martes, 6 de octubre de 2026

La mascara de marfil capitulo 1


Liza Baez


Hola. En está ocasión nos encontramos en uno dé los vecindarios más lujosos dé México. Una zona residencial que pocos sé pueden permitir 



La historia sé centrará en Esmeralda una mujer en sus 30 años Dueña de su propia empresa 

Esmeralda es una mujer trabajadora sin familia ni pareja pesé a su gran belleza. Su vida es trabajo trabajo y más trabajo al llegar a su casa la única persona que la recibe es su empleada Clarisa una mujer de 56 años 


Día a día era lo mismo trabajar llegar a casa descansar y volver a lo mismo al día siguiente.Pesé a su belleza y dinero sentía que algo le faltaba a su vida


Esté aburrimiento de su rutina fue lo que la llevo con la Gitana y allí es donde nos encontramos ahora 


Gitana : Hola siéntate y dime lo que puedo hacer por ti 


Esmeralda : Pues quiero salir de la rutina quiero emoción en mi vida quiero tener la 🫤 bueno la verdad no sé qué quiero 


Gitana : Bueno antes de seguir. ¿Tienes con que pagar mis servicios?🤌🏼💵💵


Esmeralda : El dinero no es problema ¿Aceptas tarjeta de crédito 💳?


Gitana : Si hermosa sólo pásalo por la máquina 


Cuando la máquina recibió la transferencia de dinero la Gitana dio una pequeña sonrisa tras lo cual abre un compartimiento secreto oculto en la mesa 


Delante de ella había varios objetos extraños los culés trasmitían cierta energía rara 


Gitana : Bien. ¿Alguno llama tú atención? Elije él que quieras 


Esmeralda : ¿Que es lo que hacen?


Gitana : Bueno estos aretes té permiten él control sobre alguien más. Esté espejo cambia tú alma por la dé alguien más y está máscara té permite tomar la apariencia de cualquier persona 


Esmeralda :Ése. Quiero ésa mascara 

Gitana : Buena elección 


Las manos de la Gitana tomaron la mascara levantadola tras lo cual él compartimento sé volvió a cerrar escondiendo los demás artículos 


Esmeralda : es hermosa ¿Que es lo que hace exactamente? ¿Como funciona?


Desdé atrás de la máscara la Gitana saca un papel entregándole las invitaciones a Esmeralda 


Gitana : mirá aquí tienes las instrucciones de uso solo una pequeña advertencia elije bien en quien té trasformas 


Tras la advertencia Esmeralda salió regresando a su casa donde su sirvienta ya la estaba esperando 


Al entrar a su casa Esmeralda sé sienta en el comedor y mientras Clarisa le sirve su comida ella empieza a leer la nota 


Nombre La marcará de marfil o la mascara dé los rostros 


Habilidades 

La mascara sé ajusta a cualquier tipo de rostro tras ponerse la persona debe de pensar en la persona que quiera convertirse 


Al trasformarse la persona en cuestión sé convertirá en una copia exacta dél original ésto incluye cualquier tatuaje cicatriz o marca y corté de cabello 


La mascara también puede transformarte en una versión más joven o vieja dé la misma persona con solo pensar en la edad exacta 


Si sé trasformas en una versión más joven de alguien de alguien tomarás la apariencia exacta que la persona tenía a ésa edad 


Por él contrario si té trasformas en una versión más vieja de alguien tú apariencia solo será una posible apariencia futura 


Advertencia de uso 

La mascara tiene un precio cada vez que es usada esta consumirá los recuerdos de la persona pero no cualquiera recuerdo 


Los recuerdos que la mascara consume son los recuerdos de tú propio rostro. Cuando la persona ya no sea capaz de recordar su propio rostro la mascara ya no podrá es usada por esa persona quedándose con él último rostro que eligió 


Esmeralda : Esto no es posible mis recuerdos. ¿Realmente funciona? Clarisa podrías venir 


Clarisa : si dígame señora 


Esmeralda : ¿Cuál dirías que fue tu mejor época?


Clarisa : 🤨 Disculpé señora no la entiendo 


Esmeralda : Tú mejor momento ¿Aque edad té sentiste más hermosa?


Clarisa : 🤔 pués yo diría cuando tenía 22 ha ésa edad vivía cerca de la playa y ....


Esmeralda : ok ahora ponte está mascara y piensa en ésa época 


Clarisa : está bien señora 🤨


Sin saber él porque Clarisa toma la mascara entre sus manos y la coloca sobre su cara al momento siente como la mascara sé adhiere a su rostro como si tuviera pegamento 


Esmeralda : bien ahora piensa en ti cuando tenías 22 años 


En ése momento Clarisa empezó a recordar su época en la playa de como salía nadar de bien que lucía en ésa edad con su bronceado 


Sin que ella sé diera cuenta su piel empezaba a rejuvenecer al tiempo que se tornaba de otro color como si se estuviera bronceado al tiempo Esmeralda vio con asombro los cambios en su piel de como las lonjas desaparecían de como su cintura sé encogía incluso su ropa empezó a cambiar 


En tan solo unos segundos toda su apariencia cambio. Esmeralda vio como su vieja sirvienta sé había vuelto en una hermosa adolescente en traje de baño con piel joven sin arrugas y perfectamente bronceada 

Esmeralda : ahora quítate la mascara 


Clarisa : Si como usted quiera 


Clarisa escuchó su propia voz pero por un segundo no la reconoció. Al quitarse la mascara ella ve su propia mano bronceada y con las uñas más largas 


Clarisa : 😰 Que le paso a mí mano y mis uñas 


Esmeralda : mírate en un espejo 


La sirvienta ahora rejuvenecida corre al primer espejo que encuentra y empieza a mirar su rostro él traje de baño que traía puesto. Con sus largas uñas toca él borde dél bañador sin poder creer lo que estaba mirando 


Clarisa : ¿Que es lo que ocurrió? ¿Porque lusco así? Tan joven 


Esmeralda :🫢 realmente funciona. Dime ¿Es justo así como lucías a tús 22 años?


Clarisa : he 😰si justo así incluso es en mismo traje de baño que usaba 


Esmeralda : segura? No hay algo diferente 


Clarisa : Hasta donde veo no. 😧 Realmente soy joven de nuevo 


Esmeralda : Excelente jajaja jajaja tómalo como un regalo de cumpleaños atrasado. Ahora cambiate luces ridícula 


Clarisa sé retira a su habitación sin saber aún que era lo que había pasado. Que clase de brujería la había trasformado


Mientras tanto Esmeralda sosteniene la mascara en su mano tras comprobar que realmente funciona empezado a imaginar que hacer con ella. ¿En quien sé convertirá primero? Tal vez en una vecina o en alguna de sus empleadas o por qué no en un hombre 


Sería interesante ver un hombre por un día. Mientras sujetaba la mascara no paraba de imaginar en sus posibilidades ahora ella podía ser quién quiera ser hombre mujer adolescente niña 


Esmeralda : me voy a divertir mucho gracias a tí. Jajaja bien vale la pena perder un par de mis recuerdos después de todo me veo al espejo todos los días 

Mientras Esmeralda jugaba con la mascara en su mano Clarisa sé encontraba en la habitación de servicio viendo su cuerpo joven 


Al mirar con más detalle vio que no estaba la cicatriz de su cesária sus arrugas lo que si estaba era un antiguo tatuaje de su ex 

Un tatuaje que ella se había quitado hace años y ahora estaba devuelta en su piel bailando como un tatuaje recién echo 

En verdad tenía él cuerpo de sus 22 años tal cual era en ésa época 

Mientras en las calles las personas ya empezaban a poner sus adornos y incluso algunos ya estaban disfrazados una excelente ocasión para usar mascara 


lunes, 5 de octubre de 2026

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Hola a todos.


Hoy eh rediseñado como cada año el blog para la temática especial de fin de año, digo fin de año porque ya de septiembre, octubre, noviembre y diciembre pues el año se pasa en un abrir y cerrar de ojos.


Más específicamente, el especial de octubre y de Halloween que me encanta hacer para el blog.


Ya ni les digo todo lo que les debo, desde historias de muchos años atrás que han quedado inconclusas, hasta las historias del año pasado que deje apenas en un capítulo y otras que ni hice.


Este año pues no prometo nada mejor, todo lo dejaré a la expectativa, en ver qué podemos hacer y que podemos publicar.


Tengo muchas ilusiones de ver todo lo que deseo escrito pero pues no me doy  abasto en mi vida para lograrlo.


También pues quisiera ver más motivaciones por parte de ustedes.


No sé si han notado, y sé que no es nada especial ni espectacular, pero he intentado que todas las caps sean como gifs, pero no cualquier imagen en movimiento, sino una imagen que se mueva y haga algo que haga relucir mejor la temática del blog y de la Cap en sí.


Lo que quisiera ahorita es concluir las historias del año pasado y las inconclusas de este año las pocas que publiqué de mi autoría, así mismo escribir las historias pendientes que quedaron que no escribí del año pasado.


Igual no hay muchas más ideas que me inspiren para este mes no que no haya ideas sino que pueda ocupar para que la agenda de estos últimos meses no se sature.


También tengo pensado algo especial que a ver si me sale y publicaré, aviso que sería un video algo más producido y con intención estilo Dross para el especial de Halloween, lo cual si me costará algo de dinerito y producción.


En fin no sé qué más decir ni hacer para que ustedes se sientan agusto con el blog.


Comenten si les gustó el diseño de la nueva versión del blog y comenten que tal les han gustado las caps nuevas que se han estado publicando.


Gracias 🙏🏻 



PD: todo lo planeado y expresado sobre lo que quisiera suceda estos meses es a reserva de que no destruya mi ciudad otro huracán en octubre xD, de echo ya se cumplirán tres años de que sucedió el Otis así que todo puede suceder uwu.

sábado, 3 de octubre de 2026

Lección Aprendida 4


Los días se convirtieron en semanas con una facilidad inquietante.

Tania descubrió muy pronto que la magia de aquella mujer no se había limitado solo a sus cuerpos. Unas cuantas noches después de la transformación, decidió visitar la casa de Diego con la esperanza de encontrar alguna pista o, al menos, comprobar cómo estaban las cosas. La madre de su amigo la recibió con una sonrisa cansada pero amable, y cuando Tania preguntó por él con la voz más natural que pudo fingir, la respuesta la dejó helada:

—Está en un internado fuera de la ciudad, cielo. Un programa especial de estudios. Nos dijo que necesitaba espacio… ya sabes cómo son los chicos a su edad.

Tania asintió en silencio, sintiendo un nudo frío en el estómago. La bruja había reescrito la realidad. Nadie buscaba a Diego. Nadie se preguntaba dónde estaba Tomás. Para el mundo, Tania siempre había existido y Diego simplemente se había ido a estudiar lejos. Era limpio. Era cruel.

La vida cotidiana se volvió un campo de minas.

Cada vez que salía a la calle, las miradas la perseguían. Hombres de su edad —algunos que antes habían sido compañeros de clase o simples conocidos— la recorrían de arriba abajo sin ningún disimulo. Los ojos se detenía en el generoso escote que ni la ropa más oversized lograba ocultar del todo, en la curva pronunciada de sus caderas, en el balanceo inevitable de su trasero al caminar. Intentó esconderse bajo sudaderas enormes, chaquetas holgadas y pantalones anchos, pero su cuerpo traicionaba cualquier intento. Los senos de copa F pesaban y se movían con cada paso; las caderas mecían de forma natural. Era como si el universo entero se hubiera puesto de acuerdo para recordarle lo que ahora era.

Por las noches, el libido se volvía insoportable.

Se metía en la cama con la intención de dormir y terminaba con una mano entre las piernas, mordiendo la almohada para no gemir demasiado alto. Se tocaba con urgencia, frotando el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras la otra mano amasaba uno de sus pesados pechos. El orgasmo llegaba siempre fuerte, húmedo y vergonzosamente necesario, dejándola temblando y con la respiración entrecortada. Después se quedaba mirando el techo, odiando lo mucho que su nuevo cuerpo exigía ese alivio.

A pesar de todo, nunca descuidó a Diego.

Todas las tardes se sentaba frente a la pecera durante al menos una hora. Le hablaba en voz baja, contándole lo que había hecho durante el día, quejándose de las miradas, de la ropa, del peso constante en el pecho. A veces encendía la televisión y la dejaba en algún canal de documentales o deportes, para que el pez no se aburriera demasiado. Diego siempre se acercaba al cristal cuando ella hablaba, las aletas moviéndose con calma, como si realmente estuviera escuchando.


La ausencia de su madre se alargó. La abuela necesitaba cuidados constantes y lo que iba a ser una semana se convirtió en un mes. Eso dejó a Tania sola en casa con su padre la mayor parte del tiempo.

Y esa fue, quizás, la parte más extraña de todas.

Su padre parecía… más feliz. Sonreía con más frecuencia. Le preparaba el desayuno, le preguntaba cómo le había ido el día y la abrazaba con una naturalidad que Tomás nunca había experimentado. Cuando era hombre, casi todas sus conversaciones terminaban en discusiones. Ahora era la niña mimada de la casa. Tania se dejaba querer. Disfrutaba de esos momentos más de lo que estaba dispuesta a admitir. Se sentaba a ver partidos con él en el sofá, con una manta sobre las piernas y el peso familiar de sus senos apoyado contra el pecho, y por un rato podía fingir que todo estaba bien.

Habían pasado ya varias semanas cuando, una tarde cualquiera, Tania volvió a casa con dos bolsas del supermercado y la costumbre ya instalada de cerrar la puerta con el pie.

Se detuvo en seco en cuanto entró al salón.

La mujer estaba allí.

De pie frente a la pecera, con esa misma expresión tranquila y ligeramente aburrida de la primera vez. Una de sus manos daba suaves toques en el cristal, una y otra vez, con una malicia divertida dibujada en los labios. Dentro del agua, Diego se mantenía lo más lejos posible de aquellos dedos, pegado al cristal contrario, las aletas tensas y el cuerpo rígido de puro nerviosismo.

La bruja giró lentamente la cabeza al oír la puerta y sonrió con algo que no era del todo amable.

—Hola, Tania —saludó con voz suave—. Qué casualidad… justo estaba saludando a tu amigo.

Tania dejó las bolsas del supermercado en el suelo con un golpe sordo. El corazón le latía con fuerza, pero esta vez no era solo miedo. Había algo más duro en su expresión: molestia contenida y una determinación que se le notaba hasta en la forma en que se enderezó, ignorando el peso familiar de sus senos dentro del top deportivo.

—Bien —dijo con voz firme, aunque el tono femenino le restaba parte de la severidad que hubiera querido—. Ya aprendimos la lección. Es hora de que acabes con nuestro tormento.

La mujer ladeó la cabeza, todavía con los dedos rozando el cristal de la pecera. Diego se mantenía pegado al lado opuesto, las aletas tensas.

—Tal vez sí aprendieron algo —concedió ella con calma—. Pero te recuerdo que dije que volvería con un trato.

Tania apretó los dientes. El vaquero le marcaba las caderas de forma casi obscena y sentía cómo el sujetador deportivo se le clavaba bajo el pecho por la tensión del momento. Aun así, no apartó la mirada.


—Lo que sea —respondió sin dudar—. Lo que sea con tal de que esto acabe.

La sonrisa de la bruja se ensanchó apenas, serena, casi maternal de una forma distorsionada.

—Perfecto. Entonces escucha con atención. Necesito que me ayudes a seducir a ciertos hombres. Tipos que merecen un castigo… porque son igual de imbéciles que tu amigo el pez. Quiero que les des una lección que no olviden.

Tania frunció el ceño, cruzándose de brazos bajo el pecho de forma instintiva. El gesto solo logró empujar más arriba aquellos senos pesados.

—¿Y qué piensas hacer con ellos exactamente? —preguntó—. ¿Por qué no puedes hacerlo tú misma?

La mujer soltó una risita suave, como si la pregunta le resultara entrañable.

—Oh, podría. Claro que podría. Pero tengo otras ocupaciones… y, sinceramente, me gusta ver cómo se desarrollan las cosas desde la comodidad de mi casa. Es mucho más entretenido así.

Sacó de no se sabía dónde una pequeña lista doblada y se la tendió. Tania la tomó con dedos un poco temblorosos. Siete nombres. Siete direcciones. Siete caras que, al leerlas, le resultaron vagamente familiares: tipos del barrio, de la universidad, de los bares donde antes iba con Diego a armar jaleo.

Inmediatamente después, la mujer le entregó siete frascos pequeños de cristal oscuro, cada uno cerrado con un tapón de corcho y un líquido espeso de color ámbar en su interior.

—¿Y esto? —preguntó Tania, levantando uno de los frascos—. ¿Para qué son estas pociones?

—Para convertirlos en mujeres. Exactamente igual que a ti —respondió la bruja con total naturalidad—. Tal vez así aprendan un poco de humildad… o al menos entiendan lo que se siente cuando el cuerpo se convierte en un objeto de deseo constante. Tú te encargarás de que beban el contenido. Cómo lo logres… eso ya es cosa tuya. Sedúcelos, engáñalos, úsalos. Me da igual el método, siempre que funcione.

Tania miró los frascos, luego la lista, y por último a Diego, que seguía nadando en círculos nerviosos. El peso de la decisión se le asentó en el pecho junto al de sus senos. Sentía el libido traicionero removiéndose en el bajo vientre solo de pensar en lo que tendría que hacer, y eso la enfureció todavía más.

Aun así, apretó los frascos contra su cuerpo.

—…Está bien —dijo al fin, con la mandíbula tensa—. A regañadientes… pero lo haré.

La mujer sonrió con auténtica satisfacción esta vez.

—Me alegra oír eso. Esperaré con ansias a que termines el trabajo. No te tardes demasiado, mis clientas están ansiosas por ver los resultados, Tania. Tu amigo pez y tú están contando los días, ¿verdad?

Y, como siempre, se desvaneció sin más. Un parpadeo y el salón volvió a quedar en silencio, solo roto por el suave zumbido del filtro de la pecera.

Tania se quedó quieta varios segundos, mirando el espacio vacío donde había estado la bruja. Luego bajó la vista hacia Diego. El pez se había acercado al cristal y ahora nadaba con más calma, como si notara que la amenaza inmediata había desaparecido.

Ella se acercó despacio, apoyó los dedos en el vidrio y suspiró, sintiendo cómo el top deportivo se le clavaba en la espalda por la tensión acumulada.

—Todo sea por devolvernos a la normalidad —murmuró, más para sí misma que para él—. Haré lo que tenga que hacer. Los siete. Uno por uno.

Apretó los frascos contra su pecho pesado, sintiendo el cristal frío contrastar con la calidez de su piel, y por un instante la realidad de lo que acababa de aceptar se le vino encima con toda su crudeza.

Siete hombres.

Y solo entonces, quizás, recuperarían sus vidas.



WOLAS MIS LECTORES¡ Disculpen si demoro en subir las partes  pero les aseguro que cada espera valga la pena, la próxima historia que seguirá después de esta también involucra magia, si tienen alguna petición de historia los estaré leyendo por acá. 

”Horrorizado”



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jueves, 1 de octubre de 2026

Lección Aprendida 3

Tomás se quedó unos segundos más arrodillado junto al riachuelo, con la respiración agitada y el peso de aquellos senos enormes tirando constantemente de su torso. El pez —Diego— seguía forcejeando débilmente cerca de la orilla, como si aún no aceptara del todo su nueva forma. Tenía que sacarlo de ahí. Rápido.

Empezó a buscar entre la ropa de diego algo con lo que pudiese llevarlo. Los dedos, ahora más pequeños y delicados algo torpes por el nerviosismo se enredaban entre la ropa de diego que para su parecer ahora era mas grande. Afortunadamente logró encontrar una bolsa de plástico algo maltratada, de esas que uno guarda sin saber muy bien por qué: tenía un par de agujeros pequeños y el asa semi-rota, pero todavía servía. Tomás soltó un suspiro tembloroso de alivio.

Con cuidado, y sin dejar de sujetarse el pantalón con una mano, metió la bolsa en el agua del riachuelo y la llenó parcialmente. Luego, con una torpeza nacida del pánico y de la falta de fuerza, intentó guiar al pez hacia dentro. Diego pareció entenderlo a medias; dio un par de coletazos y terminó entrando. Tomás cerró la bolsa lo mejor que pudo, dejando aire suficiente, y la levantó.

El peso le sorprendió.

No era demasiado, pero su nuevo cuerpo tenía claramente menos fuerza en los brazos y en la espalda. Los senos se balancearon hacia adelante con el esfuerzo, pesados, suaves, tirando de la tela de de una forma obscena. Debido a que estaba semidesnuda se puso la sudadera de diego aflojar un poco el short,  ya que le ajustaba por completo debido a sus caderas más anchas y redondeadas. Cada paso que daba hacía que todo se moviera.

El camino de regreso se le hizo eterno.

Caminó por el terreno baldío y luego por las calles cada vez más iluminadas de la ciudad con la cabeza gacha, sujetando la bolsa con una mano y el pantalón con la otra, sintiendo cómo la gente que pasaba la miraba de reojo. No sabía si era por la ropa ridículamente grande o por la figura que ahora se adivinaba debajo. Cada movimiento le recordaba que ya no era el mismo. El peso constante en el pecho, la forma en que las caderas se mecían sin que pudiera evitarlo, la ausencia extraña entre las piernas…

Cuando por fin llegó a casa, el cielo ya estaba casi negro. Entró con el corazón todavía desbocado, cerró la puerta de una patada y fue directo a la cocina. Encontró una cubeta de plástico limpia bajo el fregadero, la llenó de agua del grifo y vació con mucho cuidado el contenido de la bolsa. Diego cayó dentro con un pequeño chapoteo y empezó a nadar en círculos cortos, como si estuviera orientándose.

Tomás se agachó frente a la cubeta, sujetándose el pecho para que no colgara tanto, y habló en voz baja, con aquella voz femenina que todavía le erizaba la piel:

—Te buscaré una pecera lo más pronto posible, ¿va? De verdad. Pero ahora… ahora tienes que aguantar aquí un rato. No me dejes solo en esto, idiota.

El pez dio un coletazo contra la pared de la cubeta, como respuesta.

Fue entonces cuando notó algo raro , la casa le parecía un poco distinta pero como si estuviese en un trance  empezó a nublársele la mente fue al baño a despejarse.

Salió del baño como en trance y subió a su habitación.

O a lo que antes era su habitación.

Ahora las paredes eran de un tono pastel suave, había cortinas claras, una cama más grande con fundas floreadas y un tocador con espejo grande. Todo había cambiado. Tomás —o lo que fuera ahora— se acercó despacio al espejo de cuerpo entero y se miró de verdad por primera vez.

Y se quedó sin palabras.

El reflejo que le devolvía la imagen era el de una joven jodidamente atractiva. Pelo corto pero sedoso y bien cortado que le enmarcaba un rostro delicado de pómulos altos, labios llenos y ojos grandes. El cuello era fino, los hombros suaves, y luego… aquellos senos. Enormes, pesados, de una copa F generosa que la blusa apenas contenía. Se levantaban firmes y redondos. La cintura se estrecha de forma pronunciada antes de abrirse en caderas anchas y un trasero generoso que el short marcaba sin piedad. Las piernas eran largas y tonificadas, femeninas.

Con el corazón latiéndole con fuerza, levantó una mano temblorosa y se tocó el pecho por encima de la tela. El peso, la suavidad, la forma en que cedía bajo sus dedos… era real. Bajó la mano por la cintura, por la curva de la cadera, sintiendo la piel suave a través de la ropa. Una curiosidad oscura y creciente empezaba a nacerle en el estómago.

Fue entonces cuando el móvil vibró en el bolsillo trasero del short.

Lo sacó con dedos torpes. En la pantalla aparecía “Mamá”. Contestó sin pensar.

—¿Hola?

—¡Tania, por fin! —la voz de su madre sonó al otro lado, completamente natural—. Casi no me coges, cielo. Escucha, tu abuela tuvo un problema de salud y tengo que quedarme unos días con ella. Te dejo la casa encargada, ¿vale? Hay comida en la nevera y dinero en el cajón de siempre si necesitas algo. Cualquier cosa me llamas.

Tania.

El nombre le golpeó como una bofetada.

—Y-yo… sí —logró responder con aquella voz suave—. Claro. No te preocupes.

—Eres un amor. Te quiero, Tania. Cuídate.

La llamada terminó.

Tania se quedó mirando el móvil en silencio. Tania. Su madre la había llamado Tania como si siempre hubiera sido así. Como si Tomás nunca hubiera existido. La magia de aquella mujer no solo había cambiado su cuerpo… había cambiado su vida entera.

Dejó el móvil sobre el tocador y volvió a mirarse al espejo. Esta vez más despacio. Más fijamente. Con una curiosidad que ya no podía frenar del todo.

Sus manos subieron hasta la parte inferior de la sudadera. Lo deslizó y subió. Luego el siguiente. La tela desaparecía poco a poco, revelando la piel suave y el generoso escote de un sujetador negro que apenas contenía aquellos senos pesados. El aire fresco de la habitación le rozó la piel recién expuesta y un escalofrío le recorrió la espalda.

Se mordió el labio inferior, mirando su propio reflejo con una mezcla de terror, fascinación y algo más cálido que empezaba a crecerle entre las piernas.

Con el corazón acelerado, siguió desvistiendose para ponerse algo más cómodo… mientras la curiosidad seguía creciendo, peligrosa e imposible de ignorar.

Tania se miró en el espejo de cuerpo entero con el pecho agitado. El sujetador negro apenas contenía aquellos senos enormes de copa F; la tela se hundía entre ellos formando un profundo valle y los bordes superior e inferior parecían a punto de rendirse. Con dedos temblorosos se deslizó las tirantes por los hombros y se quitó el sujetador de un tirón. Los pechos cayeron pesados, libres, balanceándose con una inercia que le arrancó un jadeo suave. Eran grandes, redondos, de piel suave y pezones ya endurecidos por el aire fresco de la habitación.

Se quedó mirándolos un largo segundo. Luego levantó ambas manos y los sostuvo, sintiendo el peso real, la calidez, la forma en que rebosaban entre sus dedos. Los apretó con suavidad y una corriente eléctrica le recorrió el vientre. El vaquero le apretaba de forma casi dolorosa entre las piernas. Sin pensarlo demasiado, se desabrochó el botón y bajó la cremallera. El pantalón y la ropa interior cayeron al suelo en el mismo movimiento.

Desnuda por completo frente al espejo, Tania contempló su nuevo cuerpo con una mezcla de terror y una lujuria creciente que ya no podía fingir que no existía. La cintura estrecha, las caderas anchas, el suave monte de Venus y aquella abertura rosada y húmeda que nunca había tenido. Se mordió el labio inferior y, casi por impulso, deslizó una mano entre sus muslos.

Estaba empapada.

Los dedos se le resbalaron con facilidad sobre los pliegues sensibles. Un gemido bajo y femenino se le escapó de la garganta cuando encontró el pequeño botón hinchado en la parte superior. Empezó a frotarlo en círculos torpes al principio, luego más firmes, mientras con la otra mano amasaba uno de sus pesados senos, pellizcando el pezón entre el pulgar y el índice. El placer subió rápido, demasiado rápido. El cuerpo respondía con una intensidad que Tomás nunca había experimentado. Las piernas le temblaron. Tuvo que apoyarse contra el borde del tocador mientras aceleraba el ritmo de los dedos, metiendo primero uno y luego dos dentro de aquella nueva calidez apretada y resbaladiza.

El orgasmo la golpeó de golpe.

Se arqueó hacia adelante, los senos balanceándose pesadamente, un grito ahogado escapándosele de los labios mientras las contracciones la sacudían una y otra vez. Se quedó temblando varios segundos, con los dedos todavía enterrados y la respiración entrecortada, mirando su propio reflejo sonrojado y desordenado en el espejo.

Cuando por fin recuperó el aliento, se enderezó despacio. El reflejo seguía ahí: una chica joven, voluptuosa y jodidamente atractiva, con el pelo corto alborotado, los labios hinchados y el cuerpo todavía marcado por el placer reciente. Tania tragó saliva. Toda la ropa del armario había cambiado también. Ya no había camisetas de hombre ni pantalones holgados. Solo prendas femeninas: blusas, tops, leggins, ropa interior de colores y tejidos que nunca habría comprado.

Abrió un cajón al azar y sacó un conjunto de deporte negro: un top deportivo que apenas logró cerrar sobre sus senos y unos leggins ceñidos que marcaban cada curva de sus caderas y su trasero. Se vistió con dificultad, todavía sensible, y bajó las escaleras.

Diego nadaba en círculos cortos dentro de la cubeta.

Tania se agachó frente a él, el top deportivo apretándole el pecho de forma casi obscena.

—En el ático hay una pecera vieja —dijo en voz baja—. La usé hace años. Puede que todavía sirva. El agua estancada de la cubeta no es buena… podría matarte si te dejo aquí mucho tiempo.

Subir al ático fue un esfuerzo absurdo. Cada peldaño hacía que sus senos rebotaran pesadamente dentro del top y que el equilibrio se volviera traicionero. La pecera estaba cubierta de polvo, pero intacta. Bajó el tanque vacío con más dificultad de la que quería admitir, los brazos temblándole por el peso y la falta de fuerza. Tardó casi una hora en limpiarla, colocar el filtro, el calentador y un par de adornos que encontró en una caja (unas piedras, una planta de plástico y un pequeño tronco hueco). Aclimat ó el agua con paciencia, recordando lo poco que sabía de cuando cuidaba peces.

Cuando por fin introdujo a Diego en su nuevo hogar y colocó la pecera en un mueble bajo de la sala, el pez se acercó inmediatamente al cristal. Nadó en círculos lentos justo frente a ella, las aletas moviéndose con calma. Parecía… tranquilo. Incluso un poco entusiasmado.

Tania apoyó los dedos en el vidrio.

—Tenemos que ser pacientes —susurró—. Esa mujer dijo que volvería para ofrecerme un trato. Haré todo lo posible por devolvernos a la normalidad. Lo prometo.

Echó un poco de comida en el agua. Diego subió a comer con avidez. Tania se quedó mirándolo un rato más, el peso de sus pechos recordándole a cada respiración la realidad de su situación. Luego subió a su nueva habitación, se quitó el top deportivo con un suspiro de alivio y se dejó caer en la cama de sábanas suaves.

Miró el techo en penumbra.

¿Cuánto tiempo tendría que esperar? ¿Cómo se suponía que debía adaptarse a este cuerpo, a este nombre, a esta vida que ya no era suya?

Las preguntas giraban en su cabeza mientras el cansancio la vencía poco a poco. Y entre todo el miedo y la incertidumbre, una pequeña y traicionera parte de ella todavía recordaba la intensidad del orgasmo que había tenido frente al espejo… y se preguntaba, con un escalofrío, cuántas veces más terminaría cediendo a esa nueva y abrumadora necesidad.



Error de programación

Las siguientes imágenes fueron sacandas de su contesto original los diálogos y la historia son propios 


Por error de un videojuego las mentes de Verónica y Julián han terminado en los cuerpos dél otro 











martes, 29 de septiembre de 2026

Lección Aprendida 2

La risita de la mujer se le clavó a Tomás en el pecho como una aguja. No era una risa abierta ni exagerada; era corta, suave, llena de una satisfacción casi perezosa, como si acabara de terminar un trabajo bien hecho y estuviera disfrutando del resultado. Tomás sintió que el estómago se le encogía. Esa risa no prometía nada bueno. Nada en absoluto.

Con el corazón latiéndole desbocado, giró la cabeza a un lado y a otro, buscando desesperadamente a Diego. El cuerpo de su amigo ya no estaba donde había caído. La tierra seca solo mostraba una leve marca, como si alguien hubiera estado tumbado ahí hace unos minutos… y nada más. Pero cerca del riachuelo había rastro de la sudadera y demás  ropa de diego.

—¿Diego…? —la voz femenina le salió temblorosa, más aguda de lo que aún podía soportar escuchar—. ¿Diego?

Se tambaleó un paso, luego otro, sujetándose la cintura del pantalón con una mano para que no se le resbalara del todo y apretando la tela demasiado grande de la camiseta contra el pecho pesado. Los senos de copa F tiraban hacia abajo con cada movimiento, balanceándose de forma obscena, recordándole a cada segundo que aquel cuerpo ya no era el suyo. El cabello corto pero ahora más suave le rozaba la nuca cuando giraba la cabeza, buscando, buscando…

No había nadie.

El pánico le subió por la garganta como un sabor amargo.

—¿Dónde está? —preguntó, girándose hacia la mujer con los ojos muy abiertos—. ¿Dónde está mi amigo? ¿Qué le hiciste?

La mujer lo miró con calma. Una sonrisa burlona empezó a dibujarse lentamente en sus labios, torcida, divertida, como si la pregunta de Tomás fuera la parte más entretenida de la tarde.

—Está por ahí… fluyendo —respondió con tono ligero—. Como dirían los jóvenes.

La frase le cayó a Tomás como un balde de agua fría. Intentó hablar, intentó gritar, pero ella levantó una mano con elegancia y lo cortó en seco.

—Shh. Déjame terminar.

Dio un par de pasos lentos hacia él, sin perder nunca esa expresión de superioridad divertida. Tomás retrocedió por instinto, sintiendo cómo el pantalón se le resbalaba un poco más por las caderas ahora más redondeadas y cómo el peso de los senos tiraba de su torso cada vez que respiraba agitado.

—Fuiste algo amable —continuó ella, con voz casi didáctica—. Al menos le dijiste a tu amigo que lo que hacía estaba mal. Eso cuenta. Pero fuiste débil y cobarde. No hiciste nada. Te quedaste mirando, eso no es digno de un hombrecito. Pero por  tener algo de decencia te permitiré conservar una forma humana…

Se detuvo frente a él, inclinando ligeramente la cabeza, y su sonrisa se volvió abiertamente sarcástica.


—Solo que ahora sentirás lo que es que los hombres te deseen. Te transformé en el tipo de mujer que tenías en la mente… vaya que sí tienes gustos interesantes.

Tomás sintió que la cara se le quemaba de una mezcla de humillación, rabia y terror. Quiso responder, quiso insultarla, pero las palabras se le atragantaron cuando ella siguió hablando, ahora con un tono más oscuro, más malicioso.

—En cuanto a tu amigo… bueno. Era un completo imbécil. Y como a él le gusta tanto “fluir”…

La mujer soltó una risa baja, maliciosa, que se le erizó la piel a Tomás de pies a cabeza.

—Lo convertí en un pez. Ahora fluirá en el agua todo el tiempo que quiera.

La risa de ella se prolongó un segundo más, cruel, satisfecha.

Tomás no pensó. El pánico puro le ganó a cualquier otra cosa. Se giró de golpe y corrió —o intentó correr— hacia el riachuelo. Los senos enormes rebotaban pesadamente con cada paso, tirando de su espalda, haciendo que el equilibrio fuera una lucha constante, y aún así no se detuvo.

Llegó al borde del agua jadeando. Se arrodilló torpemente sobre la tierra húmeda, agarrándose el pecho con una mano para detener el balanceo y asomándose al riachuelo con los ojos desorbitados. El agua clara corría entre las piedras, formando pequeños remolinos y reflejando los últimos rayos del sol. Buscó con la mirada cualquier cosa: una sombra, un movimiento, algo que se pareciera a Diego…

Nada.

Solo el agua fluyendo, indiferente.

Detrás de él, sintió la presencia de la mujer. No necesitaba girarse para saber que lo estaba observando. Podía casi notar su mirada posada en su espalda, en la forma torpe en que sujetaba la ropa demasiado grande, en el temblor de sus hombros ahora más estrechos. Había burla en esa mirada. Y algo más. Algo parecido a malicia, como si estuviera saboreando cada segundo del terror de Tomás.

El riachuelo seguía cantando suavemente, arrastrando hojas y pequeñas ramas hacia abajo… y Tomás, de rodillas junto al agua, con el cuerpo pesado y extraño, sintió que el mundo se le venía encima.

El agua del riachuelo corría con esa calma hipnótica que solo tienen los arroyos alejados de todo, pero Tomás ya no prestaba atención al sonido. Sus ojos —ahora más grandes, más expresivos bajo unas pestañas que no recordaba tener tan largas— se clavaron en un único pez que permanecía casi inmóvil cerca de la orilla. No era nada especial a simple vista: un pez común, de escamas plateadas y tamaño mediano, de esos que cualquiera podría pescar sin emocionarse. Pero ese pez no se movía como los demás. Mientras el resto de la corriente arrastraba hojas y pequeñas burbujas río abajo, aquel animal se mantenía obstinadamente en el mismo punto, justo frente a donde Tomás estaba arrodillado.

Y entonces lo vio.

El pez dio un coletazo brusco, casi desesperado, empujándose hacia la superficie como si intentara saltar fuera del agua. Una y otra vez. Como si estuviera luchando contra su propio cuerpo.


El estómago de Tomás se encogió con violencia.

—…Diego —susurró con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña y aterradora.

El pez respondió con otro coletazo furioso, salpicando un poco de agua sobre las piedras.

La confirmación fue como un golpe directo al pecho. Tomás sintió que la rabia le subía de golpe, mezclada con un terror helado. Se puso en pie de un salto torpe, casi perdiendo el equilibrio por el peso de los senos enormes que rebotaron pesadamente bajo la camiseta demasiado grande. Tuvo que agarrarse el pecho con una mano para detener el balanceo y con la otra sujetar el pantalón que amenazaba con resbalarse por completo de sus caderas ahora más anchas y redondeadas. El cabello corto pero sedoso le cayó un poco sobre la frente cuando giró bruscamente hacia la mujer.

—¡Devuélvenos! —gritó, la voz aguda temblando de furia—. ¡Devuélvenos ahora mismo, carajo! ¡Lo que sea que nos hayas hecho, deshazlo!

La mujer lo miró con absoluta indiferencia. Ni siquiera se molestó en enderezar del todo la postura. Solo alzó una ceja y hizo un gesto vago con la mano, como quien espanta una mosca molesta.

—Nah —respondió con tono aburrido—. Creo que deberían pasar un tiempo así.

Tomás sintió que algo se le rompía por dentro. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Una se le escapó por la mejilla, caliente y humillante, mientras el peso de aquellos senos  tiraba constantemente de su torso. Intentó hablar otra vez, pero solo le salió un sollozo ahogado.

La mujer lo observó llorar y soltó una risita baja, casi de queja, como si el llanto le resultara exagerado.

—Ay, no pongas esa cara… —dijo, negando con la cabeza con fingida paciencia—. Más adelante te buscaré. Te ofreceré un trato. Y tal vez… solo tal vez… entonces los devuelva a la normalidad.

Un ligero alivio se filtró entre el pánico de Tomás. Muy ligero. Porque la situación seguía siendo la misma: seguía atrapado en aquel cuerpo pesado, suave y profundamente ajeno, con la voz de mujer y sin rastro de su antigua fuerza. Seguía viendo a su mejor amigo convertido en un pez que forcejeaba inútilmente cerca de la orilla.

La mujer dio un paso atrás, ya preparándose para marcharse. Antes de desaparecer, sin embargo, lo miró una última vez con esa sonrisa maliciosa que se le había quedado grabada a Tomás en la memoria.

—Ah, y una recomendación —añadió con tono casi casual—. Llévate a tu amigo de aquí. Cerca suelen pasar pescadores… o algún animal que se lo puede llevar de recuerdo. Sería una lástima que terminara en una sartén o en el estómago de un zorro, ¿no?

Se rió abiertamente esta vez, una risa clara y cruel que resonó un segundo en el aire del atardecer… y luego, simplemente, ya no estuvo. Se desvaneció como si nunca hubiera existido, dejando solo el sonido del riachuelo y el peso aplastante del silencio.

Tomás se quedó solo.

El sol ya casi había desaparecido detrás de los árboles retorcidos. El cielo se teñía de un azul profundo que anunciaba la noche, y las primeras sombras largas empezaban a estirarse sobre el terreno baldío. El aire se enfriaba rápido. Tomás, de pie junto al agua, se puso la sudadera de su amigo para intentar cubrirse , sentía  cómo los senos pesados tiraban de su espalda con cada respiración agitada, cómo el short se le apretaba un poco más cada vez que se movía. Entre las piernas solo había una ausencia extraña y suave que lo hacía querer cruzar las piernas por instinto

Miró hacia el pez —hacia Diego— que seguía forcejeando débilmente cerca de la orilla, como si aún intentara decirle algo.

La noche se cernía sobre ellos.

Y Tomás, atrapado en aquel cuerpo de mujer que no era suyo, con las mejillas aún húmedas de lágrimas y el corazón latiéndole desbocado, supo que tenía que encontrar una forma de llevarse a su amigo antes de que fuera demasiado tarde.