobre sus rodillas.

—Las amigas de Amber están organizando búsquedas cada tarde —dijo en voz baja—. Su madre viene al campus casi todos los días. Pega más carteles. Pregunta a todo el que se le pone delante. Y nosotros… nosotros sabemos quién fue. Y no podemos decir nada. Porque si lo hacemos, ¿quién nos va a creer? ¿Y qué nos hace si nos descubre antes de tiempo?

El silencio que siguió fue denso, cargado de rabia e impotencia. María se abrazó a sí misma, sintiendo el peso familiar y a la vez ajeno de su nuevo pecho. Lucas la miró de reojo, sintiendo una mezcla dolorosa de ternura y frustración. Seguir juntos se había vuelto más complicado desde el cambio. El deseo de tocarse, de buscar consuelo en el cuerpo del otro, chocaba constantemente con la nueva realidad de sus géneros. Y sin embargo, la idea de perderse el uno al otro era todavía peor.

La desaparición de Amber, los carteles, las lágrimas de su familia y el fanfarroneo descarado de Andrés en los pasillos no hacían más que avivar algo dentro de ambos.

Ya no se trataba solo de recuperar sus cuerpos.

Se trataba de detenerlo.

De arrebatarle ese anillo antes de que volviera a usarlo con alguien más.

Y aunque todavía no sabían cómo, la necesidad de encarar la situación crecía cada día que pasaba, alimentada por la culpa, el miedo… y una rabia cada vez más fría y determinada.


WOLAS  A  TODOSSSS¡¡¡¡ Aquí Astro disculpen la demora , pero he aquí un nuevo cap de  la historia, ya saben cualquier sugerencia  comentario o petición en la caja de comentarios , incluso sus dudas acerca de elementos de la historia y teorías  todo es bienvenido.

La mascara de marfil capitulo 3

Este resumen no está disponible. Haz clic aquí para ver la publicación.

lunes, 12 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 2

Cuando la pareja se giró, el aire pareció detenerse un segundo.

Era Andrés.

Pero no el Andrés que recordaban.

El chico obsesivo, un poco encorvado y de mirada incómoda que había intentado interponerse entre ellos el año anterior ya no estaba. En su lugar había un joven alto, de hombros anchos y postura segura. El rostro se le había afilado, volviéndose marcadamente atractivo; la mandíbula más definida, los ojos más intensos bajo unas cejas perfectamente arqueadas. Incluso la forma de vestir había cambiado: ropa oscura que le quedaba justa, resaltando un cuerpo claramente más fornido. Parecía otra persona. Una versión mejorada, casi irreal, de sí mismo.

Mateo frunció el ceño de inmediato. Lucía, en cambio, parpadeó un par de veces, sorprendida por el cambio tan drástico.

Andrés sonrió con lentitud, apoyando un hombro contra la pared como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vaya, vaya… —dijo con voz más grave de lo que recordaban—. ¿Disfrutando del momentito a solas? Qué romántico. Justo como en los viejos tiempos.

Lucía se tensó. Todavía tenía una mano apoyada en el pecho de Mateo.

—¿Nos seguiste? —preguntó directamente, sin rodeos.

Andrés asintió sin ninguna vergüenza, como si fuera lo más natural del mundo.

—Claro. No fue difícil. Ustedes dos siempre terminan buscando rinconcitos escondidos.

Hubo un silencio incómodo. Entonces Andrés enderezó un poco la espalda, mirando fijamente a Lucía con una intensidad que hizo que a ella se le erizara la piel.

—Dime una cosa, Lucía… viéndome ahora, ¿de verdad no querrías estar conmigo?

La pregunta cayó como una losa. Lucía lo miró con una mezcla de extrañeza y firmeza. No había duda en su voz cuando respondió:

—No. Felicidades por el cambio físico, se te nota el esfuerzo… pero entre tú y yo no va a haber nada. Nunca lo hubo y nunca lo habrá.

El rostro de Andrés se quebró por un segundo. La sonrisa segura se transformó en una mueca de puro disgusto y decepción. Los ojos se le endurecieron de una forma que ninguno de los dos había visto antes.

Mateo reaccionó al instante. Se interpuso delante de Lucía, protegiéndola con el cuerpo, una mano extendida hacia atrás para mantenerla cerca.

—Ya basta, Andrés. No sé qué mierda te has metido o qué te ha pasado, pero aléjate.

Andrés soltó una risa baja, casi silenciosa, que no llegó a sus ojos. Sacó una mano del bolsillo y entre los dedos brilló algo metálico: un anillo antiguo, de diseño retorcido, con una piedra oscura en el centro.

—Ustedes dos casi arruinan mis planes el otro día —murmuró mientras se colocaba el anillo en el dedo índice—. Corriendo por los pasillos, metiendo las narices donde no debían… Menos mal que al final no vieron demasiado.

Levantó la mano y apuntó directamente al pecho de Mateo. La piedra del anillo comenzó a emitir un débil resplandor.

—A ver cómo se las arreglan después de esto.

Un haz de luz densa y violácea surgió del anillo con un zumbido agudo. Mateo apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa. Lucía, al ver el peligro, no lo pensó: se abalanzó hacia adelante y se aferró a él con fuerza, intentando empujarlo fuera del alcance del hechizo o al menos protegerlo con su propio cuerpo.

Fue inútil.

El haz los envolvió a los dos al mismo tiempo.

Una oleada de calor imposible les recorrió la piel, seguida de un mareo brutal que les dobló las rodillas. El mundo dio un vuelco. Los sonidos se volvieron lejanos, distorsionados. Lucía sintió cómo los brazos de Mateo intentaban sujetarla incluso mientras ambos perdían fuerza.

La última cosa que vieron antes de que la oscuridad los tragara por completo fue la sonrisa satisfecha de Andrés, todavía con la mano extendida y el anillo brillando en la penumbra del pasillo.

La consciencia regresó de forma lenta y confusa.

Lucía abrió los ojos primero. El techo del pasillo le resultaba extrañamente lejano. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y cuando por fin logró incorporarse apoyándose en los codos, una sensación de desajuste profundo la invadió. Todo a su alrededor parecía… más pequeño. El marco de la puerta, las paredes, incluso el suelo se sentía distinto bajo su peso. Se llevó una mano a la cabeza y notó que sus dedos eran más grandes, más toscos. El cabello, antes largo, ahora le rozaba apenas la nuca.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

Giró la cabeza buscando a Mateo y lo encontró todavía tendido en el suelo, a un par de metros. Pero la figura que yacía allí no era la de su novio.

Era una chica.

Una joven de facciones delicadas y atractivas, con el pelo castaño un poco alborotado cayéndole sobre el rostro. El cuerpo, aunque aún semiconsciente, se adivinaba bien proporcionado: hombros suaves, cintura marcada y una curva evidente bajo la tela de una blusa que Lucía no reconocía. El pánico le subió a la garganta como un sabor amargo.

—¿Mateo…? —intentó llamar.

La voz que salió de su boca no era la suya.

Era grave. Claramente masculina.

Lucía se quedó paralizada, con la mano todavía extendida hacia la chica del suelo. Bajó la mirada hacia su propio pecho… y el mundo dio un vuelco. Ya no había senos. En su lugar, un torso plano bajo una camiseta de hombre que le quedaba justa de hombros. Las manos grandes. Los brazos más fuertes. Las piernas más largas.

Se había convertido en un chico.

En ese preciso momento, la joven del suelo —Mateo— abrió los ojos. Parpadeó desorientada, y cuando su mirada se encontró con la figura masculina que la observaba, el terror le invadió el rostro de inmediato. Intentó incorporarse y, al hacerlo, notó el peso extraño en el pecho. Dos senos que no deberían estar ahí tiraron suavemente de su torso. Soltó un jadeo agudo… y la voz que le salió fue claramente femenina, más alta y suave de lo que jamás había tenido.

—¿Q-qué… qué pasó? —preguntó con aquella voz ajena, mirando sus propias manos pequeñas y luego el cuerpo de Lucía—. ¿Lucía? ¿Eres tú?

Se reconocieron en el mismo instante en que el miedo empezó a transformarse en una comprensión horrible.

Andrés los había cambiado.

Habían intercambiado géneros.

Mateo —ahora atrapado en un cuerpo de mujer joven y atractiva— se miró el pecho con los ojos muy abiertos, palpándose por encima de la blusa como si necesitara confirmar que era real. Los senos respondieron al tacto con un peso suave y una sensibilidad que le arrancó un temblor. La ropa también había cambiado: ya no llevaba su camiseta ni sus vaqueros. En su lugar, una blusa clara y un pantalón vaquero de mujer le ceñían las nuevas caderas.

Lucía (ahora en un cuerpo masculino alto y de complexión atlética) se acercó torpemente, todavía acostumbrándose a la nueva longitud de sus piernas y a la gravedad de su voz.

—Somos nosotros —dijo, arrodillándose a su lado—. Nos cambió. Ese maldito anillo… nos cambió de género.

Mateo seguía en shock, respirando agitado, con una mano todavía apoyada sobre su propio pecho como si no pudiera aceptar lo que sentía.

—Tengo… tetas —susurró, casi histérico—. Soy más pequeña. Mi voz… mierda, Lucía, mi voz.

Lucía le ofreció una mano —ahora grande y claramente masculina— para ayudarlo a levantarse. Mateo la aceptó con dedos temblorosos y se puso de pie, tambaleándose un poco por el cambio de equilibrio y el peso desconocido en el torso.

—Tenemos que encontrar a Andrés —dijo Lucía con urgencia, aquella voz grave todavía sonándole extraña en sus propios oídos—. Tiene que deshacer esto. Ahora.

Mateo negó con la cabeza, aunque el gesto le resultó distinto con su nuevo rostro.

—No. No ahora. Acabas de ver lo que le pasó a Amber… o lo que sea que le hizo. Si vamos detrás de él sin un plan, podríamos terminar igual. O peor. Tenemos que pensar. Buscar la forma de enfrentarlo con ventaja.

Lucía apretó la mandíbula, frustrada, pero terminó asintiendo. Mateo tenía razón. Actuar por impulso era exactamente lo que Andrés probablemente esperaba.

Sin decir mucho más, ambos empezaron a caminar de regreso hacia el interior del campus. Cada paso les recordaba la nueva realidad: la forma distinta de moverse, el peso del cuerpo, la ropa que no era suya, las miradas que empezaban a recibir de los pocos estudiantes que aún deambulaban por los pasillos a esa hora.

La vida que conocían acababa de dar un vuelco enorme.

Y ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo volver a ponerla en su sitio.


WOLAS A TODOS¡¡¡¡¡¡¡¡ DISCULPEN LA DEMORA   aquí una nueva parte de esta nueva historia ya saben cualquier comentario sugerencia o petición los leeré en la caja de comentarios. 

sábado, 10 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 1

El último rayo de sol de la tarde se filtraba a través de las persianas a medio cerrar del aula 3-B, tiñendo de dorado el polvo suspendido en el aire. A esa hora el edificio de Humanidades casi siempre estaba vacío; la mayoría de los estudiantes ya se habían ido a sus casas, a las bibliotecas o a cualquier bar cercano a matar el tiempo. Solo quedaba el eco lejano de alguna puerta cerrándose y el zumbido constante de las luces fluorescentes.

Lucía estaba sentada sobre el escritorio del profesor, con las piernas cruzadas y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Mateo se encontraba de pie entre ellas, con ambas manos apoyadas a cada lado de sus caderas, atrapándola sin necesidad de fuerza. Se miraban de cerca, sonriendo como quienes llevan demasiado tiempo conociéndose y aún así no se cansan de hacerlo.

Llevaban casi tres años juntos. Se habían conocido en el primer semestre, en una clase de literatura contemporánea donde ninguno de los dos prestaba demasiada atención al profesor. Al principio fue solo complicidad: compartían apuntes, se reían de los mismos chistes y terminaban quedándose hasta tarde en la cafetería del campus hablando de todo y de nada. Después vino el primer beso torpe detrás del edificio de Ciencias, luego las noches de estudio que terminaban en algo mucho más agradable, y finalmente la decisión silenciosa pero firme de que querían seguir juntos.

No había sido un camino completamente fácil. Durante el segundo año apareció Andrés, un compañero de carrera de Lucía que se obsesionó con ella de una forma incómoda y persistente. Al principio fueron solo miradas demasiado largas y mensajes “casuales”. Luego empezó a aparecer en los mismos lugares, a intentar interponerse entre ella y Mateo, a sembrar dudas con comentarios venenosos. Hubo discusiones, celos injustificados y un par de semanas en las que la relación se tambaleó. Pero al final aguantaron. Lucía dejó en claro sus límites, Mateo confió en ella, y Andrés terminó quedándose solo con su rencor. Desde entonces la pareja se había vuelto más sólida, más cuidadosa el uno con el otro.

Ahora, a un año de terminar la universidad, vivían una etapa extrañamente tranquila. Ya no había la urgencia desesperada de los primeros meses ni la incertidumbre de no saber si aguantarían. Había complicidad, costumbre cariñosa y esa forma de mirarse que solo aparece cuando dos personas se conocen de verdad. Mateo estudiaba Psicología; Lucía, Literatura. Compartían piso desde hacía un año y medio, se turnaban para cocinar y se peleaban solo por tonterías como quién dejaba los calcetines fuera del cesto.

Aquella tarde se habían escapado al aula vacía después de una clase cancelada. No era la primera vez. A veces necesitaban un momento solo para ellos en medio del caos universitario: entre trabajos finales, prácticas y la presión constante de “ya casi somos adultos de verdad”.


Mateo inclinó la cabeza y rozó la punta de la nariz de Lucía con la suya.

—¿Sabes que todavía no me acostumbro a que estemos tan cerca del final? —murmuró—. El año que viene ya no estaremos merodeando por estos pasillos como si nos pertenecieran.

Lucía sonrió, rodeándole el cuello con los brazos.

—Entonces habrá que aprovechar mientras podamos, ¿no?

Se besaron despacio. No había prisa. El beso era profundo, familiar, cargado de esa calidez que solo da el tiempo compartido. Las manos de Mateo subieron por la cintura de ella, debajo de la camiseta fina, sintiendo la piel tibia. Lucía suspiró contra su boca y acercó más el cuerpo, enredando los dedos en el pelo corto de él. Por un momento el mundo se redujo al tacto, a la respiración compartida y al suave crujido de la madera del escritorio bajo ellos.

Estaban tan absortos el uno en el otro que el grito los tomó completamente por sorpresa.

Fue agudo, femenino, y estuvo cargado de un terror tan claro que ambos se separaron de golpe. El sonido había venido del pasillo, relativamente cerca, y se cortó de forma abrupta, como si algo o alguien lo hubiera silenciado.

Mateo frunció el ceño, todavía con las manos en la cintura de Lucía.

—¿Qué demonios fue eso?

Lucía ya se estaba bajando del escritorio, el corazón acelerado. El ambiente cálido y juguetón de segundos antes se había evaporado por completo.

—Sonó… cerca. Como del ala este.

Sin decir nada más, los dos se miraron un segundo y salieron del aula con paso rápido, dejando atrás el momento romántico para ir a investigar el origen de aquel grito.

Mateo y Lucía salieron al pasillo con el corazón todavía acelerado. El grito había sido tan claro, tan cercano, que esperaban encontrarse con alguien llorando, forcejeando o al menos con rastros evidentes de una pelea. En cambio, el corredor estaba en silencio. Las luces fluorescentes zumbaban con su monotonía habitual y el aire olía a limpiador industrial y madera vieja.

Avanzaron con cuidado hacia el ala este. Fue Lucía quien vio primero el montón de ropa junto a la puerta de un pequeño almacén de limpieza. Una blusa clara, un vaquero vaquero doblado de forma torpe y un par de zapatillas blancas. Todo tirado en el suelo como si alguien se hubiera desvestido a toda prisa… o como si el cuerpo que las llevaba simplemente hubiera dejado de estar ahí.

Mateo se agachó y tocó la tela con dos dedos. Todavía estaba tibia.

—Esto es de una chica —murmuró—. Y está… reciente.

Lucía miró a ambos lados del pasillo, inquieta.

—No hay nadie. Ni sangre, ni signos de lucha. Solo la ropa. Es como si… hubiera desaparecido en el aire.

La idea les resultó absurda y aterradora al mismo tiempo. Su primer impulso fue buscar al guardia de seguridad. Estaban a punto de girar hacia las escaleras cuando escucharon un ruido detrás de la puerta del almacén: un leve rasguño, como de algo pequeño moviéndose entre cajas.

Mateo abrió la puerta de un tirón.

El interior estaba vacío. Estanterías con productos de limpieza, escobas, un cubo volteado… y nada más. Ni una sombra. El ruido había cesado por completo.

Cuando salieron de nuevo al pasillo, ambos alcanzaron a ver una figura al final del corredor. Alguien corría hacia la salida de emergencia. La distancia y la mala iluminación les impidieron distinguir rasgos, solo una silueta rápida que desapareció al doblar la esquina. Intentaron seguirlo, pero para cuando llegaron a la puerta de emergencia ya no había rastro.

Fueron directamente a reportar lo ocurrido.

La investigación arrancó esa misma noche. La policía revisó las cámaras del edificio (varias no funcionaban correctamente en esa zona), interrogó a los pocos estudiantes que aún quedaban y analizó la ropa. Al día siguiente se confirmó la identidad de la dueña: Amber Rojas, una estudiante de segundo año de Biología que vivía en un pequeño departamento a pocas cuadras del campus. Lucía apenas la conocía de vista; Mateo sí había coincidido con ella en un par de trabajos grupales el semestre anterior. Recordaba que era callada, de sonrisa fácil y siempre andaba con auriculares puestos.

Pasaron dos días.

Amber no apareció.

Las alarmas en el campus se encendieron de verdad. Carteles con su foto empezaron a pegarse en las paredes, los grupos de WhatsApp de las facultades no hablaban de otra cosa y la rectoría envió un comunicado pidiendo precaución y ofreciendo apoyo psicológico. El ambiente se volvió denso, cargado de murmullos y miradas nerviosas. Cada sombra en un pasillo vacío parecía sospechosa.

Mateo y Lucía cargaban un peso extra: ellos habían escuchado el grito. Posiblemente el último sonido que Amber había emitido. Se sentían impotentes y, en cierta forma, marcados por aquello. Intentaban mantener la calma, seguir con las clases y los trabajos, pero la tensión se filtraba en las conversaciones, en los silencios compartidos y en la forma en que se tomaban de la mano con un poco más de fuerza de lo habitual.

Al tercer día, necesitaban un respiro.

Se escabulleron a un rincón apartado del edificio de Artes, un pequeño espacio entre dos muros donde casi nadie pasaba a esa hora. Allí, lejos de las miradas y de los carteles de “desaparecida”, Mateo rodeó la cintura de Lucía y la acercó contra su pecho. Ella escondió el rostro en su cuello, buscando el calor familiar, el olor conocido, la sensación de que al menos entre ellos dos el mundo seguía teniendo sentido. Se besaron despacio, con una urgencia suave, como si quisieran recordarse mutuamente que todavía estaban juntos y a salvo.

Fue entonces cuando escucharon los pasos.

No eran apresurados ni ruidosos. Alguien se acercaba con cuidado, casi con sigilo, rozando la pared. Ambos se tensaron al mismo tiempo. Mateo protegió instintivamente a Lucía con el cuerpo y giró la cabeza hacia el origen del sonido.

La figura apareció al doblar la esquina… y en cuanto la luz la alcanzó, ambos la identificaron de inmediato.

WOLAAASS  A TODOS, SOY  ASTRO ¡¡¡¡ como les prometí la  próxima historia  también involucraría magia y esta vez de una manera  mas negativa, esta historia tendrá diez partes y tratare de  subir  dos  por día , que  crees que le paso  a la pobre Amber? y cual crees que será la odisea que le espera a nuestros protagonistas? Descúbralo mas adelante de momento la parte dos las subiré en unas horas mas tarde disfruten y comenten si tienen alguna idea de historia   o comentario de lo que ven los leeré en la cajita de comentarios. 

jueves, 8 de octubre de 2026

Lección Aprendida 6 (Final)


Tania giró el pomo y abrió la puerta.

Allí estaba ella, exactamente igual que las veces anteriores: expresión tranquila, esa media sonrisa picara que nunca anunciaba nada del todo bueno. La bruja inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Puedo pasar?

Tania no puso peros. Se hizo a un lado en silencio y la dejó entrar. El peso familiar de sus senos tiró un poco al cerrar la puerta detrás de ella. El salón olía todavía a la comida que había intentado prepararse horas antes; la pecera burbujeaba suavemente en un rincón.

La mujer se detuvo en medio de la habitación, mirándola de arriba abajo con evidente apreciación.

—Estuviste increíble —dijo con tono casi admirado—. Tienes material como mujer. De sobra.

Tania cruzó los brazos bajo el pecho, incómoda.

—Solo hice lo necesario para ayudar a mi amigo —respondió con sequedad—. Nada más.

La bruja soltó una risita suave.

—Bien, bien. Cumpliré mi promesa. Sin embargo…yo impondré las condiciones.

Tania sintió que el estómago se le cerraba. El sujetador le apretaba un poco más de lo normal por la tensión.

—¿Cuáles? —preguntó, sin disimular la incomodidad.

La mujer caminó despacio hasta quedar frente a la pecera. Diego se mantuvo en el fondo, las aletas tensas.

—A tu amigo le devolveré una forma humana —explicó con calma—. Pero eso traerá una pequeña sorpresa. En cuanto a ti…

Se giró y la miró fijamente, esa sonrisa picara todavía en los labios.

—Te esforzaste mucho. Más de lo que esperaba, incluso algunas de mis clientas me enviaron sus agradecimientos y felicitaciones. Así que te permitiré decidir. Puedes volver a ser un chico… o quedarte como estás. Sea cual sea tu decisión, te daré una pequeña bendición, después de todo no eres una mala persona.

El silencio se alargó varios segundos.

Tania bajó la mirada hacia sus propias manos, más pequeñas y delicadas. Pensó en las discusiones constantes que tenía con su padre cuando todavía era Tomás. En las miradas de desaprobación. En lo poco que hablaban. Ahora él sonreía cuando ella llegaba a casa. La abrazaba. Le preguntaba cómo estaba. Su madre la trataba con una ternura que nunca había conocido. Y luego estaba su cuerpo… el peso de sus senos, la forma en que el placer la sacudía por las noches, la seguridad extraña que había empezado a sentir al mirarse al espejo vestida, maquillada, deseada.

Tragó saliva.

—Me quedo así —dijo al fin, con voz baja pero firme—. En cierta manera… me gusta. Y la relación con mis padres ha mejorado bastante.

La mujer sonrió de verdad esta vez, satisfecha.

—Qué bueno que aprendieron —murmuró—. Ambos.

Se acercó un paso, le tocó suavemente la frente con dos dedos  y luego se dirigió hacia la puerta.

—Cuídate, Tania.

Y se desvaneció.

El salón quedó en silencio otra vez.

Tania soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se pasó una mano por la cara. Acababa de decidir quedarse en ese cuerpo para siempre. La realidad de esa elección todavía no terminaba de asentarse cuando un chapoteo raro la hizo girar la cabeza hacia la pecera.

Diego estaba fuera del agua.

El pez yacía sobre el borde de madera del mueble, agitando el cuerpo con desesperación. Tania soltó un grito ahogado y corrió hacia él, las manos extendidas para devolverlo al agua antes de que se asfixiara.

—¡Diego, no…!

Pero en cuanto sus dedos lo tocaron, notó que algo era distinto.

La piel plateada ya no se sentía igual. Había un calor extraño. Un temblor. El cuerpo del pez se contorsionó de una forma imposible y empezó a cambiar delante de sus ojos, estirándose, deformándose, creciendo…

Tania se quedó congelada, con las manos todavía extendidas, el corazón latiéndole desbocado, mientras la transformación de su amigo apenas comenzaba.

La transformación no fue instantánea.

El cuerpo del pez se contorsionó sobre el suelo de madera con movimientos espasmódicos, estirándose, engrosándose, perdiendo las escamas plateadas en favor de una piel cada vez más humana. Tania se quedó arrodillada a su lado, con las manos temblando a medio camino, sin atreverse a tocarlo por miedo a interrumpir lo que fuera que estuviera ocurriendo. Los segundos se alargaron. Hubo un crujido húmedo, un cambio de proporciones absurdo, y de pronto ya no había un pez forcejeando por aire.

Había una chica.

Desnuda, empapada y temblando, tendida de lado sobre el suelo del salón.

No era el Diego que Tania recordaba. Era su versión femenina. Cabello largo y húmedo que se le pegaba a la frente y al cuello. El rostro mantenía ciertos rasgos familiares —la forma de la mandíbula, la línea de las cejas—, pero suavizados, volviéndose delicados. El cuerpo era delgado, de hombros estrechos, senos modestos pero firmes, cintura fina y piernas largas. Incluso siendo mujer, era claramente más alta que Tania. La piel pálida brillaba por el agua que todavía le escurría.

Mientras la metamorfosis terminaba, Tania notó algo extraño en sí misma.

El fuego constante que había llevado entre las piernas durante meses —esa necesidad casi dolorosa que la obligaba a tocarse cada noche— disminuyó de golpe. Como si alguien hubiera cerrado un grifo. El alivio fue tan brusco que soltó un jadeo. Entendió entonces, con claridad brutal, que aquel libido descontrolado no había sido solo una consecuencia natural de su nuevo cuerpo. Había sido una maldición. Un empujón deliberado de la bruja para que aprendiera, para que cediera, para que se hundiera más profundo en su nueva piel.

Diego —o quien fuera ahora— abrió los ojos de golpe y tomó aire con un suspiro profundo, desesperado, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante siglos. El pecho se le elevó con fuerza. Volvía a respirar aire. De verdad.

—…Ay CARAJO¡ —fue lo primero que salió de su boca. Una voz femenina, más grave que la de Tania, pero claramente de mujer—. Puedo… puedo respirar.

Se incorporó a medias, todavía temblando, y miró sus propias manos con los ojos muy abiertos. Luego bajó la vista hacia su pecho desnudo, hacia el resto de su nuevo cuerpo. La expresión pasó del alivio puro a una confusión profunda en cuestión de segundos.

Tania no pensó. Se lanzó hacia adelante y la abrazó con fuerza, sin importarle que ambas terminaran empapadas. La nueva Diego correspondió al abrazo de inmediato, aferrándose a ella con dedos todavía húmedos, como si temiera que el suelo volviera a convertirse en agua en cualquier momento.

—Estás aquí —susurró Tania contra su hombro—. Estás humana otra vez…

Diego asintió contra ella, todavía sin soltarla. El alivio de volver a tener pulmones, brazos y piernas era tan abrumador que, por unos segundos, el detalle de ser mujer quedó en segundo plano.

Pero la realidad no tardó en imponerse.

Estaban en medio del salón. Diego estaba completamente desnuda. El agua formaba un pequeño charco a su alrededor y el aire fresco de la casa le erizaba la piel.

—Necesitas ropa —dijo Tania, separándose solo lo suficiente para mirarla—. Vamos arriba, después de una ducha reconfortante para  Diego sintiendo su humanidad por fin devuelta.

La ayudó a ponerse de pie. Diego se tambaleó al principio; el equilibrio de un cuerpo más alto y de proporciones distintas no era el mismo. Tania la guió por las escaleras hasta su habitación, donde abrió el armario y empezó a sacar prendas a toda prisa. Un sujetador un poco justo, una camiseta holgada, un pantalón de chándal que, aunque le quedaba corto de largo, al menos la cubría.

Mientras Diego se vestía con movimientos torpes, mirando sus nuevas manos y la curva suave de sus senos como si no terminaran de pertenecerle, Tania se quedó de pie junto a la cama, mordiéndose el labio inferior.

—Yo… lo siento —dijo al fin, en voz baja—. Por no pedirle que te devolviera como chico. Yo… elegí quedarme así. Y pensé que…

Diego levantó la vista. El cabello todavía húmedo le caía sobre la frente. Había confusión en su expresión, sí. Extrañeza. Pero también una calma exhausta.

—Eso es lo de menos ahora —respondió con aquella voz nueva—. Fue horrible ser un pez. Horrible. No poder hablar, no poder respirar de verdad, no poder… nada. Al menos ahora soy una persona otra vez. Puedo tocar cosas. Puedo abrazar. Puedo existir.

Se quedó callada un segundo, mirando sus propias piernas largas dentro del pantalón de chándal.

—Ya lidiamos con lo demás después.

Tania sintió que algo se le deshacía en el pecho. Se acercó y la abrazó de nuevo, esta vez con menos desesperación y más gratitud. Diego correspondió, apoyando la barbilla sobre la cabeza de Tania .

Una lo hacía por alivio puro de haber dejado atrás el agua y las escamas.

La otra, porque por fin —después de meses de miedo, de culpa y de un cuerpo que no había pedido— aquella pesadilla parecía haber llegado a su fin.

El silencio de la habitación las envolvió. Afuera, la noche seguía su curso. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna de las dos tenía que fingir que todo estaba bien… porque, de alguna extraña manera, empezaba a estarlo.

Los días, como siempre ocurre cuando la vida insiste en seguir adelante, terminaron por acomodarse.

Para el resto del mundo, Tania y Darcy siempre habían sido chicas. Nadie cuestionaba sus nombres, sus cuerpos ni sus historias. La magia de aquella mujer había sido tan limpia y tan absoluta que ni siquiera quedaban cabos sueltos. Los registros, los recuerdos ajenos, las fotos antiguas… todo encajaba con una naturalidad inquietante. Ellas dos sabían la verdad. Nadie más.

Y, a pesar de todo, seguían siendo inseparables.

Había noches en las que se quedaban en el sofá de la casa de Tania, con las piernas cruzadas y una manta compartida, preguntándose en voz baja qué habría pasado si aquel día en el terreno baldío hubieran sido un poco menos idiotas. Si hubieran ignorado a la mujer del riachuelo. Si hubieran seguido de largo. O si, después de transformarlos, la bruja hubiera decidido simplemente desaparecer sin ofrecer ningún trato. Las preguntas no tenían respuesta, y con el tiempo aprendieron a no darles demasiadas vueltas. El pasado ya no se podía cambiar. Solo quedaba aprender a cargar con él.


Las semanas se convirtieron en meses.

Intentaron llevar una vida normal. Salían a fiestas, se maquillaban juntas frente al espejo, se prestaban ropa  y se quejaban de las mismas cosas que cualquier otra chica de su edad: el período, los zapatos que mataban, los comentarios estúpidos de algunos tipos en la calle. Poco a poco, aquellas quejas dejaron de sentirse ajenas. Se volvieron cotidianas. Reales.

Tania fue la primera en enamorarse.

Conoció a un chico en la universidad. No fue un flechazo cinematográfico, sino algo más lento, más sólido. Él la miraba como si realmente la viera, no solo su cuerpo. Las noches juntos eran intensas: Tania descubría una y otra vez lo mucho que su cuerpo podía sentir cuando había cariño de por medio, y él parecía disfrutar enseñándole. Se querían. De verdad. Y aunque a veces, en la intimidad de su mente, Tania recordaba que hacía menos de un año todavía era un chico llamado Tomás, esa memoria ya no le dolía igual. Solo era una parte extraña de su historia.

Darcy, en cambio, se resistió más.

Durante un tiempo salió solo con chicas. Decía que le resultaba más fácil, más familiar. Que no estaba lista para cruzar esa línea. Tania no la presionó. Simplemente estuvo ahí, escuchándola, acompañándola. Hasta que un día Darcy llegó al departamento con las mejillas sonrojadas y una sonrisa torcida, confesando que había conocido a alguien. Un chico. Callado, paciente, con manos grandes y una forma de mirarla que la desarmaba. Eventualmente, ella también cedió. No de golpe ni con fuegos artificiales, sino con la misma cautela con la que había afrontado todo lo demás desde que dejó de ser un pez.

Con el paso del tiempo, ambas cambiaron.

La arrogancia imprudente de aquel terreno baldío se fue diluyendo. Se volvieron más amables. Más cuidadosas con las palabras. Más conscientes del peso que podían tener una mirada o un comentario lanzado sin pensar. Habían aprendido, a la fuerza, lo que significaba ser objeto de deseo, de burla o de indiferencia. Y esa lección se les había quedado grabada bajo la piel.

Tendrían que vivir el resto de sus vidas como mujeres.

Esa certeza ya no las aterraba como al principio. Había días en los que todavía extrañaban algo indefinible de sus cuerpos anteriores. Había mañanas en las que Darcy se miraba el pelo rubio en el espejo y negaba con la cabeza, o en las que Tania se ajustaba el sujetador con un suspiro resignado. Pero también había risas compartidas, noches de películas, planes futuros y la tranquilidad de saber que, pase lo que pase, no estarían solas.


La idea de seguir juntas, de envejecer en aquellos cuerpos que un día les habían sido impuestos, ya no les desagradaba del todo.

De hecho, en las noches tranquilas, cuando el silencio de la casa solo se rompía por el sonido lejano de la ciudad, ambas llegaban a la misma conclusión sin necesidad de decirlo en voz alta:

Podría haber sido mucho peor.

Y, de alguna extraña manera… estaba bien.




WOLAS, DISCULPEN LA DEMORA ¡¡¡ Bueno ha finalizado esta historia , la próxima historia tendrá un poco mas de lore en cuanto a la magia y entes que los portan  pero de momento  nos quedamos con el final de esta historia  fue un gusto escribirla y que ustedes la disfruten.


La mascara de marfil capitulo 2


Clarisa sé encontraba examinado su cuerpo sin poder creer lo que veía en el espejo. En verdad era su rostro su cuerpo 

Después estar viéndose en él espejo por un largo rato Clarisa que puso uno de los uniformes de las empleadas más jóvenes que habían trabajado allí 


Cuando Clarisa salió dél cuarto de servicio volviendo al comedor sé encontró a Esmeralda parada frente a la ventana viendo así afuera observando a las personas pasar 



Esmeralda : Dime Clarisa ¿Tu en quién té convertirías primero? 


Clarisa : 🤔 Pués creo que elegiría aaaa. Creo que seria Romina la hija de los vecinos 


Esmeralda : Romina si sería interesante ser ella. Es hermosa joven y popular con los chicos 


Con la mascara en mano Esmeralda miró su reflejo en la ventana antes de ponerse la máscara 


Lentamente levantado la mascara y sé la puso sintiendo como está sé quedaba pegada a su rostro en ése momento Esmeralda en voz baja dijo él nombre de Romina 


Tan solo unos segundos de hacer pronunciado él nombre de la chica todo su cuerpo empezó a cambiar incluso su ropa 


Aún con la mascara puesta ella vio sus manos notando que ahora sus uñas estaban pintadas de un color negro al tiempo que también notó que su traje de oficina se había vuelto una simple camiseta 


Esmeralda : No puedo ser. En verdad soy Romina y solo traigo puesta una camiseta 


Ella sé quita la mascara y mira su rostro en el reflejo de la ventana tras lo cual percibe él olor de su cabello a manzana 


Esmeralda : hay por dios mira este abdomen incluso cambio mi ropa interior 

Romina edad 20 años vive en la casa de alado chica populares 


Esmeralda : y mira éste trasero en verdad soy exactamente igual a ella 

Clarisa : 😅Si es igual ¿Entonces que piensas hacer ahora?


Esmeralda : supongo que salir a caminar y ser ella 


Clarisa 😅 vestida así?


Esmeralda : 🤭 jijiji tienes razón no puedo salir así. Supongo que es lo que ella tiene puesto en este momento 


Clarisa : también puede convertirse en una versión más joven de usted misma tal como yo 


Esmeralda : 😮‍💨No lo creo. Yo era un patito feo en mí adolescencia 💡ya sé también me puedo convertir en Eleonora ella también es muy atractiva 

Eleonora edad 26 años vive en frente casado con Paolo 


Ella sé vuelve a poner la mascara y pronuncia en voz baja él nombre de Eleonora mientras piensa en ella y de nueva toda su apariencia volvió a cambiar 


En cuestión de instantes su pelo sé hizo más corto y su ropa volvió a cambiar. Al bajar la mirada vio que ahora tenía puesto un pequeño chor azul 


Esmeralda : sorprendente. Mira éste trasero tan redondo y firme 


Clarisa 🫢 si señora sé ve firme. Aunque huele un poco a sudor 


Esmeralda : Si huele a sudor. Supongo que por la vestimenta y él olor ella debe de estar corriendo en éste momento 


Clarisa : sorprendente señora ésa mascara incluso copia él olor 


Esmeralda : si. Puedo convertirme en una copia exacta de cualquier persona. Espera un momento si Eleonora está corriendo entonces no está en su casa 🤭 jijiji tengo una idea 


Tras tener una idea perversa Esmeralda sé apresura a guardar la mascara en una caja fuerte para después salir de su casa mientras tanto Clarisa sé para frente a la venta viendo como su señora entra a la casa de Eleonora 


Esmeralda : rrrrrrr hola hay alguien aquí hola. Al parecer no hay nadie jijiji 🤭


Al creerse solo Esmeralda subió al segundo piso y buscó la recamara principal y ya estando allí sé empezó a cambiar de ropa modelando frente al espejo 


Esmeralda : Mírame que hermosa soy. Que envidia mira éste cuerpo tan en forma. Me preguntó si también tengo su condición 🏃🏼‍♂️


En la parte de abajo sé empezó a escuchar ruido al bajar Esmeralda vio a un hombre entrando en en la casa de inmediato ella lo reconoció como él limpia piscinas dél vecindario un joven en su veintitantos apuesto y musculoso 


Arnold : hola señora Eleonora. Volvió de correr muy rápido debió. Perdón por entrar sin avisar 


Esmeralda :🤤 Hola guapo (hay por dios que acabo de decir) 


Normalmente Esmeralda es una persona que sé fija mucho en el que dirán por lo que siempre mantiene las apariencias en el trabajo y él círculo social pero ahora no es ella misma 


De alguna manera él tener él rostro de alguien más le estaba dando un pequeño impulso de valor que normalmente no tendría 


Esmeralda : sabes eres un chico muy guapo ¿Té parezco atractiva?


Arnold : 😧 pués si. Usted es muy hermosa 


Esmeralda : Té gustaría lamerme probarme?


Arnold : 😅 Señora disculpé no entiendo 


Esmeralda : hay muchacho no me digas que nunca has fantaseado con Ele. Con migo 


Lentamente Esmeralda bajo las escaleras llegando hasta la sala recargándose en la mesa alzando su trasero y subiendo su falda 


Esmeralda : vamos no me digas que no quieres tocar esté trasero tan firme 


Arnold quedó boquiabierto ante él comportamiento tan seductor de la falsa Eleonora sin saber quién era realmente 


Arnold : si quiero 


En un impulso de lujuria Arnold sé arrodilló detrás de ella levantado su falda y metiendo su cabeza de bajó 

Su suspiro se convierten en un gemido estrangulado, mientras su cuerpo la delata. Sus músculos se tensan, sus manos se aferran con desesperación a la mesa 


Esmeralda : asi no pares Aaaaaaaaa 


Su voz se quiebra, y aunque sus palabras son firmes, su cuerpo tiembla, mientras siente la lengua de Arnold profundamente dentro de su culo lamiendo 


Mientras tanto la verdadera Eleonora seguía corriendo haciendo su ejercicio diario sudando transpirando sin saber que era lo estaba pasando en su casa