viernes, 23 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 10 (FINAL)

Habían pasado semanas desde que aquella pesadilla terminó.

El campus recuperó poco a poco su ritmo habitual. Los carteles de “desaparecida” de Amber fueron retirados uno a uno, y en su lugar empezaron a aparecer sonrisas de alivio y abrazos largos. El reencuentro con su familia fue exactamente como ella había temido e imaginado al mismo tiempo: lágrimas a mares, abrazos que parecían no querer terminar nunca y preguntas que Amber respondió con medias verdades cuidadosamente construidas. Nadie necesitaba saber los detalles más oscuros. Bastaba con que estuviera de vuelta, viva y entera.

María y Lucas, por su parte, se propusieron algo más silencioso pero igual de importante: aprender a quererse otra vez dentro de aquellos cuerpos que no habían elegido. Ya no intentaban fingir que todo era igual que antes. Aceptaron que había diferencias, que el deseo se sentía distinto, que las caricias tenían nuevos significados. Pero el amor que se habían demostrado durante la crisis —la forma en que se protegieron, se consolaron y se negaron a abandonarse— seguía siendo el mismo. Esa certeza los mantenía unidos con más fuerza que cualquier cuerpo anterior.

Ayla, la antigua profesora Arlo, se veía sensiblemente más animada con el paso de los días. Seguía impartiendo clases, aunque ahora con una voz más suave y una presencia que los estudiantes aceptaban sin cuestionar. Había días en los que la tristeza le pesaba en los hombros, pero también había empezado a encontrar pequeños espacios de calma. A veces se reunía con María y Lucas a tomar café después de las clases, y en esas conversaciones dejaba entrever que, aunque no había elegido su nueva vida, estaba aprendiendo a habitarla.


El último hechizo de Andrés había tenido un efecto inesperado en el muchacho. La magia, al romperse de forma violenta, no solo lo había dejado como mujer: había reescrito su identidad por completo. Ahora era Carla, una estudiante universitaria más, con un expediente académico improvisado por la misma fuerza que los había transformado a todos. Carla no se quejaba demasiado. En más de una ocasión confesó, con una sonrisa torcida, que lo veía como una segunda oportunidad. Una vida menos monótona, menos invisible. Empezó a juntarse con María y Lucas con cierta frecuencia, y aunque al principio el grupo se sentía extraño, poco a poco la presencia de Carla se volvió natural.

Amber retomó los estudios. Estaba atrasada, claro, pero su mente brillante hizo el trabajo pesado. En cuestión de semanas logró ponerse al día en la mayoría de las materias, y aunque todavía tenía noches en las que se despertaba sobresaltada creyendo que seguía siendo un ratón, cada mañana se recordaba a sí misma que ya no tenía que huir de nadie.

En cuanto a Andrés…

Después de que el ente se lo tragara, fue como si nunca hubiera existido. Los registros se desvanecieron, los recuerdos de la mayoría de las personas se volvieron borrosos o simplemente desaparecieron. Solo quienes habían sufrido directamente su crueldad —María, Lucas, Amber, Ayla y Carla— lo recordaban con claridad. Para el resto del mundo, aquel chico rencoroso y peligroso jamás había caminado por los pasillos del campus.

La amenaza había terminado.

Y aunque ninguno de ellos volvería a ser exactamente quien era antes, todos, a su manera, empezaron a intentarlo: llevar una vida lo más normal posible dentro de lo que les había tocado.

La herida seguía ahí, sí.

Pero por fin había dejado de sangrar.

---

Habían pasado dos años desde aquella noche en la que el anillo se rompió y el ente se llevó a Andrés.

El tiempo, como siempre, no borró del todo las cicatrices, pero sí las suavizó lo suficiente como para que la vida pudiera seguir adelante.

Carla continuaba estudiando. Ya no era aquel muchacho invisible que merodeaba los pasillos de madrugada; ahora era una universitaria más, con horarios, compañeros y una agenda llena de trabajos parciales. No se quejaba. De hecho, en más de una ocasión confesó —con esa sonrisa torcida que se le había vuelto característica— que prefería esta versión de sí misma. Se había negado a las citas durante mucho tiempo, todavía recelosa de confiar en alguien después de lo que Andrés intentó hacerle aquella noche. Pero tampoco cerraba la puerta del todo. “Cuando esté lista”, solía decir. Y nadie la presionaba.

Amber estaba a punto de graduarse. Su mente brillante había hecho el resto: recuperó el tiempo perdido con una disciplina casi feroz y ahora caminaba por el campus con la seguridad de quien sabe exactamente hacia dónde se dirige. Curiosamente, adoptó un par de ratones que solían merodear por el campus, esos pequeñines  en su instinto diminuto habían recibido a Amber y le habían hecho compañía mientras ella aun era un roedor. Los cuidaba con una ternura meticulosa, les hablaba en voz baja y se aseguraba de que nunca les faltara nada. Quienes la veían pensaban que simplemente le gustaban los animales pequeños. Solo unos pocos sabían la verdad detrás de aquel gesto.

Ayla, la antigua profesora Arlo, terminó por adaptarse a su nuevo cuerpo. Ya no miraba su reflejo con la misma tristeza de los primeros meses. Con el tiempo conoció a un profesor de la facultad de Ingeniería, un hombre paciente y de humor seco que la hizo reír cuando creía que ya no sabía cómo hacerlo. Se enamoraron con calma. Ahora esperaban un hijo. Ayla aún no se lo había contado a casi nadie —faltaban apenas unas semanas para el primer trimestre completo—, pero cada vez que apoyaba una mano sobre su vientre, una pequeña sonrisa se le escapaba. La vida, de forma absurda e inesperada, le estaba dando algo que nunca creyó que tendría.


María y Lucas se habían graduado un año atrás. Siguieron en contacto con Amber, Ayla y Carla; el grupo que la pesadilla había forjado se mantuvo unido de una forma discreta pero sólida. Hacía no mucho habían decidido vivir juntos. El departamento era pequeño, luminoso y estaba lleno de detalles de ambos: libros de Lucas, plantas de María, fotos compartidas en las que ya no intentaban esconder quiénes eran ahora.

La promesa del ente se había cumplido. Ninguno de ellos careció de oportunidades. Becas, trabajos, contactos que aparecían en el momento justo… el dinero dejó de ser una preocupación constante. Y, de alguna forma, eso les permitió concentrarse en lo que realmente importaba.

Su relación había madurado. Lucas, con aquel cuerpo más fuerte y alto, solía tomar la iniciativa en la intimidad; había una dominancia suave pero clara en la forma en que la sujetaba, en cómo la guiaba. María, sin embargo, no se quedaba atrás. De vez en cuando era ella quien lo empujaba contra la cama, quien decidía el ritmo, quien le recordaba —con una sonrisa pícara— que el poder también podía cambiar de manos. Se conocían de una forma más profunda que antes del cambio. Se habían visto rotos, asustados y vulnerables… y aun así habían elegido quedarse.

Aquella noche, después de una cita larga y tranquila —cena ligera, caminata por el parque, el tipo de silencios cómodos que solo existen cuando dos personas se sienten realmente en casa la una con la otra—, regresaron al departamento. María se detuvo en medio del salón, con las luces bajas y el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Sacó de su bolsillo una caja pequeña, de terciopelo oscuro, y se la extendió a Lucas.

—Sé que todo esto empezó de la forma más absurda y horrible posible —dijo con voz suave pero firme—. Sé que no somos quienes éramos. Pero te elijo. Cada día. En este cuerpo, en el que sea. ¿Quieres casarte conmigo, Lucas?

Él la miró en silencio durante un segundo eterno. Luego sonrió de esa forma torcida y profundamente sincera que solo ella conocía, y asintió antes incluso de poder hablar.

—Sí. Mil veces sí.

Se abrazaron en medio del salón, sin prisa, mientras afuera la ciudad seguía su curso indiferente.

Para ellos, a pesar de todo lo bizarro, lo doloroso y lo imposible que había sido el camino… las cosas estaban bien.

Al fin y al cabo, estaban juntos.

Y en algún rincón oscuro e inimaginable del mundo, aquella entidad seguía haciendo sufrir a Andrés de formas que ningún humano podría concebir del todo. Quién sabe qué le estaría haciendo en ese preciso instante. Solo una cosa era segura: si alguna vez hubiera sido capaz de un mínimo de empatía, de aceptar un no, de no convertir su rencor en arma… tal vez nada de aquello le habría ocurrido.

Pero esa ya no era historia de María, ni de Lucas, ni de Amber, ni de Ayla, ni de Carla.

La suya, después de tanto, por fin podía seguir adelante. 


WOLAS  MIS QUERIDOS LECTORES ¡¡¡¡¡¡¡ bueno esta historia ha finalizado me gusto mucho escribirla, la próxima historia es la de Sabrina Carpenter, aquella historia es una petición la cual me gusto mucho escribir, próximamente  seguirá la historia precuela que explora un poco mas del anillo, otra historia en la que una portadora de este peligroso objeto  lo usa para su beneficio personal y meramente para entretenerse y otros aparte de recibir una lección reciben un cambio de vida  muy grande, en fin, creare un apartado donde les contare mas tramas que tengo en mente y de que van  y ustedes podrán elegir cual sale primero y pueden hacer sus peticiones también dicho todo esto nos vemos en la próxima historia.



El Precio del Despecho - 9

El anillo yacía en el suelo con la gema hecha añicos.

Andrés lo miró durante un segundo eterno, como si su cerebro se negara a procesar lo que veían sus ojos. El color se le drenó del rostro. El pánico lo invadió de golpe, puro y primitivo. Retrocedió un paso, luego otro, tropezando con sus propios pies.

—No… no, no, no, esto no puede…

No terminó la frase.

Una sombra se materializó detrás de él.

No fue un proceso gradual. Simplemente… estuvo ahí. Una presencia densa, oscura, de contorno vagamente humanoide pero claramente inhumano. Dos ojos  sin pupilas se abrieron en medio de aquella masa de penumbra, y una sonrisa demasiado ancha y llena de dientes afilados se dibujó donde debería haber una boca. El ser extendió un brazo de humo y garras y agarró a Andrés por el cuello con una violencia brutal, levantándolo del suelo como si no pesara nada.

La voz que salió de aquella figura era la misma que Amber había escuchado salir del anillo: profunda, tenebrosa y cargada de un humor cruel.

—Ahora… ¿qué era eso que decías de ser tú el amo y yo el esclavo?

Andrés apenas pudo balbucear un sonido ahogado antes de que el ente lo estrellara contra el suelo con suficiente fuerza como para dejarlo inconsciente de inmediato. El cuerpo del joven quedó inmóvil, la cara contra el asfalto.

Lucas no perdió ni un segundo. Se levantó como pudo y atrajo a María contra su pecho en un abrazo protector, girando el cuerpo para interponerse entre ella y la criatura. Ayla, desde su escondite, recogió a Amber con manos temblorosas y se la guardó de inmediato en el bolsillo de la chaqueta, apretándola contra su cuerpo.

El ser demoníaco giró lentamente la cabeza hacia ellos. Aquellos ojos rojos se posaron en Lucas con una curiosidad casi divertida.

—Bien —dijo con voz cavernosa—. Como mi amiga les prometió un trato es un trato. Pero sé claro: El favor que pidas le afectara a solo uno. Uno.


Lucas, María y Ayla se miraron entre ellos durante una fracción de segundo. No hubo discusión. Los tres sabían exactamente cuál era la prioridad.

—Devuelve a Amber a su forma humana —pidió Lucas, con la voz firme a pesar del temblor que aún le recorría las piernas—. Por favor.

El ente inclinó la cabeza, como considerando la petición. Luego chasqueó los dedos con un sonido seco que resonó en el aire nocturno.

—Hecho.

Desde el bolsillo de Ayla se produjo un destello breve y cálido. Un segundo después, el peso en la chaqueta cambió por completo. Ayla dio un respingo y, con cuidado, extrajo de su ropa a una Amber completamente humana, desnuda, temblando y jadeando aire como si acabara de salir del agua después de estar a punto de ahogarse. María se quitó la chaqueta de inmediato y se la puso sobre los hombros, mientras Amber, todavía en shock, se aferraba a ella con fuerza.

El ser demoníaco observó la escena con aparente indiferencia.

—Por liberarme hare que su suerte sea buena —añadió—. Dinero, oportunidades… . Pero no esperen más favores mágicos. Eso requeriría un pacto… y créanme, no quieren estar endeudados conmigo. No sería… bonito.

Su atención regresó entonces hacia Andrés, quien empezaba a recobrar la conciencia con un gemido débil. El ente soltó una risa baja, oscura y genuinamente divertida.

—Yo, en cambio… me voy a divertir mucho contigo.

Andrés abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo aquella sombra se abalanzaba sobre él. El grito que soltó fue de puro terror, desesperado y agudo. Un segundo después, la masa oscura lo envolvió por completo, tragándoselo entero como si fuera humo negro denso. El grito se cortó de golpe.

Y entonces, el ente simplemente… dejó de estar ahí.

El estacionamiento del edificio de mantenimiento quedó en silencio. Solo quedaban Lucas, María, Ayla, una Amber recién devuelta a su cuerpo humano y envuelta en una chaqueta… y el anillo roto en el suelo, ahora completamente inerte.

Amber se derrumbó.

Las lágrimas empezaron a caerle en silencio primero, y luego a mares, sin que pudiera controlarlas. Se abrazó a sí misma bajo la chaqueta de María, el cuerpo entero sacudido por sollozos que llevaba días —semanas— conteniendo dentro de un cuerpo que no le permitía llorar. Había sobrevivido al hambre, al frío, a los gatos, a la constante amenaza de ser aplastada o devorada… y todo por los delirios enfermos de un hombre rencoroso que no soportó un rechazo.

Nadie intentó hacerla callar.

A unos metros, la joven que al juzgar por sus prendas había sido algún otro chico  se miraba las manos, luego el pecho, luego las piernas, todavía en un estado de shock profundo. Finalmente levantó la vista hacia el grupo con una expresión rota.

—¿Eso es todo? —preguntó con voz temblorosa—. ¿No hay… no hay forma de que yo vuelva a ser un hombre?

Lucas, María y Ayla se miraron entre ellos. El silencio fue pesado, pero honesto. Fue Lucas quien respondió, con suavidad pero sin dar falsas esperanzas:

—Vas a tener que acostumbrarte.

La joven —quien todavía no tenía un nombre nuevo que aceptar del todo— se dejó caer al suelo, sentada contra la pared. Bajó la cabeza. Parecía triste, sí, pero de una forma apagada, casi resignada. No gritó ni se desesperó. Simplemente asimiló la sentencia en silencio, como quien recibe una noticia que ya sospechaba.

Mientras tanto, María y Ayla se concentraron en Amber. Entre las dos la envolvieron mejor con la chaqueta y buscaron en el auto de Ayla una manta vieja que la profesora tenía en el maletero. La cubrieron con cuidado y la guiaron hasta el vehículo. La conserje, todavía sentada en el suelo, levantó una mano débil cuando se disponían a irse.

—Yo… esperaré aquí hasta la mañana —dijo en voz baja—. Necesito… procesar esto.

Nadie la obligó a acompañarlos. El shock todavía la tenía atrapada.

María y Lucas subieron al auto de Ayla junto con Amber. El trayecto hasta el departamento fue silencioso, solo roto por los sollozos cada vez más suaves de la chica recién recuperada. Una vez dentro, María le prestó ropa cómoda: una camiseta amplia, un pantalón de chándal y un par de calcetines gruesos. Amber se vistió con dedos temblorosos y se dejó caer en el sofá, todavía llorando, aunque ya no con la misma intensidad desgarradora de antes.

El trauma había sido enorme.

Pero entre las lágrimas había algo más: alivio. Andrés ya no podría hacerle daño a nadie nunca más. Esa certeza, por pequeña que fuera, empezaba a hacer mella en su pecho.

Las horas fueron pasando con lentitud. Ayla se quedó un rato más, sentada en silencio, procesando su propia realidad. Sabía que se quedaría así para siempre. La tristeza se le notaba en los ojos, pero también una extraña calma exhausta. Cuando por fin se levantó para irse, se detuvo en la puerta y miró a María y a Lucas.

—Cuídenla esta noche —pidió en voz baja—. Yo… necesito estar sola un rato.

Ambos asintieron. Ayla se marchó.

Amber terminó quedándose dormida en el sofá, con la cabeza apoyada en el regazo de María mientras la  mano de Lucas estaba cubriéndole el hombro a maria de forma protectora. El cansancio acumulado de días enteros sobreviviendo como un animal diminuto la venció por completo.

Lucas y María se miraron en la penumbra del salón. Ya no había anillo. Ya no había Andrés. Ya no había amenaza inmediata.

Uno tras otro, los tres terminaron rindiéndose al sueño.

Y por primera vez en mucho tiempo, la paz que llenó el departamento no era fingida ni temporal.

Era real.



jueves, 22 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 8

El mensaje permaneció iluminado en la pantalla del teléfono de Lucas durante varios segundos, como desafiándolos a decidir.

Lucas lo revisó con cuidado. No provenía de ningún número registrado, ni siquiera de uno oculto de forma convencional. Era como si hubiera aparecido de la nada, sin rastro claro de origen. María se inclinó sobre su hombro, y desde el bolsillo de la chaqueta Amber se asomó lo suficiente como para que sus ojitos negros también pudieran ver la pantalla. Los tres llegaron a la misma conclusión casi al mismo tiempo: quien estuviera al otro lado había sufrido algo similar… o al menos conocía lo suficiente sobre el anillo como para ofrecer una solución real. Tenía recursos, o conocimiento, o ambas cosas.

Lucas respiró hondo y tecleó la respuesta:

«Acepto.  

¿Quién eres y cómo podemos ayudarnos?»

La contestación llegó casi de inmediato.

«De quién soy no te preocupes, solo busco intentar  ayudar a un amigo  

Pero deberás ser cauteloso… y rápido si quieres quitarle el anillo.  

Deberás repetir este conjuro. Al menos tú.  

Eres el más apto para poder hacerle frente a ese tonto.»

Debajo del mensaje apareció un breve texto en un idioma que ninguno de los dos reconoció del todo, aunque las palabras parecían cargadas de un peso antiguo. Lucas frunció el ceño y escribió de nuevo:

«¿Para qué es el encantamiento exactamente?»

La respuesta fue directa:

«Es un hechizo de protección básico.  

Para que cuando quiera usar el anillo contra ti o alguno de ustedes no haga efecto… al menos la primera vez.»

Lucas sintió un destello de frustración. Tecleó con más fuerza de la necesaria:

«¿No tienes un hechizo que lo inhabilite de una vez por todas?»

Esta vez el remitente tardó un poco más en contestar.

«Eso requiere un hechizo mas sofisticado y además no tengo mucho tiempo para ello.  

Y no puedo compartir más información.»

Hubo un silencio denso en la cocina. María miró a Lucas, luego al pequeño bulto que se movía en su bolsillo. Amber estaba completamente quieta, escuchando. Lucas cerró los ojos un segundo, sopesando el riesgo, y finalmente respondió:

«Lo haremos.»

La última respuesta del desconocido fue breve, casi fría:

«Bien.»

La conversación terminó ahí. La pantalla se apagó, dejando solo el reflejo de sus propios rostros.

Un ligero hilo de esperanza se encendió en los ojos de los tres.

Ya no estaban completamente a ciegas. Tenían un conjuro de protección, aunque fuera básico y temporal. Tenían la confirmación de que alguien más conocía la existencia del anillo y quería detener a Andrés o eso aparentaba. Y, sobre todo, tenían un punto de partida.

Lucas guardó el teléfono con cuidado.

—Tenemos que usar este hechizo —dijo en voz baja—. Al menos en mí. Si puedo resistir el primer ataque, tal vez logremos acercarnos lo suficiente como para quitarle el anillo.


María asintió, aunque el miedo seguía presente en su expresión.

—También deberíamos contárselo a Ayla. Si vamos a planear algo, cuanto más seamos —y más cuidadosos— mejor.

Amber se removió dentro del bolsillo. María introdujo dos dedos con delicadeza y la sacó lo suficiente como para mirarla a los ojos. Aquellos ojitos negros, casi inexpresivos por la naturaleza de su forma, tenían ahora un brillo distinto. Un brillo pequeño, frágil… pero inconfundible.

Era esperanza.

Por primera vez en mucho tiempo, las tres víctimas de Andrés sentían que quizás, solo quizás, la pesadilla empezaba a tener un final posible.


El mensaje llegó poco después del anochecer.

Solo contenía una ubicación dentro del campus y una instrucción clara, casi fría:  

«Cuando lo encuentren, si no pueden quitarle el anillo, rompan el cristal de el mismo.»

No había más explicaciones. No hacía falta.

El campus a esa hora era un territorio distinto. Las luces de los pasillos principales estaban atenuadas, la mayoría de los edificios cerrados con llave y el silencio solo se rompía por el viento que arrastraba hojas secas entre los bancos. María llevaba a Amber segura en el bolsillo interior de la chaqueta. Ayla caminaba un par de pasos detrás, todavía acostumbrándose a su nuevo cuerpo y a la ropa que ahora le quedaba ajustada de formas que le resultaban ajenas. Lucas iba al frente, con el conjuro de protección repitiéndose una y otra vez en su mente como un mantra.

Los encontraron cerca del edificio de mantenimiento.

Andrés tenía acorralada contra la pared a una joven de aspecto atractivo y expresión aterrorizada. La ropa que llevaba era demasiado grande en algunos sitios y demasiado justa en otros; claramente había sido otra persona hace apenas unos minutos. Andrés le sujetaba una muñeca con fuerza y hablaba en voz baja, con esa sonrisa arrogante que ya se les había vuelto familiar. Estaba cruzando una línea que hasta entonces no había cruzado abiertamente: no se conformaba con transformar. Ahora quería tomar.

—Suéltala —la voz de Lucas cortó el aire nocturno como un latigazo.

Andrés giró la cabeza con lentitud. Al reconocerlos, su sonrisa se ensanchó.

—Miren nada más… los enamoraditos. ¿Vinieron a ver el espectáculo?

Lucas no le dio tiempo a seguir hablando. Se lanzó hacia adelante.

Ambos chocaron con una fuerza sorprendente. Andrés había mejorado su cuerpo de forma deliberada: era más rápido, más resistente y sabía usar cada gramo de esa nueva complexión. Lucas, aunque también habitaba un cuerpo masculino fuerte, no tenía la misma experiencia ni las mismas “mejoras”. Forcejearon con violencia. Puños, empujones, el sonido sordo de cuerpos golpeando contra la pared de ladrillo. Durante unos segundos parecieron estar a la par… hasta que Andrés logró girar el peso a su favor y derribar a Lucas contra el suelo, inmovilizándolo con una rodilla sobre el pecho.

—Patético —escupió Andrés, jadeando—. ¿De verdad pensaron que podían detenerme?

María apareció entonces por el costado, empuñando una barra de metal que había arrancado de una reja cercana. El golpe fue rápido, dirigido a la espalda de Andrés. Él se tambaleó, soltó a Lucas y giró hacia ella con los ojos encendidos de rabia. María intentó un segundo golpe, pero Andrés la esquivó y la empujó con suficiente fuerza como para hacerla caer de espaldas. La barra rodó por el suelo.


permanecía escondida tras unos contenedores, protegiendo el bolsillo donde María había dejado a Amber momentos antes. Desde allí solo podía observar, el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose tan impotente como el día en que la transformaron.

Andrés se irguió, sacudiéndose la ropa, y soltó una risa baja y burlona.

—Todo este esfuerzo… para nada. De verdad pensaron que podían ganarme.

Apuntando su mano en donde estaba el anillo con teatralidad. La piedra oscura brilló con un resplandor enfermizo.

—Creo que esta vez seré creativo —dijo mirando a Lucas, todavía en el suelo—. Una cucaracha te quedaría perfecta. Así podrás arrastrarte el resto de tu miserable vida.

Levantó la mano y lanzó el hechizo.

El haz de luz oscura surgió del anillo… y se disipó contra el pecho de Lucas sin hacer absolutamente nada.

Andrés parpadeó. Bajó la mirada al anillo, luego otra vez a Lucas, genuinamente confundido.

—¿Qué…?

Ese segundo de desconcierto fue todo lo que María necesitó.

Se lanzó desde el suelo, recuperó la barra de metal y, en lugar de apuntar a la cabeza, concentró toda su fuerza en un único golpe preciso: directo a la mano de Andrés donde brillaba el anillo.

El metal chocó contra la gema con un sonido seco y cristalino.

La piedra se quebró, aunque alnos dedos de Andrés también.

Un haz de luz cegadora, mucho más intenso y violento que cualquiera de los hechizos anteriores, estalló desde el anillo roto. La onda expansiva empujó a todos hacia atrás —Andrés, Lucas, María, incluso Ayla tras los contenedores— como si una fuerza invisible los hubiera lanzado lejos del punto de impacto.

El anillo, ahora agrietado y sin su gema, cayó al suelo entre chispas de luz residual.




ASTRONOMIC

La mascara de marfil capitulo 4


Ok aclaremos él uso de la mascara al colocarse la persona en cuestión puede transformarse en una copia exacta de cualquier persona y si asi lo decide ser una versión más vieja o más joven de ésa misma persona 


Y para volver a transformarse en si mismo dé volver a usar la mascara y pensar en su propio rostro 


Pero él costó de usar la mascara son los recuerdos dél rostro de la persona que la está usando. Ósea los recuerdos de las veces que la persona ha visto su propio rostro ya sea en un espejo 🪞 o superficie reflejante o en alguna foto 


Cuando la persona en cuestión ya no sea capaz de recordar su rostro original su verdadero rostro la mascara ya no funcionará en esa persona quedándose con él último rostro que eligió 


Además la mascara no funciona en aquéllas personas que nacieron ciegas por él simple hecho de que no tienen ningún recuerdo de su propio rostro 

Esto es lo que pasa a las memorias de una persona al usar la máscara 


Catherina : amor ¿Que haces? Pensé que estabas trabajando.


Esmeralda : Sólo dame un poco de cariño amor 

Catherina : Amor ¿Que té pasa? Estás muy cariñoso Julián 


Esmeralda : Es que no puedo dejar de pensar en tí. Quiero cogerte (🫢En verdad dije eso)


Catherina : pero que cosas dices. Además no podemos van a venir los vecinos 


Esmeralda : Solo un rapidin mí amor y me voy 


Con un movimiento Catherina sé dio la vuelta recibiendo un beso dél que ella creía su esposo 


Entre besos y caricias ambos terminaron sobre él sofá en cuestión de instantes la ropa empezó a caer al piso 


Catherina : amorrrrr ase mucho que no estás tan caliente 


Esmeralda : cállate y besame 


Mientras tanto él verdadero Julián sé encontraba en su oficina trabajando su esposa estaba desnuda en el sofá teniendo sexo 


Esmeralda (increíble en verdad puedo sentir la verga dentro de su coño ¿Así sienten los hombres?) espera un momento 🥵


Catherina : ¿Que sucede amor? 


Esmeralda : Es que...😮‍💨 (Creo que no debería estar haciendo ésto. No es correcto)



Catherina : Aaaa.. ya sé lo que quieres 


Esmeralda : 🫢No espera que hacés 



Mientras Esmeralda sé cuestionaba sus impulsivas acciones algo que bajo circunstancias normales no haría Catherina baja la cabeza y empieza a chupar la verga dél falso Julián 


Esmeralda : Oooooooh santa madre eso sé siente bien muy bien así Oooooooh 


En medio de su caluroso encuentro con la cabeza de Catherina bajando y subiendo dándole su primera chupada a Esmeralda sé escuchó él ruido dél timbre 

Catherina : Rayos los vecinos ya llegaron. Después terminamos 


Esmeralda : no esperaba aún no acabo 


Catherina : No amor. Ya en la noche continuamos ahora acompañame a recibir a los vecinos 


Con él pelo un poco despeinado Catherina se arregla un poco antes dé abrir. Cuando la puerta se abre la persona que estaba allí parada era Eleonora 


Catherina : Hola ya llegaste 


Eleonora : Hola perdona por llegar tarde. No vas a creer lo que me paso 


Esmeralda : 😅 Hola vecina (Diablos😰)


Catherina : Pasa cuéntame amiga 


Eleonora : No lo vas a creer pero encontré a alguien igual a mí. Y no solo eso estaba teniendo sexo en mí casa 


Esmeralda : 😰😰 Amor creo que ya debería irme a trabajar 


Catherina : No espera. A ver no entiendo encontraste a alguien parecida a tí 


Eleonora : No parecida era idéntica a mí. Casi como gemela 


Mientras Catherina servía unos aperitivos Esmeralda solo pensaba en salir lo antes posible al tiempo que Eleonora cuenta su extraña experiencia con la impostora que encontró en su casa 


miércoles, 21 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 7

María y Lucas decidieron darle espacio.

Sabían que teclear letra por letra con aquel cuerpo diminuto debía ser agotador, casi doloroso. Prepararon un rincón seguro en la mesa de la cocina: cerraron bien las ventanas, bajaron las persianas lo suficiente para que ninguna sombra de ave pudiera asomarse y colocaron la caja cerca del portátil para que Amber pudiera entrar y salir sin problemas. Le dejaron un poco de agua en una tapa de botella y un trocito de manzana por si necesitaba recuperar fuerzas.

—Tómate el tiempo que necesites —le susurró María antes de alejarse—. Estaremos en la otra habitación. Nadie te va a molestar.

Cerraron la puerta con suavidad y se quedaron esperando en el sofá del salón, intentando no mirar el reloj cada dos minutos. La tensión era espesa. Cada uno estaba metido en sus propios pensamientos: el peligro que representaba Andrés, como quitarle el anillo, la cantidad de vidas que ya había destrozado o las que destrozaria… y la frágil criatura que ahora dependía completamente de ellos.

Pasó aproximadamente una hora y media.

Cuando por fin regresaron a la cocina, encontraron a Amber hecha una bolita en un rincón de la caja, el cuerpecito subiendo y bajando con respiraciones profundas. Estaba dormida, claramente exhausta. El esfuerzo de comunicarse la había dejado sin energías. María sintió una punzada de ternura y culpa al mismo tiempo.

Luego miraron la pantalla del portátil… y se quedaron en silencio.

Había
bastante texto. Más de lo que esperaban. Las letras estaban desordenadas en algunos tramos, con espacios irregulares y alguna tecla repetida por accidente, pero era perfectamente legible. Amber había escrito todo lo que pudo.

Lucas se acercó primero y le dejó un gajo fresco de naranja junto al hocico. María, con dos dedos, le acarició el lomo con extrema suavidad mientras murmuraba:

—Lo hiciste increíble Amber… descansa.

El ratón se removió apenas, olfateó la fruta y empezó a mordisquearla con avidez, todavía medio dormido. Solo entonces ambos se sentaron frente a la laptop y comenzaron a leer.

La historia de Amber se desplegó ante ellos con una crudeza silenciosa.

Llevaba semanas ignorando a Andrés. El hostigamiento había empezado de forma sutil —mensajes “casuales”, apariciones “coincidentes” en la biblioteca, comentarios sobre lo bien que se veía— y había escalado hasta volverse sofocante. Ella lo había rechazado una y otra vez, cada vez con más claridad. Hasta que un día él la citó para “darle un cierre definitivo a todo”. Amber, cansada pero esperanzada, pensó que por fin estaba madurando. Que tal vez había entendido el mensaje y solo quería terminar las cosas de forma civilizada.

Se presentó en el lugar acordado… y se encontró con un Andrés completamente distinto.

Más alto. Más atractivo. Con una seguridad física que nunca había tenido. Ella se sorprendió, pero no cambió de opinión. Cuando él, sonriendo con demasiada confianza, le preguntó si incluso viéndolo así todavía no quería estar con él, Amber respondió con honestidad:

«No. No se trata de cómo te ves por fuera. Se trata de cómo eres por dentro.»

Aquella frase, según lo que ella misma había escrito, pareció tocarlo en un punto profundo y oscuro. La expresión de Andrés cambió. Sacó el anillo, se lo colocó con calma y murmuró algo que ella alcanzó a escuchar con claridad:

«Bueno… si tanto valoras el interior…»


El haz de luz la envolvió antes de que pudiera correr.

El resto del relato era todavía más desolador. Amber describía cómo había deambulado sola durante días, aterrorizada, intentando sobrevivir convertida en un animal diminuto. Llegó a convivir un tiempo con otros ratones en un rincón del campus, pero la diferencia era abismal: ella seguía pensando como humana. Al final, impulsada por una mezcla de rabia y necesidad de respuestas, empezó a seguir a Andrés en silencio. Se escondía entre las sombras, entre la basura, bajo los bancos. Quería llorar, pero su nuevo cuerpo no se lo permitía. Sabía que cada vez que salía a la intemperie estaba a una garras, a un zapatazo o a un ave de rapiña de morir… y aun así no podía dejar de seguirlo.

Hasta que un día lo vio solo, hablando en voz baja… con el anillo.

No parecía una conversación normal. Andrés gesticulaba, soltaba risas cortas y amargas, y en cierto momento pareció estar burlándose de sí mismo mientras miraba la piedra oscura como si esta pudiera responderle.

María y Lucas levantaron la vista de la pantalla al mismo tiempo. El último párrafo se quedó flotando entre ellos como una amenaza nueva y desconocida.

Andrés no solo usaba el anillo.

Parecía… hablar con él.

Amber no había terminado.

Todavía con restos de cansancio evidente, el pequeño cuerpo salió de la caja con determinación y caminó de nuevo sobre el teclado. Esta vez no intentó escribir desde cero: se dirigió directamente hacia la parte inferior del documento y empezó a golpear con las patitas la barra espaciadora y luego la tecla de flecha hacia abajo, señalando con claridad que había más texto en otra sección de la página. Lucas se apresuró a desplazarse por el documento hasta encontrar el párrafo que faltaba.

Allí estaba la parte más inquietante.

Amber relataba que, una noche, mientras seguía a Andrés en silencio desde las sombras, lo había escuchado hablar solo… o al menos eso parecía al principio. Se burlaba del anillo, lo giraba entre los dedos y soltaba comentarios amargos y arrogantes. De pronto, una voz respondió. No era la de Andrés. Era una voz oscura, profunda, casi tenebrosa, que pareció surgir desde la propia piedra del anillo. Amber solo alcanzó a distinguir con claridad una frase:

«Ríe mientras puedas, muchacho.»

Andrés había soltado una carcajada más fuerte, como si la advertencia le resultara graciosa, y había seguido su camino sin darle importancia. Amber, lejos de asustarse del todo, sintió una chispa de esperanza retorcida. Si había algo —o alguien— atrapado dentro de ese anillo, quizás podía ser ayudado. Y si lograba ayudar a lo que fuera que estuviera ahí dentro, tal vez ese mismo poder podía devolverla a ella a la normalidad. Por eso había seguido a Andrés con tanta obstinación, incluso cuando sabía que cada día a la intemperie era una sentencia de muerte potencial.

También escribió que había presenciado cómo él los transformaba a ellos dos en el pasillo, y días después cómo convertía al profesor Arlo en Ayla. Había estado presente, escondida, impotente. Los últimos días los había pasado escapando del mismo gato que casi termina con su vida. Esa tarde, cuando el felino por fin la atrapó, ya se había resignado a morir. Estaba cansada de huir, de tener hambre, de vivir con el miedo constante de ser aplastada o devorada.

Al final del texto había una petición simple y desgarradora:

«¿Pueden ayudarme a abrir mis redes? Quiero decirle a mis padres que estoy bien.»

María y Lucas no se negaron ni un segundo.

Con extremo cuidado, abrieron el perfil de Amber en el teléfono de Lucas. Ella, desde el teclado, fue indicando letra por letra lo que quería escribir. Esta vez no lo hizo sola: ambos la ayudaron a redactar un mensaje breve, lo suficientemente vago como para no levantar sospechas imposibles de explicar, pero lo bastante cálido como para calmar a una familia destrozada por la desaparición. Cuando por fin le dieron a enviar, Amber se quedó mirando fijamente la foto de su propio perfil durante un largo rato. Aquella chica sonriente de la imagen ya no existía… o al menos no de la misma forma. Los delirios de un hombre tan resentido como Andrés tal vez habían arruinado su vida para siempre.

O tal vez no.

María la levantó con delicadeza y se la guardó en el bolsillo delantero de la chaqueta, donde el calor de su cuerpo la mantendría segura y cercana. Amber se acurrucó allí sin resistirse, como aceptando que, por ahora, ese era el lugar más seguro del mundo.

Después se sentaron los tres —dos humanos y un ratón— alrededor de la mesa. La conversación giró inevitablemente hacia el anillo.

—Tenemos que quitárselo —dijo Lucas en voz baja—. Pero no sabemos ni por dónde empezar. ¿Qué se supone que busquemos? ¿“Anillo mágico que cambia cuerpos”? Suena ridículo incluso pensarlo.

María se pasó una mano por el pelo rubio, frustrada.

—Podríamos intentar rastrear de dónde lo sacó. Si lo compró, si lo encontró, si se lo dieron… cualquier pista. Pero es como buscar una aguja en un pajar. No tenemos ni un nombre, ni un símbolo claro, ni nada concreto.

Estaban atrapados en ese callejón sin salida cuando el teléfono de Lucas vibró sobre la mesa.

La pantalla se iluminó con un mensaje de un número desconocido. Ambos se inclinaron al mismo tiempo para leerlo. Amber, desde el bolsillo, se asomó apenas, como si también quisiera ver.

El texto era breve, directo y profundamente inquietante:

«Sé cómo detenerlo.  

Y si me ayudas… puedo  ayudarte con un favor.»

WOLAS  RECTA FINAL DE LA HISTORIA ¡¡¡ ya quedan solo tres caps para acabar esta historia  , hay un lore extenso en cuanto al anillo  y el ser que lo habita,  explorare  mas de este anillo y otros  objetos mágicos en la historia que funcionara como precuela de esta  pero si tiene dudas de como funciona dejen sus preguntas en la caja de comentarios¡ 


Astronomic

martes, 20 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 6

Lucas seguía profundamente dormido, con un brazo extendido sobre el lado de la cama que María había ocupado durante la noche. La respiración tranquila y el cabello alborotado le daban un aspecto vulnerable que contrastaba con el cuerpo masculino que ahora habitaba. María lo observó un segundo desde la puerta de la habitación y decidió no despertarlo todavía. Necesitaba confirmar lo que su instinto le gritaba antes de compartirlo.

Regresó a la cocina en silencio y se agachó junto a la caja improvisada. El ratón —Amber, si es que realmente era ella— levantó la cabecita de inmediato al oírla acercarse. María se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y apoyó los codos en las rodillas para quedar a su altura.

—Hola otra vez… —susurró—. Si de verdad puedes entenderme… presta atención.

El animalito se quedó completamente quieto, las orejitas erguidas, los ojitos negros fijos en ella. No era el comportamiento nervioso y errático de un simple roedor. Había una intención clara en esa mirada.

María respiró hondo.

—Dame la patita.

El ratón dudó solo un segundo. Luego levantó una de sus patitas delanteras y la apoyó con cuidado sobre la yema del dedo que ella le ofrecía. María sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Ahora… una voltereta.

El pequeño cuerpo se movió con torpeza, pero obedeció. Dio una voltereta completa sobre el fondo de la caja y terminó mirándola de nuevo, como esperando la siguiente instrucción.

El corazón de María latía con fuerza. Todavía podía ser coincidencia. Anima
les inteligentes a veces aprendían trucos. Pero la precisión, la atención constante, la forma en que parecía esperar…

Se inclinó un poco más, bajando la voz hasta casi un susurro.

—Amber… ¿eres tú?

La reacción fue inmediata y eufórica.

El ratón empezó a moverse de un lado a otro dentro de la caja, emitiendo una serie de chillidos agudos y cortos, levantando ambas patitas delanteras y golpeando suavemente el cartón como si intentara aplaudir o afirmar con todo el cuerpo. No había duda. No podía haberla. Aquella respuesta desesperada y llena de alivio solo podía venir de alguien que había estado atrapado en silencio durante días, esperando que alguien —cualquiera— lo reconociera.

María sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Con mucho cuidado, introdujo ambas manos en la caja y levantó al pequeño cuerpo tembloroso. Se lo acercó al pecho, protegiéndolo contra la tela de su camiseta, y habló en voz muy baja, casi temblando:

—Todo va a estar bien… ¿me oyes? Aquí estás a salvo. No te va a pasar nada. Lo prometo.

El ratón se acurrucó contra su pecho, todavía emitiendo aquellos soniditos suaves, como si por fin pudiera dejar de estar en guardia. María cerró los ojos un momento, sintiendo el peso minúsculo y frágil contra su piel. Una idea horrible cruzó su mente: si la noche anterior hubiera ignorado al gato, si hubiera seguido caminando sin prestar atención… Amber habría muerto en silencio entre las mandíbulas de un animal callejero. Y nadie, absolutamente nadie, habría sabido nunca qué fue de ella. Simplemente se habría convertido en otro cartel desgastado por el sol y la lluvia.

La culpa y el alivio se le mezclaron en el pecho hasta dolerle.

Casi una hora después, escuchó movimiento en la habitación. Lucas apareció en la cocina todavía semidormido, con el pelo revuelto y marcando bostezos, hasta que vio la expresión seria de María y al ratón acurrucado en su mano.

—¿Pasa algo?

María levantó la vista. Tenía los ojos un poco húmedos.

—Es Amber —dijo simplemente—. El ratón… es Amber.

Lucas se quedó congelado durante un par de segundos intentando procesar  la magnitud de la noticia. Luego se acercó despacio, mirando al pequeño animal con una mezcla de incredulidad y un alivio profundo que se le notó en toda la cara. Se pasó una mano por el rostro y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Está viva… —murmuró—. Dios mio. Está viva. Aunque sea así… está viva.

María asintió, acariciando con un dedo el lomo del ratón.

—Y si logró sobrevivir tanto tiempo convertida en esto… tal vez sepa cosas. Cómo la transformó, si dijo algo antes, si el anillo tiene algún punto débil. Cualquier información vale oro ahora mismo. Tenemos que encontrar la forma de comunicarnos mejor con ella. De verdad.

Lucas observó al pequeño cuerpo de Amber, tan frágil y a la vez tan obstinadamente vivo, y asintió con gravedad.

La pieza más importante del rompecabezas acababa de aparecer… y cabía en la palma de una mano.

No perdieron más tiempo.

Lucas trajo la laptop del escritorio y la colocó sobre la mesa de la cocina con cuidado. La abrió, creó un documento en blanco en el bloc de notas y aumentó el zoom  para que las letras fueran enormes. Luego ambos se agacharon a la altura de la caja, donde Amber los observaba con aquellos ojitos negros intensos, completamente atenta.

María fue quien habló primero, con voz suave pero clara:

—Amber… vamos a intentar algo. Si de verdad nos entiendes, queremos que uses el teclado. Con mucho cuidado. ¿Sí?

El ratón se movió de inmediato hacia el borde de la caja, como aceptando. Lucas, con una delicadeza casi exagerada, la levantó entre sus dedos y la depositó sobre el teclado del portátil. El contraste era absurdo: aquel animalito minúsculo sobre las teclas negras, tan frágil que un movimiento en falso podría lastimarla.

María se inclinó un poco más.

—Primera pregunta, y necesito que sea clara. ¿Fue el anillo de Andrés el que te transformó en esto?

Amber se quedó quieta un segundo, como procesando. Luego caminó con torpeza sobre las teclas hasta llegar a la zona de las letras. Con las patitas delanteras hizo presión sobre la tecla ''S''… y después sobre la ''I''.

-SI

El silencio que siguió fue denso. Lucas y María se miraron. Aunque ambos ya lo sospechaban, ver la confirmación escrita —aunque fuera de forma tan precaria— les heló la sangre. Ese anillo no solo los había cambiado a ellos y al profesor Arlo. Era el origen de todo el mal que se estaba extendiendo por el campus. Un objeto capaz de reescribir cuerpos e identidades a voluntad de un tipo rencoroso y cada vez más peligroso.

María sintió un nudo en el estómago. Andrés estaba cruzando límites sin el menor remordimiento. Había convertido a Amber en un animal diminuto y la había abandonado a su suerte. Había transformado a un profesor solo por suspenderlo. Los había cambiado a ellos por despecho. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Cuánto tardaría en hacer algo todavía peor, algo irreversible?

Lucas apretó la mandíbula, los nudillos blancos sobre el borde de la mesa.

—Está fuera de control —murmuró—. Y cada día que pasa se siente más intocable.

María asintió, pero no apartó la vista del pequeño cuerpo de Amber sobre el teclado.

—Amber… —dijo con suavidad—. Necesitamos saber cómo terminaste así. Qué pasó exactamente. Sabemos que va a ser un esfuerzo enorme para ti escribirlo… pero cualquier detalle puede ayudarnos a detenerlo.

El ratón levantó la cabecita hacia ella. Por un momento pareció dudar, consciente quizá de lo difícil que resultaría teclear letra por letra con aquel cuerpo minúsculo. Pero entonces algo cambió en su actitud. Empezó a moverse con una energía casi eufórica, como si el simple hecho de poder comunicarse después de días de silencio absoluto fuera el mayor alivio del mundo. Corrió de un lado a otro sobre las teclas, olfateando, posicionándose, preparándose.

Lucas y María contuvieron la respiración.

Amber, con movimientos lentos, torpes y tremendamente esforzados, comenzó a presionar las primeras letras.

La historia de cómo había terminado convertida en aquel frágil ratón estaba a punto de salir a la luz.


WOLAS QUERIDOS  LECTORES ¡¡¡¡¡¡¡ Me tome un ligero descanso para  relajarme  y poder preparar mas historias , ya hay al menos 5 tramas distintas que he preparado una  que funciona  a modo de spin off de la historia ''Lección aprendida'' , una historia  precuela de esta historia, una de Sabrina Carpenter y historias cortas  a base de peticiones que comentaron en  los caps. faltan 4 capítulos para acabar esta historia así que ya saben sugerencias peticiones en la cajita de comentarios.

Este es mi avatar , cuando lo vean en una historia significa que es mia , con cariño su escritor Astro

”Un cuerpo para la fiesta”


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viernes, 16 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 5


Lucas cerró la puerta del aula detrás de él y se pasó una mano por el pelo, todavía agitado.

—Quise traer ayuda —explicó en voz baja, mirando de reojo a la mujer que sollozaba junto a la ventana—, pero no quise arriesgar a nadie inocente. Si Andrés está merodeando por aquí…

Sus palabras se cortaron cuando sus ojos se posaron de verdad en la profesora. El cambio era inconfundible: la figura femenina, la ropa que todavía terminaba de adaptarse a las nuevas curvas, el bolso en el suelo donde antes había un maletí
n. Lucas abrió la boca, confuso.

—¿Qué… qué pasó aquí?

María se acercó a él y le resumió todo lo más rápido y claro que pudo: el seguimiento, la discusión con el profesor Arlo, el anillo, el haz de luz y la amenaza directa mencionando a Amber. Mientras hablaba, Lucas la escuchaba con el ceño cada vez más fruncido. En cuanto ella terminó, la atrajo hacia sí en un abrazo firme, casi protector, rodeándola con aquellos brazos que todavía le resultaban demasiado grandes y fuertes.

—Pudiste haber salido lastimada —murmuró contra su pelo recién teñido—. No vuelvas a hacer algo así sola.... solo, ¿me oyes?

Se separó apenas lo suficiente para mirarla a la cara y, a pesar de la tensión del momento, una pequeña sonrisa torcida se le escapó.

—Aunque… el rubio te queda bonito.

María bufó suavemente, pero no se apartó del abrazo.

La profesora —quien ahora, según el carnet que temblando había sacado del bolso, se llamaba Ayla— se puso en pie con dificultad. La falda le quedaba todavía un poco torcida y las lágrimas le habían corrido el rímel que la magia le había “regalado”.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó con voz rota—. ¿Cómo piensan detener esta locura? Ese tipo no puede seguir haciendo esto a la gente y salirse con la suya.

Lucas se separó de María lo justo para mirar a Ayla con seriedad.

—No hay un plan fijo todavía —admitió—. Enfrentarlo de frente sería estúpido. Ese anillo es peligroso. Primero tenemos que averiguar de dónde sale ese poder, qué es exactamente esa cosa que lleva en el dedo. Mientras tanto… perfil bajo. No provocarlo. No darle razones para fijarse demasiado en nosotros.

Ayla asintió lentamente, todavía en shock, pero comprendiendo la lógica. Lucas y María la acompañaron hasta el estacionamiento. Para sorpresa de ambos, el auto de la profesora era una de las pocas cosas que no habían cambiado demasiado: el mismo modelo, el mismo color, solo que ahora el registro y los documentos internos apa
recían a nombre de Ayla. La ayudaron a entrar, se aseguraron de que pudiera conducir y la vieron alejarse con las manos todavía temblando sobre el volante.

En cuanto el auto desapareció de la vista, Lucas se giró hacia María. La preocupación se había transformado en una molestia contenida.

—¿Por qué fuiste sola? —le reclamó en voz baja—. ¿Se te ocurrió siquiera lo que podría haber pasado si te descubría?

María sostuvo su mirada sin apartarse.

—Porque quiero que esta pesadilla se acabe, Lucas. Cada día que pasa hay más carteles de Amber y ahora hay más gente en peligro. No podía quedarme sentada esperando.

Él suspiró, pasándose ambas manos por la cara.

—Vamos. Te acompaño a casa.

El trayecto fue tenso. Caminaron en silencio la mayor parte del tiempo, cada uno metido en sus propios pensamientos. Cuando por fin llegaron al departamento de Lucas, el ambiente seguía cargado. María, buscando cualquier cosa que aliviara la presión, se metió una mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y sacó con cuidado al pequeño ratón herido.

—Lo salvé del gato del pabellón —explicó, mostrándoselo—. Estaba a punto de terminárselo. Pensé… no sé. No podía dejarlo ahí.

Lucas observó al animalito un segundo. Luego bajó la mirada, visiblemente arrepentido.

—Perdón por alterarme antes —dijo en voz baja—. Solo… me preocupé. La idea de que te pasara algo me sacó de quicio.

María dejó al ratón con cuidado dentro de una caja improvisada que encontró en la cocina y regresó junto a él. Se puso de puntillas —ahora que él era más alto le resultaba necesario— y le dio un beso tierno, casi ligero, en los labios, para  María era un gesto de agradecimiento por la preocupacion.

—Está bien —susurró contra su boca.

Lucas no se contuvo. Le devolvió el beso con más intensidad, una mano subiendo hasta la nuca de ella para profundizarlo. María sintió cómo el cuerpo respondía de inmediato, traicionero y curioso. Llevaban casi semanas atrapados en aquellos cuerpos. Semanas de tensión, de miedo de rechazo y de un deseo que ninguno de los dos se había atrevido a explorar del todo. Y ahora, con el sabor de Lucas en su boca y el calor subiendo por su vientre, María supo exactamente hacia dónde se dirigía aquello.

Ella misma, en el fondo, llevaba días preguntándose cómo se sentiría el sexo en esos cuerpos nuevos, a pesar del rechazo inicial que Mateo sentía, la duda fue creciendo día tras día a pesar de que María había jugado con sus senos un par de veces y tocado unas otras pero eso no calmaba su curiosidad.

El beso se profundizó sin que ninguno de los dos intentara detenerlo.

Lucas —con aquel cuerpo más alto y fuerte que todavía estaba aprendiendo a controlar— atrajo a María contra sí con una urgencia contenida durante semanas. Sus manos grandes bajaron por la espalda de ella, sintiendo la curva pronunciada de su cintura y luego el suave redondeo de sus caderas. María soltó un suspiro tembloroso contra su boca. El simple roce de aquellos senos nuevos contra el pecho plano de Lucas le provocó una descarga de calor que le llegó directo entre las piernas.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse.

—¿Estás segura? —preguntó Lucas con aquella voz grave, la respiración agitada.

María asintió. Había curiosidad en sus ojos, miedo y un deseo que ya no podía fingir que no existía.

—Quiero saber… cómo se siente.

Se fueron desvistiendo entre besos torpes y caricias exploratorias. Cuando la blusa de María cayó al suelo y el sujetador fue desabrochado, Lucas se quedó un segundo contemplando aquellos senos que ahora pertenecían a su pareja. Los tomó con ambas manos, pesándolos, acariciando los pezones con los pulgares hasta sentirlos endurecerse. María arqueó la espalda y soltó un gemido agudo, genuinamente sorprendida por la intensidad de la sensación.

—Mierda… —susurró ella, con la voz entrecortada—. Se siente… muy bien.

Lucas la guió hasta la cama. Se recostó sobre ella con cuidado, todavía consciente de la diferencia de tamaño y fuerza. María abrió las piernas por instinto cuando él se colocó entre ellas. El roce de su miembro duro de Lucas contra su vagina ya empapada le arrancó otro gemido. Estaba resbaladiza, caliente, completamente lista de una forma que Mateo nunca había experimentado.

Cuando Lucas empezó a entrar, lo hizo despacio.

María clavó las uñas en sus hombros. La sensación de ser llenada era completamente nueva: una presión deliciosa que se convertía en placer puro a medida que él se hundía más profundo. Jadeó contra el cuello de Lucas, las piernas rodeándole la cintura.

—Muévete… por favor.

Lucas obedeció. Empezó con embestidas lentas y profundas, observando cada reacción del rostro de María, aprendiendo qué ritmo la hacía arquearse y qué ángulo le arrancaba aquellos sonidos agudos y rotos. El cuerpo femenino respondía con una sensibilidad abrumadora. Cada embestida enviaba olas de placer desde su centro hasta la punta de los pechos. Pronto estuvo moviendo las caderas al encuentro de las de él, buscando más fricción, más profundidad.

Se corrió primero ella, con un grito ahogado y el cuerpo entero temblando, apretándose alrededor de Lucas con fuerza. Él la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo mientras gemía contra su piel.

No se detuvieron ahí.

Pasaron la noche explorándose. María descubrió lo que se sentía al montarlo, dejando que sus senos rebotaran libremente mientras controlaba el ritmo. Lucas aprendió a usar su nueva fuerza para ponerla de rodillas y tomarla por detrás, una mano rodeándole el pecho para sostenerla. Probaron posiciones, caricias, la forma en que la boca de uno hacía que el otro perdiera el control. Cada orgasmo era una revelación. Cada roce les recordaba que aquellos cuerpos, aunque impuestos, podían dar un placer brutalmente real.

Al final cayeron exhaustos, enredados el uno en el otro, sudorosos y todavía temblando por las últimas secuelas.

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A la mañana siguiente, María fue la primera en despertar.

El cuerpo le dolía de una forma agradable y profundamente satisfecha. Se levantó con cuidado para no despertar a Lucas, se duchó y se vistió con ropa cómoda. Mientras preparaba un desayuno sencillo —tostadas, café y un par de frutas—, no pudo evitar sonreír torpemente al recordar la noche anterior. Todavía sentía ecos del placer entre las piernas.

Cuando terminó de cocinar, tomó un trozo de pan dulce y una fresa y se acercó a la caja improvisada donde había dejado al ratón.

El animalito ya estaba mucho más animado. Se movía con más energía y, en cuanto vio la comida, se abalanzó sobre ella con una urgencia casi desesperada. María lo observó mientras devoraba el pan y después la fresa con una avidez que parecía de alguien que no había comido en días.

—Tranquilo, pequeño… hay más si quieres.

Estaba a punto de girarse para volver a la cocina cuando escuchó unos chillidos suaves. No eran de dolor. Eran torpes, irregulares, como si el ratón estuviera intentando llamar su atención de forma deliberada. María se agachó de nuevo, frunciendo el ceño.

—¿Qué te pasa pequeño?


Extendió un dedo y lo acarició con suavidad en el lomo. El ratón no solo aceptó el contacto: levantó las patitas delanteras y se aferró a su dedo con una fuerza sorprendente, sin querer soltarlo. Se quedó allí, colgado, mirándola con unos ojitos negros intensos mientras emitía aquellos sonidos cortos y desesperados.

María se quedó completamente quieta.

Los gestos de la noche anterior… la forma en que había intentado comunicarse incluso herido… la avidez con la que comía… y ahora esto.

Una idea aterradora cruzó su mente como un rayo.

¿Y si ese ratón no era solo un ratón común?

¿Y si quizá y solo quizá era una persona, y si era Amber?





WOLAS MIS QUERIDOS LECTORES ¡¡¡¡¡¡ ya estamos a la mitad de la historia y de aquí se pone mas interesante esta  semana publicare unas historias que son peticiones , serán algo cortas pero tendrán buen contenido si tiene ideas  o peticiones en la caja de comentarios.