martes, 20 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 6

Lucas seguía profundamente dormido, con un brazo extendido sobre el lado de la cama que María había ocupado durante la noche. La respiración tranquila y el cabello alborotado le daban un aspecto vulnerable que contrastaba con el cuerpo masculino que ahora habitaba. María lo observó un segundo desde la puerta de la habitación y decidió no despertarlo todavía. Necesitaba confirmar lo que su instinto le gritaba antes de compartirlo.

Regresó a la cocina en silencio y se agachó junto a la caja improvisada. El ratón —Amber, si es que realmente era ella— levantó la cabecita de inmediato al oírla acercarse. María se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y apoyó los codos en las rodillas para quedar a su altura.

—Hola otra vez… —susurró—. Si de verdad puedes entenderme… presta atención.

El animalito se quedó completamente quieto, las orejitas erguidas, los ojitos negros fijos en ella. No era el comportamiento nervioso y errático de un simple roedor. Había una intención clara en esa mirada.

María respiró hondo.

—Dame la patita.

El ratón dudó solo un segundo. Luego levantó una de sus patitas delanteras y la apoyó con cuidado sobre la yema del dedo que ella le ofrecía. María sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Ahora… una voltereta.

El pequeño cuerpo se movió con torpeza, pero obedeció. Dio una voltereta completa sobre el fondo de la caja y terminó mirándola de nuevo, como esperando la siguiente instrucción.

El corazón de María latía con fuerza. Todavía podía ser coincidencia. Anima
les inteligentes a veces aprendían trucos. Pero la precisión, la atención constante, la forma en que parecía esperar…

Se inclinó un poco más, bajando la voz hasta casi un susurro.

—Amber… ¿eres tú?

La reacción fue inmediata y eufórica.

El ratón empezó a moverse de un lado a otro dentro de la caja, emitiendo una serie de chillidos agudos y cortos, levantando ambas patitas delanteras y golpeando suavemente el cartón como si intentara aplaudir o afirmar con todo el cuerpo. No había duda. No podía haberla. Aquella respuesta desesperada y llena de alivio solo podía venir de alguien que había estado atrapado en silencio durante días, esperando que alguien —cualquiera— lo reconociera.

María sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Con mucho cuidado, introdujo ambas manos en la caja y levantó al pequeño cuerpo tembloroso. Se lo acercó al pecho, protegiéndolo contra la tela de su camiseta, y habló en voz muy baja, casi temblando:

—Todo va a estar bien… ¿me oyes? Aquí estás a salvo. No te va a pasar nada. Lo prometo.

El ratón se acurrucó contra su pecho, todavía emitiendo aquellos soniditos suaves, como si por fin pudiera dejar de estar en guardia. María cerró los ojos un momento, sintiendo el peso minúsculo y frágil contra su piel. Una idea horrible cruzó su mente: si la noche anterior hubiera ignorado al gato, si hubiera seguido caminando sin prestar atención… Amber habría muerto en silencio entre las mandíbulas de un animal callejero. Y nadie, absolutamente nadie, habría sabido nunca qué fue de ella. Simplemente se habría convertido en otro cartel desgastado por el sol y la lluvia.

La culpa y el alivio se le mezclaron en el pecho hasta dolerle.

Casi una hora después, escuchó movimiento en la habitación. Lucas apareció en la cocina todavía semidormido, con el pelo revuelto y marcando bostezos, hasta que vio la expresión seria de María y al ratón acurrucado en su mano.

—¿Pasa algo?

María levantó la vista. Tenía los ojos un poco húmedos.

—Es Amber —dijo simplemente—. El ratón… es Amber.

Lucas se quedó congelado durante un par de segundos intentando procesar  la magnitud de la noticia. Luego se acercó despacio, mirando al pequeño animal con una mezcla de incredulidad y un alivio profundo que se le notó en toda la cara. Se pasó una mano por el rostro y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Está viva… —murmuró—. Dios mio. Está viva. Aunque sea así… está viva.

María asintió, acariciando con un dedo el lomo del ratón.

—Y si logró sobrevivir tanto tiempo convertida en esto… tal vez sepa cosas. Cómo la transformó, si dijo algo antes, si el anillo tiene algún punto débil. Cualquier información vale oro ahora mismo. Tenemos que encontrar la forma de comunicarnos mejor con ella. De verdad.

Lucas observó al pequeño cuerpo de Amber, tan frágil y a la vez tan obstinadamente vivo, y asintió con gravedad.

La pieza más importante del rompecabezas acababa de aparecer… y cabía en la palma de una mano.

No perdieron más tiempo.

Lucas trajo la laptop del escritorio y la colocó sobre la mesa de la cocina con cuidado. La abrió, creó un documento en blanco en el bloc de notas y aumentó el zoom  para que las letras fueran enormes. Luego ambos se agacharon a la altura de la caja, donde Amber los observaba con aquellos ojitos negros intensos, completamente atenta.

María fue quien habló primero, con voz suave pero clara:

—Amber… vamos a intentar algo. Si de verdad nos entiendes, queremos que uses el teclado. Con mucho cuidado. ¿Sí?

El ratón se movió de inmediato hacia el borde de la caja, como aceptando. Lucas, con una delicadeza casi exagerada, la levantó entre sus dedos y la depositó sobre el teclado del portátil. El contraste era absurdo: aquel animalito minúsculo sobre las teclas negras, tan frágil que un movimiento en falso podría lastimarla.

María se inclinó un poco más.

—Primera pregunta, y necesito que sea clara. ¿Fue el anillo de Andrés el que te transformó en esto?

Amber se quedó quieta un segundo, como procesando. Luego caminó con torpeza sobre las teclas hasta llegar a la zona de las letras. Con las patitas delanteras hizo presión sobre la tecla ''S''… y después sobre la ''I''.

-SI

El silencio que siguió fue denso. Lucas y María se miraron. Aunque ambos ya lo sospechaban, ver la confirmación escrita —aunque fuera de forma tan precaria— les heló la sangre. Ese anillo no solo los había cambiado a ellos y al profesor Arlo. Era el origen de todo el mal que se estaba extendiendo por el campus. Un objeto capaz de reescribir cuerpos e identidades a voluntad de un tipo rencoroso y cada vez más peligroso.

María sintió un nudo en el estómago. Andrés estaba cruzando límites sin el menor remordimiento. Había convertido a Amber en un animal diminuto y la había abandonado a su suerte. Había transformado a un profesor solo por suspenderlo. Los había cambiado a ellos por despecho. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Cuánto tardaría en hacer algo todavía peor, algo irreversible?

Lucas apretó la mandíbula, los nudillos blancos sobre el borde de la mesa.

—Está fuera de control —murmuró—. Y cada día que pasa se siente más intocable.

María asintió, pero no apartó la vista del pequeño cuerpo de Amber sobre el teclado.

—Amber… —dijo con suavidad—. Necesitamos saber cómo terminaste así. Qué pasó exactamente. Sabemos que va a ser un esfuerzo enorme para ti escribirlo… pero cualquier detalle puede ayudarnos a detenerlo.

El ratón levantó la cabecita hacia ella. Por un momento pareció dudar, consciente quizá de lo difícil que resultaría teclear letra por letra con aquel cuerpo minúsculo. Pero entonces algo cambió en su actitud. Empezó a moverse con una energía casi eufórica, como si el simple hecho de poder comunicarse después de días de silencio absoluto fuera el mayor alivio del mundo. Corrió de un lado a otro sobre las teclas, olfateando, posicionándose, preparándose.

Lucas y María contuvieron la respiración.

Amber, con movimientos lentos, torpes y tremendamente esforzados, comenzó a presionar las primeras letras.

La historia de cómo había terminado convertida en aquel frágil ratón estaba a punto de salir a la luz.


WOLAS QUERIDOS  LECTORES ¡¡¡¡¡¡¡ Me tome un ligero descanso para  relajarme  y poder preparar mas historias , ya hay al menos 5 tramas distintas que he preparado una  que funciona  a modo de spin off de la historia ''Lección aprendida'' , una historia  precuela de esta historia, una de Sabrina Carpenter y historias cortas  a base de peticiones que comentaron en  los caps. faltan 4 capítulos para acabar esta historia así que ya saben sugerencias peticiones en la cajita de comentarios.

Este es mi avatar , cuando lo vean en una historia significa que es mia , con cariño su escritor Astro

”Un cuerpo para la fiesta”


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viernes, 16 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 5


Lucas cerró la puerta del aula detrás de él y se pasó una mano por el pelo, todavía agitado.

—Quise traer ayuda —explicó en voz baja, mirando de reojo a la mujer que sollozaba junto a la ventana—, pero no quise arriesgar a nadie inocente. Si Andrés está merodeando por aquí…

Sus palabras se cortaron cuando sus ojos se posaron de verdad en la profesora. El cambio era inconfundible: la figura femenina, la ropa que todavía terminaba de adaptarse a las nuevas curvas, el bolso en el suelo donde antes había un maletí
n. Lucas abrió la boca, confuso.

—¿Qué… qué pasó aquí?

María se acercó a él y le resumió todo lo más rápido y claro que pudo: el seguimiento, la discusión con el profesor Arlo, el anillo, el haz de luz y la amenaza directa mencionando a Amber. Mientras hablaba, Lucas la escuchaba con el ceño cada vez más fruncido. En cuanto ella terminó, la atrajo hacia sí en un abrazo firme, casi protector, rodeándola con aquellos brazos que todavía le resultaban demasiado grandes y fuertes.

—Pudiste haber salido lastimada —murmuró contra su pelo recién teñido—. No vuelvas a hacer algo así sola.... solo, ¿me oyes?

Se separó apenas lo suficiente para mirarla a la cara y, a pesar de la tensión del momento, una pequeña sonrisa torcida se le escapó.

—Aunque… el rubio te queda bonito.

María bufó suavemente, pero no se apartó del abrazo.

La profesora —quien ahora, según el carnet que temblando había sacado del bolso, se llamaba Ayla— se puso en pie con dificultad. La falda le quedaba todavía un poco torcida y las lágrimas le habían corrido el rímel que la magia le había “regalado”.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó con voz rota—. ¿Cómo piensan detener esta locura? Ese tipo no puede seguir haciendo esto a la gente y salirse con la suya.

Lucas se separó de María lo justo para mirar a Ayla con seriedad.

—No hay un plan fijo todavía —admitió—. Enfrentarlo de frente sería estúpido. Ese anillo es peligroso. Primero tenemos que averiguar de dónde sale ese poder, qué es exactamente esa cosa que lleva en el dedo. Mientras tanto… perfil bajo. No provocarlo. No darle razones para fijarse demasiado en nosotros.

Ayla asintió lentamente, todavía en shock, pero comprendiendo la lógica. Lucas y María la acompañaron hasta el estacionamiento. Para sorpresa de ambos, el auto de la profesora era una de las pocas cosas que no habían cambiado demasiado: el mismo modelo, el mismo color, solo que ahora el registro y los documentos internos apa
recían a nombre de Ayla. La ayudaron a entrar, se aseguraron de que pudiera conducir y la vieron alejarse con las manos todavía temblando sobre el volante.

En cuanto el auto desapareció de la vista, Lucas se giró hacia María. La preocupación se había transformado en una molestia contenida.

—¿Por qué fuiste sola? —le reclamó en voz baja—. ¿Se te ocurrió siquiera lo que podría haber pasado si te descubría?

María sostuvo su mirada sin apartarse.

—Porque quiero que esta pesadilla se acabe, Lucas. Cada día que pasa hay más carteles de Amber y ahora hay más gente en peligro. No podía quedarme sentada esperando.

Él suspiró, pasándose ambas manos por la cara.

—Vamos. Te acompaño a casa.

El trayecto fue tenso. Caminaron en silencio la mayor parte del tiempo, cada uno metido en sus propios pensamientos. Cuando por fin llegaron al departamento de Lucas, el ambiente seguía cargado. María, buscando cualquier cosa que aliviara la presión, se metió una mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y sacó con cuidado al pequeño ratón herido.

—Lo salvé del gato del pabellón —explicó, mostrándoselo—. Estaba a punto de terminárselo. Pensé… no sé. No podía dejarlo ahí.

Lucas observó al animalito un segundo. Luego bajó la mirada, visiblemente arrepentido.

—Perdón por alterarme antes —dijo en voz baja—. Solo… me preocupé. La idea de que te pasara algo me sacó de quicio.

María dejó al ratón con cuidado dentro de una caja improvisada que encontró en la cocina y regresó junto a él. Se puso de puntillas —ahora que él era más alto le resultaba necesario— y le dio un beso tierno, casi ligero, en los labios, para  María era un gesto de agradecimiento por la preocupacion.

—Está bien —susurró contra su boca.

Lucas no se contuvo. Le devolvió el beso con más intensidad, una mano subiendo hasta la nuca de ella para profundizarlo. María sintió cómo el cuerpo respondía de inmediato, traicionero y curioso. Llevaban casi semanas atrapados en aquellos cuerpos. Semanas de tensión, de miedo de rechazo y de un deseo que ninguno de los dos se había atrevido a explorar del todo. Y ahora, con el sabor de Lucas en su boca y el calor subiendo por su vientre, María supo exactamente hacia dónde se dirigía aquello.

Ella misma, en el fondo, llevaba días preguntándose cómo se sentiría el sexo en esos cuerpos nuevos, a pesar del rechazo inicial que Mateo sentía, la duda fue creciendo día tras día a pesar de que María había jugado con sus senos un par de veces y tocado unas otras pero eso no calmaba su curiosidad.

El beso se profundizó sin que ninguno de los dos intentara detenerlo.

Lucas —con aquel cuerpo más alto y fuerte que todavía estaba aprendiendo a controlar— atrajo a María contra sí con una urgencia contenida durante semanas. Sus manos grandes bajaron por la espalda de ella, sintiendo la curva pronunciada de su cintura y luego el suave redondeo de sus caderas. María soltó un suspiro tembloroso contra su boca. El simple roce de aquellos senos nuevos contra el pecho plano de Lucas le provocó una descarga de calor que le llegó directo entre las piernas.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse.

—¿Estás segura? —preguntó Lucas con aquella voz grave, la respiración agitada.

María asintió. Había curiosidad en sus ojos, miedo y un deseo que ya no podía fingir que no existía.

—Quiero saber… cómo se siente.

Se fueron desvistiendo entre besos torpes y caricias exploratorias. Cuando la blusa de María cayó al suelo y el sujetador fue desabrochado, Lucas se quedó un segundo contemplando aquellos senos que ahora pertenecían a su pareja. Los tomó con ambas manos, pesándolos, acariciando los pezones con los pulgares hasta sentirlos endurecerse. María arqueó la espalda y soltó un gemido agudo, genuinamente sorprendida por la intensidad de la sensación.

—Mierda… —susurró ella, con la voz entrecortada—. Se siente… muy bien.

Lucas la guió hasta la cama. Se recostó sobre ella con cuidado, todavía consciente de la diferencia de tamaño y fuerza. María abrió las piernas por instinto cuando él se colocó entre ellas. El roce de su miembro duro de Lucas contra su vagina ya empapada le arrancó otro gemido. Estaba resbaladiza, caliente, completamente lista de una forma que Mateo nunca había experimentado.

Cuando Lucas empezó a entrar, lo hizo despacio.

María clavó las uñas en sus hombros. La sensación de ser llenada era completamente nueva: una presión deliciosa que se convertía en placer puro a medida que él se hundía más profundo. Jadeó contra el cuello de Lucas, las piernas rodeándole la cintura.

—Muévete… por favor.

Lucas obedeció. Empezó con embestidas lentas y profundas, observando cada reacción del rostro de María, aprendiendo qué ritmo la hacía arquearse y qué ángulo le arrancaba aquellos sonidos agudos y rotos. El cuerpo femenino respondía con una sensibilidad abrumadora. Cada embestida enviaba olas de placer desde su centro hasta la punta de los pechos. Pronto estuvo moviendo las caderas al encuentro de las de él, buscando más fricción, más profundidad.

Se corrió primero ella, con un grito ahogado y el cuerpo entero temblando, apretándose alrededor de Lucas con fuerza. Él la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo mientras gemía contra su piel.

No se detuvieron ahí.

Pasaron la noche explorándose. María descubrió lo que se sentía al montarlo, dejando que sus senos rebotaran libremente mientras controlaba el ritmo. Lucas aprendió a usar su nueva fuerza para ponerla de rodillas y tomarla por detrás, una mano rodeándole el pecho para sostenerla. Probaron posiciones, caricias, la forma en que la boca de uno hacía que el otro perdiera el control. Cada orgasmo era una revelación. Cada roce les recordaba que aquellos cuerpos, aunque impuestos, podían dar un placer brutalmente real.

Al final cayeron exhaustos, enredados el uno en el otro, sudorosos y todavía temblando por las últimas secuelas.

---

A la mañana siguiente, María fue la primera en despertar.

El cuerpo le dolía de una forma agradable y profundamente satisfecha. Se levantó con cuidado para no despertar a Lucas, se duchó y se vistió con ropa cómoda. Mientras preparaba un desayuno sencillo —tostadas, café y un par de frutas—, no pudo evitar sonreír torpemente al recordar la noche anterior. Todavía sentía ecos del placer entre las piernas.

Cuando terminó de cocinar, tomó un trozo de pan dulce y una fresa y se acercó a la caja improvisada donde había dejado al ratón.

El animalito ya estaba mucho más animado. Se movía con más energía y, en cuanto vio la comida, se abalanzó sobre ella con una urgencia casi desesperada. María lo observó mientras devoraba el pan y después la fresa con una avidez que parecía de alguien que no había comido en días.

—Tranquilo, pequeño… hay más si quieres.

Estaba a punto de girarse para volver a la cocina cuando escuchó unos chillidos suaves. No eran de dolor. Eran torpes, irregulares, como si el ratón estuviera intentando llamar su atención de forma deliberada. María se agachó de nuevo, frunciendo el ceño.

—¿Qué te pasa pequeño?


Extendió un dedo y lo acarició con suavidad en el lomo. El ratón no solo aceptó el contacto: levantó las patitas delanteras y se aferró a su dedo con una fuerza sorprendente, sin querer soltarlo. Se quedó allí, colgado, mirándola con unos ojitos negros intensos mientras emitía aquellos sonidos cortos y desesperados.

María se quedó completamente quieta.

Los gestos de la noche anterior… la forma en que había intentado comunicarse incluso herido… la avidez con la que comía… y ahora esto.

Una idea aterradora cruzó su mente como un rayo.

¿Y si ese ratón no era solo un ratón común?

¿Y si quizá y solo quizá era una persona, y si era Amber?





WOLAS MIS QUERIDOS LECTORES ¡¡¡¡¡¡ ya estamos a la mitad de la historia y de aquí se pone mas interesante esta  semana publicare unas historias que son peticiones , serán algo cortas pero tendrán buen contenido si tiene ideas  o peticiones en la caja de comentarios. 

jueves, 15 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 4

Pasaron algunos días más.

La vida de Andrés parecía mejorar a pasos agigantados, como si el anillo no solo le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, sino también una especie de suerte retorcida. Su popularidad en el campus crecía sin freno. Cada vez más gente se le acercaba, se reía de sus comentarios y aceptaba sus invitaciones. Un miércoles por la tarde, Lucas lo vio aparcar un auto completamente nuevo en el estacionamiento de estudiantes: un modelo reciente, oscuro y llamativo, que claramente no estaba al alcance de alguien con su anterior situación económica. Andrés bajó del vehículo como si llevara años conduciéndolo, con esa seguridad física que ahora exhibía sin ningún disimulo.

Lucas apretó la mandíbula hasta dolerle y se alejó antes de que el otro pudiera notarlo.

María, en cambio, tomó una decisión impulsiva y peligrosa.

Sin decírselo a Lucas —precisamente para no preocuparlo—, compró un tinte barato y se encerró en el baño una noche. El resultado fue un rubio claro, casi platino, que le cambiaba por completo la apariencia. Se miró al espejo durante un buen rato, sintiendo una mezcla de rechazo y necesidad práctica. No le gustaba. Pero si iba a seguir a Andrés, necesitaba parecer otra persona. Al día siguiente se puso unas gafas de montura gruesa que encontró en una tienda de segunda mano y se lanzó a la calle con el corazón latiéndole en la garganta.

Lo siguió con extremo cuidado.

Andrés caminaba con paso seguro hacia el edificio de Ciencias, aparentemente solo. María mantuvo distancia, pegada a las paredes, usando grupos de estudiantes como cobertura cada vez que él giraba la cabeza. Lo vio entrar por una puerta lateral y subir a un segundo piso poco transitado a esa hora. Allí, en un pasillo casi vacío, Andrés se detuvo frente a un hombre de unos cuarenta años que revisaba unos papeles junto a una ventana: el profesor Arlo, docente de Estadística, conocido por ser estricto pero justo.

La conversación empezó en tono bajo, pero pronto se volvió tensa.

—Mis calificaciones no merecían ese suspenso —decía Andrés con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Usted me tiene manía.

El profesor Arlo ni siquiera levantó la vista de inmediato.

—Lo reprobé porque no estudió, Andrés. Las consecuencias de no prepararse son exactamente estas. No fue personal.

Fue entonces cuando María, escondida tras el marco de una puerta entreabierta, vio cómo Andrés sacaba el anillo del bolsillo y se lo colocaba en el dedo con una naturalidad escalofriante. El metal oscuro brilló débilmente.

—Sabes… —murmuró Andrés, levantando la mano—. Tal vez una nueva apariencia haga que te presten más atención. O que por fin entiendas lo que se siente cuando las cosas se te van de las manos.

El haz de luz surgió del anillo antes de que el profesor pudiera reaccionar.

María se tapó la boca con ambas manos para no gritar.

El cuerpo del profesor Arlo se contorsionó de forma antinatural. Perdió altura. Los hombros se estrecharon, la cintura se marcó y el pecho se expandió bajo la camisa formal hasta desgarrar un botón. El pelo se alargó y se volvió más oscuro; el rostro se suavizó, adquiriendo facciones femeninas claras. En cuestión de segundos, donde había estado un hombre de mediana edad ahora había una mujer de aspecto maduro pero atractivo, con un cuerpo curvilíneo atrapado en ropa de hombre que le quedaba ridículamente grande y torcida.

La nueva profesora miró sus manos, luego se tocó el pecho con dedos temblorosos. Un sollozo ahogado le escapó de la garganta cuando escuchó su propia voz, ahora claramente femenina.

Andrés soltó una risa baja, satisfecho.

—Ya he practicado con al menos tres personas antes que tú —dijo con tono casi casual, como quien comenta el clima—. Así que ni una palabra de esto a nadie… o podrías terminar como Amber. ¿Quedó claro?

La mujer que había sido el profesor Arlo asintió con la cabeza, pálida y temblando, incapaz de articular palabra. Andrés se guardó el anillo, le dio una última mirada de superioridad y se alejó por el pasillo silbando bajito.

María permaneció escondida varios minutos después de que él desapareciera, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho. El horror la tenía clavada en el sitio. Acababa de presenciar cómo alguien más perdía su vida tal como ellos la habían perdido. Y la amenaza sobre Amber resonaba en su cabeza como un eco venenoso.

Cuando por fin se aseguró de que Andrés no iba a regresar, salió de su escondite con pasos cuidadosos.

La nueva docente seguía de pie junto a la ventana, abrazándose a sí misma, con la ropa masculina colgándole del cuerpo y lágrimas silenciosas resbalándole por las mejillas. María se acercó despacio, levantando ambas manos a la vista para no asustarla más de lo que ya estaba.

—Profesora… —susurró con voz temblorosa—. Yo… yo vi lo que le hizo. No está sola.

La mujer que hasta hace apenas unos minutos había sido el profesor Arlo dio un respingo al ver a María. Sus ojos —ahora más grandes y enmarcados por pestañas que antes no tenía— se abrieron con puro pánico. Retrocedió un paso, tropezando casi con la ropa de hombre que le colgaba del cuerpo de forma ridícula.

—T-tiene que hacer algo… —balbuceó con voz temblorosa y claramente femenina—. Ese sujeto no puede estar haciendo esto a la gente así porque sí. No puede…

María levantó ambas manos en un gesto calmado, intentando no asustarla más.

—Entiendo cómo se siente —dijo en voz baja—. Pasé por algo similar. Yo… también fui cambiada. No está sola en esto.

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. La nueva profesora se llevó las manos al rostro y empezó a llorar con sollozos contenidos, el cuerpo sacudido por temblores que no podía controlar. María sacó el teléfono con dedos un poco torpes y le envió un mensaje rápido a Lucas:

«Ven al aula 214 de Ciencias. Ahora. Es urgente. No vengas solo.»

La respuesta llegó en menos de veinte segundos:

«Voy para allá.»

Mientras esperaban, María intentó consolar a la mujer lo mejor que pudo. Le habló en tono suave, explicándole a grandes rasgos lo del anillo, de Andrés y de cómo el hechizo no solo transformaba el cuerpo, sino también la identidad a ojos del resto del mundo. La profesora escuchaba entre lágrimas, asintiendo a ratos, todavía en estado de shock.

Fue entonces cuando ambas notaron el cambio en la ropa.

La camisa formal de hombre que le quedaba enorme comenzó a encogerse y a modificarse ante sus ojos. La tela se tiñó de un color más suave, las mangas se ajustaron a unos brazos más delgados y el escote se abrió ligeramente. El pantalón de traje se transformó en una falda lápiz oscura que marcaba unas caderas que antes no existían. Incluso el maletín de cuero que yacía en el suelo se distorsionó, volviéndose un bolso femenino de tamaño mediano. La magia estaba terminando de asentar la nueva realidad.

La profesora soltó un gemido ahogado al verse reflejada de cintura para abajo en la ventana.

En medio de aquel momento tenso, un movimiento en la puerta entreabierta captó la atención de María.

Uno de los gatos callejeros que solían rondar el campus entró al aula con paso decidido, la cola erguida y la mirada fija. No parecía un animal perdido: se movía como si estuviera buscando algo concreto. O cazando. María apenas le prestó atención al principio; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hasta que el felino dio un salto preciso y atrapó entre sus mandíbulas un pequeño ratón grisáceo que había intentado escabullirse detrás de una estantería.

El chillido agudo del roedor la hizo reaccionar.

En algún momento de su vida anterior, cuando todavía era Mateo, había tenido hámsteres y ratones como mascotas. Sabía lo frágiles que eran. Sin pensarlo demasiado, se acercó con cuidado, espantó al gato de un manotazo y logró liberar al ratón de entre sus dientes. El animalito quedó temblando en la palma de su mano, con el pelaje húmedo y un par de marcas rojas en el costado, pero todavía vivo.

María lo observó unos segundos. Luego, impulsivamente, lo guardó con cuidado en el bolsillo delantero de su chaqueta, donde quedaría algo protegido y caliente.

Fue al acomodarlo cuando notó algo extraño.

El ratón, a pesar del evidente dolor y el miedo, movía las patitas delanteras de forma torpe y descoordinada. No eran los movimientos frenéticos habituales de un animal asustado. Parecían… intencionales. Como si intentara hacer gestos. Como si quisiera comunicarse.

María frunció el ceño y estaba a punto de sacarlo de nuevo del bolsillo para mirarlo mejor cuando la puerta del aula se abrió de golpe.

Lucas entró casi corriendo, con la respiración agitada y la expresión de quien espera lo peor. Su mirada pasó de María a la mujer que sollozaba junto a la ventana… y se detuvo en seco al comprender lo que estaba viendo.


miércoles, 14 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 3

Salir del edificio se sintió como cruzar una frontera invisible.

Mientras recogían lo que creían que eran sus cosas, la realidad empezó a golpearlo con más fuerza. Las mochilas ya no tenían los mismos llaveros ni los mismos stickers. Los carnets universitarios mostraban fotos distintas y nombres que no reconocían del todo al principio. El teléfono de quien había sido Lucía ahora respondía al nombre de Lucas, y el de quien había sido Mateo aparecía registrado como María. Incluso las conversaciones antiguas en los chats habían sido reescritas con una naturalidad aterradora. La magia del anillo no se había limitado a sus cuerpos: había reescrito sus identidades por completo.

Caminaron en silencio hasta el edificio de residencias estudiantiles. Cuando llegaron a lo que debería haber sido el cuarto de Mateo, ambos se detuvieron frente a la puerta. Lucas —todavía acostumbrándose a la altura extra y a la voz grave— giró la llave con dedos torpes. Al abrir, el impacto fue inmediato.

Ya no era el cuarto de un chico.

Las paredes habían cambiado a un tono suave, casi pastel. Había cortinas claras, una cama más ordenada con fundas de un color delicado, un pequeño tocador con espejo y productos de cuidado personal femeninos perfectamente alineados. Ropa doblada sobre una silla: blusas, pantalones de tiro alto, una chaqueta que claramente no pertenecía al Mateo que ambos recordaban. Hasta el olor era distinto: más limpio, con un leve rastro de perfume floral.

María dio un paso dentro y se detuvo en seco. Sus nuevas manos pequeñas se cerraron en puños. Luego, sin previo aviso, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Se llevó ambas manos al rostro —un rostro delicado, de facciones bonitas que todavía le resultaban ajenas— y soltó un sollozo ahogado.

—Lo cambió todo… —susurró con aquella voz femenina que aún le sonaba extraña—. No solo nuestros cuerpos. Todo. Mi cuarto, mi nombre, mi vida…

Lucas se acercó de inmediato. El cuerpo masculino que ahora habitaba se movía con una fuerza y una estatura que todavía no controlaba del todo, pero el gesto fue cuidadoso. La rodeó con los brazos —unos brazos más anchos y fuertes de lo que Lucía nunca había tenido— y la atrajo contra su pecho.

—Lo sé… —murmuró con voz grave, sintiendo cómo el peso de María contra él resultaba extrañamente natural y a la vez completamente incorrecto—. Yo también lo siento. Es como si nos hubieran borrado y escrito encima.

María lloraba contra su camiseta, los senos nuevos presionados contra el torso plano de Lucas. Las caricias empezaron casi por reflejo: la mano grande de Lucas subiendo y bajando por la espalda de ella, los dedos de María aferrándose a la tela como si temiera que también eso fuera a desaparecer. Poco a poco, entre sollozos y susurros de consuelo, los rostros se fueron acercando. La necesidad de contacto, de reafirmar que seguían siendo ellos a pesar de todo, los empujó el uno hacia el otro.

Estuvieron a punto de besarse.

Los labios se rozaron apenas… y María se separó de golpe, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.

—No puedo… —dijo en voz baja, apartando la mirada—. No me gustan los chicos. Nunca me han gustado. Y ahora tú… tú eres uno.

El silencio que siguió fue doloroso. Lucas sintió un nudo frío en el estómago. Dio un paso atrás, de repente consciente de su nueva altura, de su voz grave, de la forma masculina de su cuerpo.

—Entonces… esto puede romperlo todo —susurró, y por primera vez desde la transformación su voz sonó realmente vulnerable.

María se abrazó a sí misma, todavía con las mejillas húmedas.

—Esto es lo que quería Andrés —dijo con amargura—. Que no pudiéramos estar juntos. Que cada vez que nos miráramos sintiéramos que algo está mal.

Lucas apretó la mandíbula. La rabia le subió por el pecho, mezclada con un miedo profundo.


—Entonces ¿por qué no simplemente nos hizo desaparecer como a Amber? ¿Por qué dejarnos así?

María levantó la vista. Sus ojos nuevos, más grandes y expresivos, brillaban por las lágrimas contenidas.

—Tal vez quiere vernos sufrir —respondió con aquella voz suave y femenina—. Quiere vernos intentar… y fallar.

Hubo un largo silencio. Luego Lucas respiró hondo, enderezando la espalda como si intentara ocupar por completo el cuerpo que ahora habitaba. Se acercó de nuevo, pero esta vez con más cuidado, y tomó las manos pequeñas de María entre las suyas.

—Por ahora vamos a calmarnos —dijo con firmeza—. Llorar no nos va a devolver nada. Tenemos que pensar. Encontrar la forma de quitarle ese anillo. Sin el anillo, quizás todo esto se pueda deshacer.

María lo miró durante varios segundos. Estaba desanimada, agotada, profundamente asustada… pero al final asintió.

Se dejaron caer juntos sobre la cama que ahora era de María. El colchón era más suave de lo que Mateo recordaba. Se abrazaron en silencio, acomodándose con torpeza a los nuevos contornos del otro: el pecho plano de Lucas contra el cuerpo curvado de María, las piernas enredándose, las respiraciones buscando el mismo ritmo.

—Nuestro amor no va a apagarse —susurró Lucas contra el pelo de ella—. Ni siquiera en una situación como esta. Lo prometo.

María cerró los ojos, aferrándose a la camiseta de él.

—Lo prometo también…

El cansancio, el shock y el peso emocional del día terminaron por vencerlos. Abrazados, en una habitación que ya no les pertenecía del todo, Lucas y María se quedaron dormidos, aferrándose el uno al otro como única certeza en medio del caos.

Los días siguientes se arrastraron con una lentitud cruel.

La transformación no se desvaneció ni se suavizó con el tiempo. Cada mañana, Lucas despertaba en un cuerpo que seguía sin sentirse del todo suyo: más alto, más pesado en los hombros, con una voz grave que todavía lo sorprendía cuando hablaba en voz alta. María, por su parte, abría los ojos y se encontraba de nuevo con el peso suave de unos senos que no deberían estar ahí, con una cintura más estrecha y una forma de moverse que el mundo ahora daba por sentada. Ambos habían aprendido a funcionar en sus nuevas pieles lo suficiente como para no llamar demasiado la atención, pero la incomodidad constante no desaparecía.

Andrés, en cambio, parecía estar disfrutando de cada segundo.

Aparecía poco frente a ellos, casi como si deliberadamente los evitara… o como si quisiera que lo vieran solo desde lejos. Cuando lo hacían, siempre estaba en medio de algún grupo, riendo demasiado alto, inclinándose hacia alguna chica con esa nueva confianza física que el anillo le había otorgado. Más alto, más atractivo, más seguro. Las mismas estudiantes que antes lo esquivaban ahora le devolvían la sonrisa. Lucas y María lo observaban desde la distancia, impotentes, con el estómago revuelto. No podían enfrentarlo abiertamente. No todavía. No sin un plan. Y esa impotencia se les acumulaba en el pecho como una piedra cada vez más pesada.

Mientras tanto, los carteles de Amber seguían multiplicándose.

Estaban en cada pasillo, en las puertas de los baños, en los tablones de anuncios y en los postes del campus. “Desaparecida”. La misma foto de siempre: Amber sonriendo un poco tímida, con el pelo recogido y una sudadera universitaria. Debajo, los datos de contacto de su familia y un número de la policía. Cada vez que Lucas o María pasaban junto a uno de aquellos carteles, sentían un escalofrío distinto. Ellos habían escuchado el grito. Habían visto la ropa tirada en el suelo. Sabían, con una certeza horrible, que Andrés estaba involucrado… y que podrían haber terminado exactamente igual.

Lucas, que había coincidido brevemente con Amber en un par de clases el semestre anterior, empezó a hacer preguntas discretas. Habló con un par de compañeros de Biología, con una chica que compartía departamento con una amiga de Amber, incluso con un chico que había estado en el mismo grupo de trabajo que ella meses atrás. Poco a poco, los fragmentos empezaron a encajar de una forma inquietante.

Andrés había intentado algo con Amber.

Según lo que logró reunir, el chico se le había acercado varias veces en las semanas previas a su desaparición. Al principio con el pretexto de apuntes, después con invitaciones a salir, y finalmente con una insistencia que a Amber le había resultado incómoda. Ella le había dicho que no. De forma clara. Y poco después… había desaparecido.

La información cayó sobre Lucas y María como un balde de agua helada.

Esa misma noche, en el cuarto que ahora pertenecía a María, ambos se sentaron en el borde de la cama en silencio. La única luz provenía de la lámpara de escritorio. Afuera, el campus seguía su ritmo nocturno, ajeno a la verdad que ellos cargaban.

—Podríamos haber sido nosotros —susurró María, con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña al escucharla—. Si no nos hubiéramos aferrado el uno al otro cuando lanzó el hechizo… si hubiéramos estado separados…

Lucas apretó la mandíbula. Sus manos, ahora más grandes, se cerraron en puños sobre sus rodillas.

—Las amigas de Amber están organizando búsquedas cada tarde —dijo en voz baja—. Su madre viene al campus casi todos los días. Pega más carteles. Pregunta a todo el que se le pone delante. Y nosotros… nosotros sabemos quién fue. Y no podemos decir nada. Porque si lo hacemos, ¿quién nos va a creer? ¿Y qué nos hace si nos descubre antes de tiempo?

El silencio que siguió fue denso, cargado de rabia e impotencia. María se abrazó a sí misma, sintiendo el peso familiar y a la vez ajeno de su nuevo pecho. Lucas la miró de reojo, sintiendo una mezcla dolorosa de ternura y frustración. Seguir juntos se había vuelto más complicado desde el cambio. El deseo de tocarse, de buscar consuelo en el cuerpo del otro, chocaba constantemente con la nueva realidad de sus géneros. Y sin embargo, la idea de perderse el uno al otro era todavía peor.

La desaparición de Amber, los carteles, las lágrimas de su familia y el fanfarroneo descarado de Andrés en los pasillos no hacían más que avivar algo dentro de ambos.

Ya no se trataba solo de recuperar sus cuerpos.

Se trataba de detenerlo.

De arrebatarle ese anillo antes de que volviera a usarlo con alguien más.

Y aunque todavía no sabían cómo, la necesidad de encarar la situación crecía cada día que pasaba, alimentada por la culpa, el miedo… y una rabia cada vez más fría y determinada.


WOLAS  A  TODOSSSS¡¡¡¡ Aquí Astro disculpen la demora , pero he aquí un nuevo cap de  la historia, ya saben cualquier sugerencia  comentario o petición en la caja de comentarios , incluso sus dudas acerca de elementos de la historia y teorías  todo es bienvenido.

La mascara de marfil capitulo 3

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lunes, 12 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 2

Cuando la pareja se giró, el aire pareció detenerse un segundo.

Era Andrés.

Pero no el Andrés que recordaban.

El chico obsesivo, un poco encorvado y de mirada incómoda que había intentado interponerse entre ellos el año anterior ya no estaba. En su lugar había un joven alto, de hombros anchos y postura segura. El rostro se le había afilado, volviéndose marcadamente atractivo; la mandíbula más definida, los ojos más intensos bajo unas cejas perfectamente arqueadas. Incluso la forma de vestir había cambiado: ropa oscura que le quedaba justa, resaltando un cuerpo claramente más fornido. Parecía otra persona. Una versión mejorada, casi irreal, de sí mismo.

Mateo frunció el ceño de inmediato. Lucía, en cambio, parpadeó un par de veces, sorprendida por el cambio tan drástico.

Andrés sonrió con lentitud, apoyando un hombro contra la pared como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vaya, vaya… —dijo con voz más grave de lo que recordaban—. ¿Disfrutando del momentito a solas? Qué romántico. Justo como en los viejos tiempos.

Lucía se tensó. Todavía tenía una mano apoyada en el pecho de Mateo.

—¿Nos seguiste? —preguntó directamente, sin rodeos.

Andrés asintió sin ninguna vergüenza, como si fuera lo más natural del mundo.

—Claro. No fue difícil. Ustedes dos siempre terminan buscando rinconcitos escondidos.

Hubo un silencio incómodo. Entonces Andrés enderezó un poco la espalda, mirando fijamente a Lucía con una intensidad que hizo que a ella se le erizara la piel.

—Dime una cosa, Lucía… viéndome ahora, ¿de verdad no querrías estar conmigo?

La pregunta cayó como una losa. Lucía lo miró con una mezcla de extrañeza y firmeza. No había duda en su voz cuando respondió:

—No. Felicidades por el cambio físico, se te nota el esfuerzo… pero entre tú y yo no va a haber nada. Nunca lo hubo y nunca lo habrá.

El rostro de Andrés se quebró por un segundo. La sonrisa segura se transformó en una mueca de puro disgusto y decepción. Los ojos se le endurecieron de una forma que ninguno de los dos había visto antes.

Mateo reaccionó al instante. Se interpuso delante de Lucía, protegiéndola con el cuerpo, una mano extendida hacia atrás para mantenerla cerca.

—Ya basta, Andrés. No sé qué mierda te has metido o qué te ha pasado, pero aléjate.

Andrés soltó una risa baja, casi silenciosa, que no llegó a sus ojos. Sacó una mano del bolsillo y entre los dedos brilló algo metálico: un anillo antiguo, de diseño retorcido, con una piedra oscura en el centro.

—Ustedes dos casi arruinan mis planes el otro día —murmuró mientras se colocaba el anillo en el dedo índice—. Corriendo por los pasillos, metiendo las narices donde no debían… Menos mal que al final no vieron demasiado.

Levantó la mano y apuntó directamente al pecho de Mateo. La piedra del anillo comenzó a emitir un débil resplandor.

—A ver cómo se las arreglan después de esto.

Un haz de luz densa y violácea surgió del anillo con un zumbido agudo. Mateo apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa. Lucía, al ver el peligro, no lo pensó: se abalanzó hacia adelante y se aferró a él con fuerza, intentando empujarlo fuera del alcance del hechizo o al menos protegerlo con su propio cuerpo.

Fue inútil.

El haz los envolvió a los dos al mismo tiempo.

Una oleada de calor imposible les recorrió la piel, seguida de un mareo brutal que les dobló las rodillas. El mundo dio un vuelco. Los sonidos se volvieron lejanos, distorsionados. Lucía sintió cómo los brazos de Mateo intentaban sujetarla incluso mientras ambos perdían fuerza.

La última cosa que vieron antes de que la oscuridad los tragara por completo fue la sonrisa satisfecha de Andrés, todavía con la mano extendida y el anillo brillando en la penumbra del pasillo.

La consciencia regresó de forma lenta y confusa.

Lucía abrió los ojos primero. El techo del pasillo le resultaba extrañamente lejano. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y cuando por fin logró incorporarse apoyándose en los codos, una sensación de desajuste profundo la invadió. Todo a su alrededor parecía… más pequeño. El marco de la puerta, las paredes, incluso el suelo se sentía distinto bajo su peso. Se llevó una mano a la cabeza y notó que sus dedos eran más grandes, más toscos. El cabello, antes largo, ahora le rozaba apenas la nuca.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

Giró la cabeza buscando a Mateo y lo encontró todavía tendido en el suelo, a un par de metros. Pero la figura que yacía allí no era la de su novio.

Era una chica.

Una joven de facciones delicadas y atractivas, con el pelo castaño un poco alborotado cayéndole sobre el rostro. El cuerpo, aunque aún semiconsciente, se adivinaba bien proporcionado: hombros suaves, cintura marcada y una curva evidente bajo la tela de una blusa que Lucía no reconocía. El pánico le subió a la garganta como un sabor amargo.

—¿Mateo…? —intentó llamar.

La voz que salió de su boca no era la suya.

Era grave. Claramente masculina.

Lucía se quedó paralizada, con la mano todavía extendida hacia la chica del suelo. Bajó la mirada hacia su propio pecho… y el mundo dio un vuelco. Ya no había senos. En su lugar, un torso plano bajo una camiseta de hombre que le quedaba justa de hombros. Las manos grandes. Los brazos más fuertes. Las piernas más largas.

Se había convertido en un chico.

En ese preciso momento, la joven del suelo —Mateo— abrió los ojos. Parpadeó desorientada, y cuando su mirada se encontró con la figura masculina que la observaba, el terror le invadió el rostro de inmediato. Intentó incorporarse y, al hacerlo, notó el peso extraño en el pecho. Dos senos que no deberían estar ahí tiraron suavemente de su torso. Soltó un jadeo agudo… y la voz que le salió fue claramente femenina, más alta y suave de lo que jamás había tenido.

—¿Q-qué… qué pasó? —preguntó con aquella voz ajena, mirando sus propias manos pequeñas y luego el cuerpo de Lucía—. ¿Lucía? ¿Eres tú?

Se reconocieron en el mismo instante en que el miedo empezó a transformarse en una comprensión horrible.

Andrés los había cambiado.

Habían intercambiado géneros.

Mateo —ahora atrapado en un cuerpo de mujer joven y atractiva— se miró el pecho con los ojos muy abiertos, palpándose por encima de la blusa como si necesitara confirmar que era real. Los senos respondieron al tacto con un peso suave y una sensibilidad que le arrancó un temblor. La ropa también había cambiado: ya no llevaba su camiseta ni sus vaqueros. En su lugar, una blusa clara y un pantalón vaquero de mujer le ceñían las nuevas caderas.

Lucía (ahora en un cuerpo masculino alto y de complexión atlética) se acercó torpemente, todavía acostumbrándose a la nueva longitud de sus piernas y a la gravedad de su voz.

—Somos nosotros —dijo, arrodillándose a su lado—. Nos cambió. Ese maldito anillo… nos cambió de género.

Mateo seguía en shock, respirando agitado, con una mano todavía apoyada sobre su propio pecho como si no pudiera aceptar lo que sentía.

—Tengo… tetas —susurró, casi histérico—. Soy más pequeña. Mi voz… mierda, Lucía, mi voz.

Lucía le ofreció una mano —ahora grande y claramente masculina— para ayudarlo a levantarse. Mateo la aceptó con dedos temblorosos y se puso de pie, tambaleándose un poco por el cambio de equilibrio y el peso desconocido en el torso.

—Tenemos que encontrar a Andrés —dijo Lucía con urgencia, aquella voz grave todavía sonándole extraña en sus propios oídos—. Tiene que deshacer esto. Ahora.

Mateo negó con la cabeza, aunque el gesto le resultó distinto con su nuevo rostro.

—No. No ahora. Acabas de ver lo que le pasó a Amber… o lo que sea que le hizo. Si vamos detrás de él sin un plan, podríamos terminar igual. O peor. Tenemos que pensar. Buscar la forma de enfrentarlo con ventaja.

Lucía apretó la mandíbula, frustrada, pero terminó asintiendo. Mateo tenía razón. Actuar por impulso era exactamente lo que Andrés probablemente esperaba.

Sin decir mucho más, ambos empezaron a caminar de regreso hacia el interior del campus. Cada paso les recordaba la nueva realidad: la forma distinta de moverse, el peso del cuerpo, la ropa que no era suya, las miradas que empezaban a recibir de los pocos estudiantes que aún deambulaban por los pasillos a esa hora.

La vida que conocían acababa de dar un vuelco enorme.

Y ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo volver a ponerla en su sitio.


WOLAS A TODOS¡¡¡¡¡¡¡¡ DISCULPEN LA DEMORA   aquí una nueva parte de esta nueva historia ya saben cualquier comentario sugerencia o petición los leeré en la caja de comentarios. 

sábado, 10 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 1

El último rayo de sol de la tarde se filtraba a través de las persianas a medio cerrar del aula 3-B, tiñendo de dorado el polvo suspendido en el aire. A esa hora el edificio de Humanidades casi siempre estaba vacío; la mayoría de los estudiantes ya se habían ido a sus casas, a las bibliotecas o a cualquier bar cercano a matar el tiempo. Solo quedaba el eco lejano de alguna puerta cerrándose y el zumbido constante de las luces fluorescentes.

Lucía estaba sentada sobre el escritorio del profesor, con las piernas cruzadas y el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Mateo se encontraba de pie entre ellas, con ambas manos apoyadas a cada lado de sus caderas, atrapándola sin necesidad de fuerza. Se miraban de cerca, sonriendo como quienes llevan demasiado tiempo conociéndose y aún así no se cansan de hacerlo.

Llevaban casi tres años juntos. Se habían conocido en el primer semestre, en una clase de literatura contemporánea donde ninguno de los dos prestaba demasiada atención al profesor. Al principio fue solo complicidad: compartían apuntes, se reían de los mismos chistes y terminaban quedándose hasta tarde en la cafetería del campus hablando de todo y de nada. Después vino el primer beso torpe detrás del edificio de Ciencias, luego las noches de estudio que terminaban en algo mucho más agradable, y finalmente la decisión silenciosa pero firme de que querían seguir juntos.

No había sido un camino completamente fácil. Durante el segundo año apareció Andrés, un compañero de carrera de Lucía que se obsesionó con ella de una forma incómoda y persistente. Al principio fueron solo miradas demasiado largas y mensajes “casuales”. Luego empezó a aparecer en los mismos lugares, a intentar interponerse entre ella y Mateo, a sembrar dudas con comentarios venenosos. Hubo discusiones, celos injustificados y un par de semanas en las que la relación se tambaleó. Pero al final aguantaron. Lucía dejó en claro sus límites, Mateo confió en ella, y Andrés terminó quedándose solo con su rencor. Desde entonces la pareja se había vuelto más sólida, más cuidadosa el uno con el otro.

Ahora, a un año de terminar la universidad, vivían una etapa extrañamente tranquila. Ya no había la urgencia desesperada de los primeros meses ni la incertidumbre de no saber si aguantarían. Había complicidad, costumbre cariñosa y esa forma de mirarse que solo aparece cuando dos personas se conocen de verdad. Mateo estudiaba Psicología; Lucía, Literatura. Compartían piso desde hacía un año y medio, se turnaban para cocinar y se peleaban solo por tonterías como quién dejaba los calcetines fuera del cesto.

Aquella tarde se habían escapado al aula vacía después de una clase cancelada. No era la primera vez. A veces necesitaban un momento solo para ellos en medio del caos universitario: entre trabajos finales, prácticas y la presión constante de “ya casi somos adultos de verdad”.


Mateo inclinó la cabeza y rozó la punta de la nariz de Lucía con la suya.

—¿Sabes que todavía no me acostumbro a que estemos tan cerca del final? —murmuró—. El año que viene ya no estaremos merodeando por estos pasillos como si nos pertenecieran.

Lucía sonrió, rodeándole el cuello con los brazos.

—Entonces habrá que aprovechar mientras podamos, ¿no?

Se besaron despacio. No había prisa. El beso era profundo, familiar, cargado de esa calidez que solo da el tiempo compartido. Las manos de Mateo subieron por la cintura de ella, debajo de la camiseta fina, sintiendo la piel tibia. Lucía suspiró contra su boca y acercó más el cuerpo, enredando los dedos en el pelo corto de él. Por un momento el mundo se redujo al tacto, a la respiración compartida y al suave crujido de la madera del escritorio bajo ellos.

Estaban tan absortos el uno en el otro que el grito los tomó completamente por sorpresa.

Fue agudo, femenino, y estuvo cargado de un terror tan claro que ambos se separaron de golpe. El sonido había venido del pasillo, relativamente cerca, y se cortó de forma abrupta, como si algo o alguien lo hubiera silenciado.

Mateo frunció el ceño, todavía con las manos en la cintura de Lucía.

—¿Qué demonios fue eso?

Lucía ya se estaba bajando del escritorio, el corazón acelerado. El ambiente cálido y juguetón de segundos antes se había evaporado por completo.

—Sonó… cerca. Como del ala este.

Sin decir nada más, los dos se miraron un segundo y salieron del aula con paso rápido, dejando atrás el momento romántico para ir a investigar el origen de aquel grito.

Mateo y Lucía salieron al pasillo con el corazón todavía acelerado. El grito había sido tan claro, tan cercano, que esperaban encontrarse con alguien llorando, forcejeando o al menos con rastros evidentes de una pelea. En cambio, el corredor estaba en silencio. Las luces fluorescentes zumbaban con su monotonía habitual y el aire olía a limpiador industrial y madera vieja.

Avanzaron con cuidado hacia el ala este. Fue Lucía quien vio primero el montón de ropa junto a la puerta de un pequeño almacén de limpieza. Una blusa clara, un vaquero vaquero doblado de forma torpe y un par de zapatillas blancas. Todo tirado en el suelo como si alguien se hubiera desvestido a toda prisa… o como si el cuerpo que las llevaba simplemente hubiera dejado de estar ahí.

Mateo se agachó y tocó la tela con dos dedos. Todavía estaba tibia.

—Esto es de una chica —murmuró—. Y está… reciente.

Lucía miró a ambos lados del pasillo, inquieta.

—No hay nadie. Ni sangre, ni signos de lucha. Solo la ropa. Es como si… hubiera desaparecido en el aire.

La idea les resultó absurda y aterradora al mismo tiempo. Su primer impulso fue buscar al guardia de seguridad. Estaban a punto de girar hacia las escaleras cuando escucharon un ruido detrás de la puerta del almacén: un leve rasguño, como de algo pequeño moviéndose entre cajas.

Mateo abrió la puerta de un tirón.

El interior estaba vacío. Estanterías con productos de limpieza, escobas, un cubo volteado… y nada más. Ni una sombra. El ruido había cesado por completo.

Cuando salieron de nuevo al pasillo, ambos alcanzaron a ver una figura al final del corredor. Alguien corría hacia la salida de emergencia. La distancia y la mala iluminación les impidieron distinguir rasgos, solo una silueta rápida que desapareció al doblar la esquina. Intentaron seguirlo, pero para cuando llegaron a la puerta de emergencia ya no había rastro.

Fueron directamente a reportar lo ocurrido.

La investigación arrancó esa misma noche. La policía revisó las cámaras del edificio (varias no funcionaban correctamente en esa zona), interrogó a los pocos estudiantes que aún quedaban y analizó la ropa. Al día siguiente se confirmó la identidad de la dueña: Amber Rojas, una estudiante de segundo año de Biología que vivía en un pequeño departamento a pocas cuadras del campus. Lucía apenas la conocía de vista; Mateo sí había coincidido con ella en un par de trabajos grupales el semestre anterior. Recordaba que era callada, de sonrisa fácil y siempre andaba con auriculares puestos.

Pasaron dos días.

Amber no apareció.

Las alarmas en el campus se encendieron de verdad. Carteles con su foto empezaron a pegarse en las paredes, los grupos de WhatsApp de las facultades no hablaban de otra cosa y la rectoría envió un comunicado pidiendo precaución y ofreciendo apoyo psicológico. El ambiente se volvió denso, cargado de murmullos y miradas nerviosas. Cada sombra en un pasillo vacío parecía sospechosa.

Mateo y Lucía cargaban un peso extra: ellos habían escuchado el grito. Posiblemente el último sonido que Amber había emitido. Se sentían impotentes y, en cierta forma, marcados por aquello. Intentaban mantener la calma, seguir con las clases y los trabajos, pero la tensión se filtraba en las conversaciones, en los silencios compartidos y en la forma en que se tomaban de la mano con un poco más de fuerza de lo habitual.

Al tercer día, necesitaban un respiro.

Se escabulleron a un rincón apartado del edificio de Artes, un pequeño espacio entre dos muros donde casi nadie pasaba a esa hora. Allí, lejos de las miradas y de los carteles de “desaparecida”, Mateo rodeó la cintura de Lucía y la acercó contra su pecho. Ella escondió el rostro en su cuello, buscando el calor familiar, el olor conocido, la sensación de que al menos entre ellos dos el mundo seguía teniendo sentido. Se besaron despacio, con una urgencia suave, como si quisieran recordarse mutuamente que todavía estaban juntos y a salvo.

Fue entonces cuando escucharon los pasos.

No eran apresurados ni ruidosos. Alguien se acercaba con cuidado, casi con sigilo, rozando la pared. Ambos se tensaron al mismo tiempo. Mateo protegió instintivamente a Lucía con el cuerpo y giró la cabeza hacia el origen del sonido.

La figura apareció al doblar la esquina… y en cuanto la luz la alcanzó, ambos la identificaron de inmediato.

WOLAAASS  A TODOS, SOY  ASTRO ¡¡¡¡ como les prometí la  próxima historia  también involucraría magia y esta vez de una manera  mas negativa, esta historia tendrá diez partes y tratare de  subir  dos  por día , que  crees que le paso  a la pobre Amber? y cual crees que será la odisea que le espera a nuestros protagonistas? Descúbralo mas adelante de momento la parte dos las subiré en unas horas mas tarde disfruten y comenten si tienen alguna idea de historia   o comentario de lo que ven los leeré en la cajita de comentarios.