Mostrando las entradas con la etiqueta Anillos mágicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Anillos mágicos. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 5


Lucas cerró la puerta del aula detrás de él y se pasó una mano por el pelo, todavía agitado.

—Quise traer ayuda —explicó en voz baja, mirando de reojo a la mujer que sollozaba junto a la ventana—, pero no quise arriesgar a nadie inocente. Si Andrés está merodeando por aquí…

Sus palabras se cortaron cuando sus ojos se posaron de verdad en la profesora. El cambio era inconfundible: la figura femenina, la ropa que todavía terminaba de adaptarse a las nuevas curvas, el bolso en el suelo donde antes había un maletí
n. Lucas abrió la boca, confuso.

—¿Qué… qué pasó aquí?

María se acercó a él y le resumió todo lo más rápido y claro que pudo: el seguimiento, la discusión con el profesor Arlo, el anillo, el haz de luz y la amenaza directa mencionando a Amber. Mientras hablaba, Lucas la escuchaba con el ceño cada vez más fruncido. En cuanto ella terminó, la atrajo hacia sí en un abrazo firme, casi protector, rodeándola con aquellos brazos que todavía le resultaban demasiado grandes y fuertes.

—Pudiste haber salido lastimada —murmuró contra su pelo recién teñido—. No vuelvas a hacer algo así sola.... solo, ¿me oyes?

Se separó apenas lo suficiente para mirarla a la cara y, a pesar de la tensión del momento, una pequeña sonrisa torcida se le escapó.

—Aunque… el rubio te queda bonito.

María bufó suavemente, pero no se apartó del abrazo.

La profesora —quien ahora, según el carnet que temblando había sacado del bolso, se llamaba Ayla— se puso en pie con dificultad. La falda le quedaba todavía un poco torcida y las lágrimas le habían corrido el rímel que la magia le había “regalado”.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó con voz rota—. ¿Cómo piensan detener esta locura? Ese tipo no puede seguir haciendo esto a la gente y salirse con la suya.

Lucas se separó de María lo justo para mirar a Ayla con seriedad.

—No hay un plan fijo todavía —admitió—. Enfrentarlo de frente sería estúpido. Ese anillo es peligroso. Primero tenemos que averiguar de dónde sale ese poder, qué es exactamente esa cosa que lleva en el dedo. Mientras tanto… perfil bajo. No provocarlo. No darle razones para fijarse demasiado en nosotros.

Ayla asintió lentamente, todavía en shock, pero comprendiendo la lógica. Lucas y María la acompañaron hasta el estacionamiento. Para sorpresa de ambos, el auto de la profesora era una de las pocas cosas que no habían cambiado demasiado: el mismo modelo, el mismo color, solo que ahora el registro y los documentos internos apa
recían a nombre de Ayla. La ayudaron a entrar, se aseguraron de que pudiera conducir y la vieron alejarse con las manos todavía temblando sobre el volante.

En cuanto el auto desapareció de la vista, Lucas se giró hacia María. La preocupación se había transformado en una molestia contenida.

—¿Por qué fuiste sola? —le reclamó en voz baja—. ¿Se te ocurrió siquiera lo que podría haber pasado si te descubría?

María sostuvo su mirada sin apartarse.

—Porque quiero que esta pesadilla se acabe, Lucas. Cada día que pasa hay más carteles de Amber y ahora hay más gente en peligro. No podía quedarme sentada esperando.

Él suspiró, pasándose ambas manos por la cara.

—Vamos. Te acompaño a casa.

El trayecto fue tenso. Caminaron en silencio la mayor parte del tiempo, cada uno metido en sus propios pensamientos. Cuando por fin llegaron al departamento de Lucas, el ambiente seguía cargado. María, buscando cualquier cosa que aliviara la presión, se metió una mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y sacó con cuidado al pequeño ratón herido.

—Lo salvé del gato del pabellón —explicó, mostrándoselo—. Estaba a punto de terminárselo. Pensé… no sé. No podía dejarlo ahí.

Lucas observó al animalito un segundo. Luego bajó la mirada, visiblemente arrepentido.

—Perdón por alterarme antes —dijo en voz baja—. Solo… me preocupé. La idea de que te pasara algo me sacó de quicio.

María dejó al ratón con cuidado dentro de una caja improvisada que encontró en la cocina y regresó junto a él. Se puso de puntillas —ahora que él era más alto le resultaba necesario— y le dio un beso tierno, casi ligero, en los labios, para  María era un gesto de agradecimiento por la preocupacion.

—Está bien —susurró contra su boca.

Lucas no se contuvo. Le devolvió el beso con más intensidad, una mano subiendo hasta la nuca de ella para profundizarlo. María sintió cómo el cuerpo respondía de inmediato, traicionero y curioso. Llevaban casi semanas atrapados en aquellos cuerpos. Semanas de tensión, de miedo de rechazo y de un deseo que ninguno de los dos se había atrevido a explorar del todo. Y ahora, con el sabor de Lucas en su boca y el calor subiendo por su vientre, María supo exactamente hacia dónde se dirigía aquello.

Ella misma, en el fondo, llevaba días preguntándose cómo se sentiría el sexo en esos cuerpos nuevos, a pesar del rechazo inicial que Mateo sentía, la duda fue creciendo día tras día a pesar de que María había jugado con sus senos un par de veces y tocado unas otras pero eso no calmaba su curiosidad.

El beso se profundizó sin que ninguno de los dos intentara detenerlo.

Lucas —con aquel cuerpo más alto y fuerte que todavía estaba aprendiendo a controlar— atrajo a María contra sí con una urgencia contenida durante semanas. Sus manos grandes bajaron por la espalda de ella, sintiendo la curva pronunciada de su cintura y luego el suave redondeo de sus caderas. María soltó un suspiro tembloroso contra su boca. El simple roce de aquellos senos nuevos contra el pecho plano de Lucas le provocó una descarga de calor que le llegó directo entre las piernas.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse.

—¿Estás segura? —preguntó Lucas con aquella voz grave, la respiración agitada.

María asintió. Había curiosidad en sus ojos, miedo y un deseo que ya no podía fingir que no existía.

—Quiero saber… cómo se siente.

Se fueron desvistiendo entre besos torpes y caricias exploratorias. Cuando la blusa de María cayó al suelo y el sujetador fue desabrochado, Lucas se quedó un segundo contemplando aquellos senos que ahora pertenecían a su pareja. Los tomó con ambas manos, pesándolos, acariciando los pezones con los pulgares hasta sentirlos endurecerse. María arqueó la espalda y soltó un gemido agudo, genuinamente sorprendida por la intensidad de la sensación.

—Mierda… —susurró ella, con la voz entrecortada—. Se siente… muy bien.

Lucas la guió hasta la cama. Se recostó sobre ella con cuidado, todavía consciente de la diferencia de tamaño y fuerza. María abrió las piernas por instinto cuando él se colocó entre ellas. El roce de su miembro duro de Lucas contra su vagina ya empapada le arrancó otro gemido. Estaba resbaladiza, caliente, completamente lista de una forma que Mateo nunca había experimentado.

Cuando Lucas empezó a entrar, lo hizo despacio.

María clavó las uñas en sus hombros. La sensación de ser llenada era completamente nueva: una presión deliciosa que se convertía en placer puro a medida que él se hundía más profundo. Jadeó contra el cuello de Lucas, las piernas rodeándole la cintura.

—Muévete… por favor.

Lucas obedeció. Empezó con embestidas lentas y profundas, observando cada reacción del rostro de María, aprendiendo qué ritmo la hacía arquearse y qué ángulo le arrancaba aquellos sonidos agudos y rotos. El cuerpo femenino respondía con una sensibilidad abrumadora. Cada embestida enviaba olas de placer desde su centro hasta la punta de los pechos. Pronto estuvo moviendo las caderas al encuentro de las de él, buscando más fricción, más profundidad.

Se corrió primero ella, con un grito ahogado y el cuerpo entero temblando, apretándose alrededor de Lucas con fuerza. Él la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo mientras gemía contra su piel.

No se detuvieron ahí.

Pasaron la noche explorándose. María descubrió lo que se sentía al montarlo, dejando que sus senos rebotaran libremente mientras controlaba el ritmo. Lucas aprendió a usar su nueva fuerza para ponerla de rodillas y tomarla por detrás, una mano rodeándole el pecho para sostenerla. Probaron posiciones, caricias, la forma en que la boca de uno hacía que el otro perdiera el control. Cada orgasmo era una revelación. Cada roce les recordaba que aquellos cuerpos, aunque impuestos, podían dar un placer brutalmente real.

Al final cayeron exhaustos, enredados el uno en el otro, sudorosos y todavía temblando por las últimas secuelas.

---

A la mañana siguiente, María fue la primera en despertar.

El cuerpo le dolía de una forma agradable y profundamente satisfecha. Se levantó con cuidado para no despertar a Lucas, se duchó y se vistió con ropa cómoda. Mientras preparaba un desayuno sencillo —tostadas, café y un par de frutas—, no pudo evitar sonreír torpemente al recordar la noche anterior. Todavía sentía ecos del placer entre las piernas.

Cuando terminó de cocinar, tomó un trozo de pan dulce y una fresa y se acercó a la caja improvisada donde había dejado al ratón.

El animalito ya estaba mucho más animado. Se movía con más energía y, en cuanto vio la comida, se abalanzó sobre ella con una urgencia casi desesperada. María lo observó mientras devoraba el pan y después la fresa con una avidez que parecía de alguien que no había comido en días.

—Tranquilo, pequeño… hay más si quieres.

Estaba a punto de girarse para volver a la cocina cuando escuchó unos chillidos suaves. No eran de dolor. Eran torpes, irregulares, como si el ratón estuviera intentando llamar su atención de forma deliberada. María se agachó de nuevo, frunciendo el ceño.

—¿Qué te pasa pequeño?


Extendió un dedo y lo acarició con suavidad en el lomo. El ratón no solo aceptó el contacto: levantó las patitas delanteras y se aferró a su dedo con una fuerza sorprendente, sin querer soltarlo. Se quedó allí, colgado, mirándola con unos ojitos negros intensos mientras emitía aquellos sonidos cortos y desesperados.

María se quedó completamente quieta.

Los gestos de la noche anterior… la forma en que había intentado comunicarse incluso herido… la avidez con la que comía… y ahora esto.

Una idea aterradora cruzó su mente como un rayo.

¿Y si ese ratón no era solo un ratón común?

¿Y si quizá y solo quizá era una persona, y si era Amber?





WOLAS MIS QUERIDOS LECTORES ¡¡¡¡¡¡ ya estamos a la mitad de la historia y de aquí se pone mas interesante esta  semana publicare unas historias que son peticiones , serán algo cortas pero tendrán buen contenido si tiene ideas  o peticiones en la caja de comentarios. 

jueves, 15 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 4

Pasaron algunos días más.

La vida de Andrés parecía mejorar a pasos agigantados, como si el anillo no solo le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, sino también una especie de suerte retorcida. Su popularidad en el campus crecía sin freno. Cada vez más gente se le acercaba, se reía de sus comentarios y aceptaba sus invitaciones. Un miércoles por la tarde, Lucas lo vio aparcar un auto completamente nuevo en el estacionamiento de estudiantes: un modelo reciente, oscuro y llamativo, que claramente no estaba al alcance de alguien con su anterior situación económica. Andrés bajó del vehículo como si llevara años conduciéndolo, con esa seguridad física que ahora exhibía sin ningún disimulo.

Lucas apretó la mandíbula hasta dolerle y se alejó antes de que el otro pudiera notarlo.

María, en cambio, tomó una decisión impulsiva y peligrosa.

Sin decírselo a Lucas —precisamente para no preocuparlo—, compró un tinte barato y se encerró en el baño una noche. El resultado fue un rubio claro, casi platino, que le cambiaba por completo la apariencia. Se miró al espejo durante un buen rato, sintiendo una mezcla de rechazo y necesidad práctica. No le gustaba. Pero si iba a seguir a Andrés, necesitaba parecer otra persona. Al día siguiente se puso unas gafas de montura gruesa que encontró en una tienda de segunda mano y se lanzó a la calle con el corazón latiéndole en la garganta.

Lo siguió con extremo cuidado.

Andrés caminaba con paso seguro hacia el edificio de Ciencias, aparentemente solo. María mantuvo distancia, pegada a las paredes, usando grupos de estudiantes como cobertura cada vez que él giraba la cabeza. Lo vio entrar por una puerta lateral y subir a un segundo piso poco transitado a esa hora. Allí, en un pasillo casi vacío, Andrés se detuvo frente a un hombre de unos cuarenta años que revisaba unos papeles junto a una ventana: el profesor Arlo, docente de Estadística, conocido por ser estricto pero justo.

La conversación empezó en tono bajo, pero pronto se volvió tensa.

—Mis calificaciones no merecían ese suspenso —decía Andrés con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Usted me tiene manía.

El profesor Arlo ni siquiera levantó la vista de inmediato.

—Lo reprobé porque no estudió, Andrés. Las consecuencias de no prepararse son exactamente estas. No fue personal.

Fue entonces cuando María, escondida tras el marco de una puerta entreabierta, vio cómo Andrés sacaba el anillo del bolsillo y se lo colocaba en el dedo con una naturalidad escalofriante. El metal oscuro brilló débilmente.

—Sabes… —murmuró Andrés, levantando la mano—. Tal vez una nueva apariencia haga que te presten más atención. O que por fin entiendas lo que se siente cuando las cosas se te van de las manos.

El haz de luz surgió del anillo antes de que el profesor pudiera reaccionar.

María se tapó la boca con ambas manos para no gritar.

El cuerpo del profesor Arlo se contorsionó de forma antinatural. Perdió altura. Los hombros se estrecharon, la cintura se marcó y el pecho se expandió bajo la camisa formal hasta desgarrar un botón. El pelo se alargó y se volvió más oscuro; el rostro se suavizó, adquiriendo facciones femeninas claras. En cuestión de segundos, donde había estado un hombre de mediana edad ahora había una mujer de aspecto maduro pero atractivo, con un cuerpo curvilíneo atrapado en ropa de hombre que le quedaba ridículamente grande y torcida.

La nueva profesora miró sus manos, luego se tocó el pecho con dedos temblorosos. Un sollozo ahogado le escapó de la garganta cuando escuchó su propia voz, ahora claramente femenina.

Andrés soltó una risa baja, satisfecho.

—Ya he practicado con al menos tres personas antes que tú —dijo con tono casi casual, como quien comenta el clima—. Así que ni una palabra de esto a nadie… o podrías terminar como Amber. ¿Quedó claro?

La mujer que había sido el profesor Arlo asintió con la cabeza, pálida y temblando, incapaz de articular palabra. Andrés se guardó el anillo, le dio una última mirada de superioridad y se alejó por el pasillo silbando bajito.

María permaneció escondida varios minutos después de que él desapareciera, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho. El horror la tenía clavada en el sitio. Acababa de presenciar cómo alguien más perdía su vida tal como ellos la habían perdido. Y la amenaza sobre Amber resonaba en su cabeza como un eco venenoso.

Cuando por fin se aseguró de que Andrés no iba a regresar, salió de su escondite con pasos cuidadosos.

La nueva docente seguía de pie junto a la ventana, abrazándose a sí misma, con la ropa masculina colgándole del cuerpo y lágrimas silenciosas resbalándole por las mejillas. María se acercó despacio, levantando ambas manos a la vista para no asustarla más de lo que ya estaba.

—Profesora… —susurró con voz temblorosa—. Yo… yo vi lo que le hizo. No está sola.

La mujer que hasta hace apenas unos minutos había sido el profesor Arlo dio un respingo al ver a María. Sus ojos —ahora más grandes y enmarcados por pestañas que antes no tenía— se abrieron con puro pánico. Retrocedió un paso, tropezando casi con la ropa de hombre que le colgaba del cuerpo de forma ridícula.

—T-tiene que hacer algo… —balbuceó con voz temblorosa y claramente femenina—. Ese sujeto no puede estar haciendo esto a la gente así porque sí. No puede…

María levantó ambas manos en un gesto calmado, intentando no asustarla más.

—Entiendo cómo se siente —dijo en voz baja—. Pasé por algo similar. Yo… también fui cambiada. No está sola en esto.

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. La nueva profesora se llevó las manos al rostro y empezó a llorar con sollozos contenidos, el cuerpo sacudido por temblores que no podía controlar. María sacó el teléfono con dedos un poco torpes y le envió un mensaje rápido a Lucas:

«Ven al aula 214 de Ciencias. Ahora. Es urgente. No vengas solo.»

La respuesta llegó en menos de veinte segundos:

«Voy para allá.»

Mientras esperaban, María intentó consolar a la mujer lo mejor que pudo. Le habló en tono suave, explicándole a grandes rasgos lo del anillo, de Andrés y de cómo el hechizo no solo transformaba el cuerpo, sino también la identidad a ojos del resto del mundo. La profesora escuchaba entre lágrimas, asintiendo a ratos, todavía en estado de shock.

Fue entonces cuando ambas notaron el cambio en la ropa.

La camisa formal de hombre que le quedaba enorme comenzó a encogerse y a modificarse ante sus ojos. La tela se tiñó de un color más suave, las mangas se ajustaron a unos brazos más delgados y el escote se abrió ligeramente. El pantalón de traje se transformó en una falda lápiz oscura que marcaba unas caderas que antes no existían. Incluso el maletín de cuero que yacía en el suelo se distorsionó, volviéndose un bolso femenino de tamaño mediano. La magia estaba terminando de asentar la nueva realidad.

La profesora soltó un gemido ahogado al verse reflejada de cintura para abajo en la ventana.

En medio de aquel momento tenso, un movimiento en la puerta entreabierta captó la atención de María.

Uno de los gatos callejeros que solían rondar el campus entró al aula con paso decidido, la cola erguida y la mirada fija. No parecía un animal perdido: se movía como si estuviera buscando algo concreto. O cazando. María apenas le prestó atención al principio; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hasta que el felino dio un salto preciso y atrapó entre sus mandíbulas un pequeño ratón grisáceo que había intentado escabullirse detrás de una estantería.

El chillido agudo del roedor la hizo reaccionar.

En algún momento de su vida anterior, cuando todavía era Mateo, había tenido hámsteres y ratones como mascotas. Sabía lo frágiles que eran. Sin pensarlo demasiado, se acercó con cuidado, espantó al gato de un manotazo y logró liberar al ratón de entre sus dientes. El animalito quedó temblando en la palma de su mano, con el pelaje húmedo y un par de marcas rojas en el costado, pero todavía vivo.

María lo observó unos segundos. Luego, impulsivamente, lo guardó con cuidado en el bolsillo delantero de su chaqueta, donde quedaría algo protegido y caliente.

Fue al acomodarlo cuando notó algo extraño.

El ratón, a pesar del evidente dolor y el miedo, movía las patitas delanteras de forma torpe y descoordinada. No eran los movimientos frenéticos habituales de un animal asustado. Parecían… intencionales. Como si intentara hacer gestos. Como si quisiera comunicarse.

María frunció el ceño y estaba a punto de sacarlo de nuevo del bolsillo para mirarlo mejor cuando la puerta del aula se abrió de golpe.

Lucas entró casi corriendo, con la respiración agitada y la expresión de quien espera lo peor. Su mirada pasó de María a la mujer que sollozaba junto a la ventana… y se detuvo en seco al comprender lo que estaba viendo.


miércoles, 14 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 3

Salir del edificio se sintió como cruzar una frontera invisible.

Mientras recogían lo que creían que eran sus cosas, la realidad empezó a golpearlo con más fuerza. Las mochilas ya no tenían los mismos llaveros ni los mismos stickers. Los carnets universitarios mostraban fotos distintas y nombres que no reconocían del todo al principio. El teléfono de quien había sido Lucía ahora respondía al nombre de Lucas, y el de quien había sido Mateo aparecía registrado como María. Incluso las conversaciones antiguas en los chats habían sido reescritas con una naturalidad aterradora. La magia del anillo no se había limitado a sus cuerpos: había reescrito sus identidades por completo.

Caminaron en silencio hasta el edificio de residencias estudiantiles. Cuando llegaron a lo que debería haber sido el cuarto de Mateo, ambos se detuvieron frente a la puerta. Lucas —todavía acostumbrándose a la altura extra y a la voz grave— giró la llave con dedos torpes. Al abrir, el impacto fue inmediato.

Ya no era el cuarto de un chico.

Las paredes habían cambiado a un tono suave, casi pastel. Había cortinas claras, una cama más ordenada con fundas de un color delicado, un pequeño tocador con espejo y productos de cuidado personal femeninos perfectamente alineados. Ropa doblada sobre una silla: blusas, pantalones de tiro alto, una chaqueta que claramente no pertenecía al Mateo que ambos recordaban. Hasta el olor era distinto: más limpio, con un leve rastro de perfume floral.

María dio un paso dentro y se detuvo en seco. Sus nuevas manos pequeñas se cerraron en puños. Luego, sin previo aviso, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Se llevó ambas manos al rostro —un rostro delicado, de facciones bonitas que todavía le resultaban ajenas— y soltó un sollozo ahogado.

—Lo cambió todo… —susurró con aquella voz femenina que aún le sonaba extraña—. No solo nuestros cuerpos. Todo. Mi cuarto, mi nombre, mi vida…

Lucas se acercó de inmediato. El cuerpo masculino que ahora habitaba se movía con una fuerza y una estatura que todavía no controlaba del todo, pero el gesto fue cuidadoso. La rodeó con los brazos —unos brazos más anchos y fuertes de lo que Lucía nunca había tenido— y la atrajo contra su pecho.

—Lo sé… —murmuró con voz grave, sintiendo cómo el peso de María contra él resultaba extrañamente natural y a la vez completamente incorrecto—. Yo también lo siento. Es como si nos hubieran borrado y escrito encima.

María lloraba contra su camiseta, los senos nuevos presionados contra el torso plano de Lucas. Las caricias empezaron casi por reflejo: la mano grande de Lucas subiendo y bajando por la espalda de ella, los dedos de María aferrándose a la tela como si temiera que también eso fuera a desaparecer. Poco a poco, entre sollozos y susurros de consuelo, los rostros se fueron acercando. La necesidad de contacto, de reafirmar que seguían siendo ellos a pesar de todo, los empujó el uno hacia el otro.

Estuvieron a punto de besarse.

Los labios se rozaron apenas… y María se separó de golpe, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.

—No puedo… —dijo en voz baja, apartando la mirada—. No me gustan los chicos. Nunca me han gustado. Y ahora tú… tú eres uno.

El silencio que siguió fue doloroso. Lucas sintió un nudo frío en el estómago. Dio un paso atrás, de repente consciente de su nueva altura, de su voz grave, de la forma masculina de su cuerpo.

—Entonces… esto puede romperlo todo —susurró, y por primera vez desde la transformación su voz sonó realmente vulnerable.

María se abrazó a sí misma, todavía con las mejillas húmedas.

—Esto es lo que quería Andrés —dijo con amargura—. Que no pudiéramos estar juntos. Que cada vez que nos miráramos sintiéramos que algo está mal.

Lucas apretó la mandíbula. La rabia le subió por el pecho, mezclada con un miedo profundo.


—Entonces ¿por qué no simplemente nos hizo desaparecer como a Amber? ¿Por qué dejarnos así?

María levantó la vista. Sus ojos nuevos, más grandes y expresivos, brillaban por las lágrimas contenidas.

—Tal vez quiere vernos sufrir —respondió con aquella voz suave y femenina—. Quiere vernos intentar… y fallar.

Hubo un largo silencio. Luego Lucas respiró hondo, enderezando la espalda como si intentara ocupar por completo el cuerpo que ahora habitaba. Se acercó de nuevo, pero esta vez con más cuidado, y tomó las manos pequeñas de María entre las suyas.

—Por ahora vamos a calmarnos —dijo con firmeza—. Llorar no nos va a devolver nada. Tenemos que pensar. Encontrar la forma de quitarle ese anillo. Sin el anillo, quizás todo esto se pueda deshacer.

María lo miró durante varios segundos. Estaba desanimada, agotada, profundamente asustada… pero al final asintió.

Se dejaron caer juntos sobre la cama que ahora era de María. El colchón era más suave de lo que Mateo recordaba. Se abrazaron en silencio, acomodándose con torpeza a los nuevos contornos del otro: el pecho plano de Lucas contra el cuerpo curvado de María, las piernas enredándose, las respiraciones buscando el mismo ritmo.

—Nuestro amor no va a apagarse —susurró Lucas contra el pelo de ella—. Ni siquiera en una situación como esta. Lo prometo.

María cerró los ojos, aferrándose a la camiseta de él.

—Lo prometo también…

El cansancio, el shock y el peso emocional del día terminaron por vencerlos. Abrazados, en una habitación que ya no les pertenecía del todo, Lucas y María se quedaron dormidos, aferrándose el uno al otro como única certeza en medio del caos.

Los días siguientes se arrastraron con una lentitud cruel.

La transformación no se desvaneció ni se suavizó con el tiempo. Cada mañana, Lucas despertaba en un cuerpo que seguía sin sentirse del todo suyo: más alto, más pesado en los hombros, con una voz grave que todavía lo sorprendía cuando hablaba en voz alta. María, por su parte, abría los ojos y se encontraba de nuevo con el peso suave de unos senos que no deberían estar ahí, con una cintura más estrecha y una forma de moverse que el mundo ahora daba por sentada. Ambos habían aprendido a funcionar en sus nuevas pieles lo suficiente como para no llamar demasiado la atención, pero la incomodidad constante no desaparecía.

Andrés, en cambio, parecía estar disfrutando de cada segundo.

Aparecía poco frente a ellos, casi como si deliberadamente los evitara… o como si quisiera que lo vieran solo desde lejos. Cuando lo hacían, siempre estaba en medio de algún grupo, riendo demasiado alto, inclinándose hacia alguna chica con esa nueva confianza física que el anillo le había otorgado. Más alto, más atractivo, más seguro. Las mismas estudiantes que antes lo esquivaban ahora le devolvían la sonrisa. Lucas y María lo observaban desde la distancia, impotentes, con el estómago revuelto. No podían enfrentarlo abiertamente. No todavía. No sin un plan. Y esa impotencia se les acumulaba en el pecho como una piedra cada vez más pesada.

Mientras tanto, los carteles de Amber seguían multiplicándose.

Estaban en cada pasillo, en las puertas de los baños, en los tablones de anuncios y en los postes del campus. “Desaparecida”. La misma foto de siempre: Amber sonriendo un poco tímida, con el pelo recogido y una sudadera universitaria. Debajo, los datos de contacto de su familia y un número de la policía. Cada vez que Lucas o María pasaban junto a uno de aquellos carteles, sentían un escalofrío distinto. Ellos habían escuchado el grito. Habían visto la ropa tirada en el suelo. Sabían, con una certeza horrible, que Andrés estaba involucrado… y que podrían haber terminado exactamente igual.

Lucas, que había coincidido brevemente con Amber en un par de clases el semestre anterior, empezó a hacer preguntas discretas. Habló con un par de compañeros de Biología, con una chica que compartía departamento con una amiga de Amber, incluso con un chico que había estado en el mismo grupo de trabajo que ella meses atrás. Poco a poco, los fragmentos empezaron a encajar de una forma inquietante.

Andrés había intentado algo con Amber.

Según lo que logró reunir, el chico se le había acercado varias veces en las semanas previas a su desaparición. Al principio con el pretexto de apuntes, después con invitaciones a salir, y finalmente con una insistencia que a Amber le había resultado incómoda. Ella le había dicho que no. De forma clara. Y poco después… había desaparecido.

La información cayó sobre Lucas y María como un balde de agua helada.

Esa misma noche, en el cuarto que ahora pertenecía a María, ambos se sentaron en el borde de la cama en silencio. La única luz provenía de la lámpara de escritorio. Afuera, el campus seguía su ritmo nocturno, ajeno a la verdad que ellos cargaban.

—Podríamos haber sido nosotros —susurró María, con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña al escucharla—. Si no nos hubiéramos aferrado el uno al otro cuando lanzó el hechizo… si hubiéramos estado separados…

Lucas apretó la mandíbula. Sus manos, ahora más grandes, se cerraron en puños sobre sus rodillas.

—Las amigas de Amber están organizando búsquedas cada tarde —dijo en voz baja—. Su madre viene al campus casi todos los días. Pega más carteles. Pregunta a todo el que se le pone delante. Y nosotros… nosotros sabemos quién fue. Y no podemos decir nada. Porque si lo hacemos, ¿quién nos va a creer? ¿Y qué nos hace si nos descubre antes de tiempo?

El silencio que siguió fue denso, cargado de rabia e impotencia. María se abrazó a sí misma, sintiendo el peso familiar y a la vez ajeno de su nuevo pecho. Lucas la miró de reojo, sintiendo una mezcla dolorosa de ternura y frustración. Seguir juntos se había vuelto más complicado desde el cambio. El deseo de tocarse, de buscar consuelo en el cuerpo del otro, chocaba constantemente con la nueva realidad de sus géneros. Y sin embargo, la idea de perderse el uno al otro era todavía peor.

La desaparición de Amber, los carteles, las lágrimas de su familia y el fanfarroneo descarado de Andrés en los pasillos no hacían más que avivar algo dentro de ambos.

Ya no se trataba solo de recuperar sus cuerpos.

Se trataba de detenerlo.

De arrebatarle ese anillo antes de que volviera a usarlo con alguien más.

Y aunque todavía no sabían cómo, la necesidad de encarar la situación crecía cada día que pasaba, alimentada por la culpa, el miedo… y una rabia cada vez más fría y determinada.


WOLAS  A  TODOSSSS¡¡¡¡ Aquí Astro disculpen la demora , pero he aquí un nuevo cap de  la historia, ya saben cualquier sugerencia  comentario o petición en la caja de comentarios , incluso sus dudas acerca de elementos de la historia y teorías  todo es bienvenido.

lunes, 12 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 2

Cuando la pareja se giró, el aire pareció detenerse un segundo.

Era Andrés.

Pero no el Andrés que recordaban.

El chico obsesivo, un poco encorvado y de mirada incómoda que había intentado interponerse entre ellos el año anterior ya no estaba. En su lugar había un joven alto, de hombros anchos y postura segura. El rostro se le había afilado, volviéndose marcadamente atractivo; la mandíbula más definida, los ojos más intensos bajo unas cejas perfectamente arqueadas. Incluso la forma de vestir había cambiado: ropa oscura que le quedaba justa, resaltando un cuerpo claramente más fornido. Parecía otra persona. Una versión mejorada, casi irreal, de sí mismo.

Mateo frunció el ceño de inmediato. Lucía, en cambio, parpadeó un par de veces, sorprendida por el cambio tan drástico.

Andrés sonrió con lentitud, apoyando un hombro contra la pared como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vaya, vaya… —dijo con voz más grave de lo que recordaban—. ¿Disfrutando del momentito a solas? Qué romántico. Justo como en los viejos tiempos.

Lucía se tensó. Todavía tenía una mano apoyada en el pecho de Mateo.

—¿Nos seguiste? —preguntó directamente, sin rodeos.

Andrés asintió sin ninguna vergüenza, como si fuera lo más natural del mundo.

—Claro. No fue difícil. Ustedes dos siempre terminan buscando rinconcitos escondidos.

Hubo un silencio incómodo. Entonces Andrés enderezó un poco la espalda, mirando fijamente a Lucía con una intensidad que hizo que a ella se le erizara la piel.

—Dime una cosa, Lucía… viéndome ahora, ¿de verdad no querrías estar conmigo?

La pregunta cayó como una losa. Lucía lo miró con una mezcla de extrañeza y firmeza. No había duda en su voz cuando respondió:

—No. Felicidades por el cambio físico, se te nota el esfuerzo… pero entre tú y yo no va a haber nada. Nunca lo hubo y nunca lo habrá.

El rostro de Andrés se quebró por un segundo. La sonrisa segura se transformó en una mueca de puro disgusto y decepción. Los ojos se le endurecieron de una forma que ninguno de los dos había visto antes.

Mateo reaccionó al instante. Se interpuso delante de Lucía, protegiéndola con el cuerpo, una mano extendida hacia atrás para mantenerla cerca.

—Ya basta, Andrés. No sé qué mierda te has metido o qué te ha pasado, pero aléjate.

Andrés soltó una risa baja, casi silenciosa, que no llegó a sus ojos. Sacó una mano del bolsillo y entre los dedos brilló algo metálico: un anillo antiguo, de diseño retorcido, con una piedra oscura en el centro.

—Ustedes dos casi arruinan mis planes el otro día —murmuró mientras se colocaba el anillo en el dedo índice—. Corriendo por los pasillos, metiendo las narices donde no debían… Menos mal que al final no vieron demasiado.

Levantó la mano y apuntó directamente al pecho de Mateo. La piedra del anillo comenzó a emitir un débil resplandor.

—A ver cómo se las arreglan después de esto.

Un haz de luz densa y violácea surgió del anillo con un zumbido agudo. Mateo apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa. Lucía, al ver el peligro, no lo pensó: se abalanzó hacia adelante y se aferró a él con fuerza, intentando empujarlo fuera del alcance del hechizo o al menos protegerlo con su propio cuerpo.

Fue inútil.

El haz los envolvió a los dos al mismo tiempo.

Una oleada de calor imposible les recorrió la piel, seguida de un mareo brutal que les dobló las rodillas. El mundo dio un vuelco. Los sonidos se volvieron lejanos, distorsionados. Lucía sintió cómo los brazos de Mateo intentaban sujetarla incluso mientras ambos perdían fuerza.

La última cosa que vieron antes de que la oscuridad los tragara por completo fue la sonrisa satisfecha de Andrés, todavía con la mano extendida y el anillo brillando en la penumbra del pasillo.

La consciencia regresó de forma lenta y confusa.

Lucía abrió los ojos primero. El techo del pasillo le resultaba extrañamente lejano. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y cuando por fin logró incorporarse apoyándose en los codos, una sensación de desajuste profundo la invadió. Todo a su alrededor parecía… más pequeño. El marco de la puerta, las paredes, incluso el suelo se sentía distinto bajo su peso. Se llevó una mano a la cabeza y notó que sus dedos eran más grandes, más toscos. El cabello, antes largo, ahora le rozaba apenas la nuca.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

Giró la cabeza buscando a Mateo y lo encontró todavía tendido en el suelo, a un par de metros. Pero la figura que yacía allí no era la de su novio.

Era una chica.

Una joven de facciones delicadas y atractivas, con el pelo castaño un poco alborotado cayéndole sobre el rostro. El cuerpo, aunque aún semiconsciente, se adivinaba bien proporcionado: hombros suaves, cintura marcada y una curva evidente bajo la tela de una blusa que Lucía no reconocía. El pánico le subió a la garganta como un sabor amargo.

—¿Mateo…? —intentó llamar.

La voz que salió de su boca no era la suya.

Era grave. Claramente masculina.

Lucía se quedó paralizada, con la mano todavía extendida hacia la chica del suelo. Bajó la mirada hacia su propio pecho… y el mundo dio un vuelco. Ya no había senos. En su lugar, un torso plano bajo una camiseta de hombre que le quedaba justa de hombros. Las manos grandes. Los brazos más fuertes. Las piernas más largas.

Se había convertido en un chico.

En ese preciso momento, la joven del suelo —Mateo— abrió los ojos. Parpadeó desorientada, y cuando su mirada se encontró con la figura masculina que la observaba, el terror le invadió el rostro de inmediato. Intentó incorporarse y, al hacerlo, notó el peso extraño en el pecho. Dos senos que no deberían estar ahí tiraron suavemente de su torso. Soltó un jadeo agudo… y la voz que le salió fue claramente femenina, más alta y suave de lo que jamás había tenido.

—¿Q-qué… qué pasó? —preguntó con aquella voz ajena, mirando sus propias manos pequeñas y luego el cuerpo de Lucía—. ¿Lucía? ¿Eres tú?

Se reconocieron en el mismo instante en que el miedo empezó a transformarse en una comprensión horrible.

Andrés los había cambiado.

Habían intercambiado géneros.

Mateo —ahora atrapado en un cuerpo de mujer joven y atractiva— se miró el pecho con los ojos muy abiertos, palpándose por encima de la blusa como si necesitara confirmar que era real. Los senos respondieron al tacto con un peso suave y una sensibilidad que le arrancó un temblor. La ropa también había cambiado: ya no llevaba su camiseta ni sus vaqueros. En su lugar, una blusa clara y un pantalón vaquero de mujer le ceñían las nuevas caderas.

Lucía (ahora en un cuerpo masculino alto y de complexión atlética) se acercó torpemente, todavía acostumbrándose a la nueva longitud de sus piernas y a la gravedad de su voz.

—Somos nosotros —dijo, arrodillándose a su lado—. Nos cambió. Ese maldito anillo… nos cambió de género.

Mateo seguía en shock, respirando agitado, con una mano todavía apoyada sobre su propio pecho como si no pudiera aceptar lo que sentía.

—Tengo… tetas —susurró, casi histérico—. Soy más pequeña. Mi voz… mierda, Lucía, mi voz.

Lucía le ofreció una mano —ahora grande y claramente masculina— para ayudarlo a levantarse. Mateo la aceptó con dedos temblorosos y se puso de pie, tambaleándose un poco por el cambio de equilibrio y el peso desconocido en el torso.

—Tenemos que encontrar a Andrés —dijo Lucía con urgencia, aquella voz grave todavía sonándole extraña en sus propios oídos—. Tiene que deshacer esto. Ahora.

Mateo negó con la cabeza, aunque el gesto le resultó distinto con su nuevo rostro.

—No. No ahora. Acabas de ver lo que le pasó a Amber… o lo que sea que le hizo. Si vamos detrás de él sin un plan, podríamos terminar igual. O peor. Tenemos que pensar. Buscar la forma de enfrentarlo con ventaja.

Lucía apretó la mandíbula, frustrada, pero terminó asintiendo. Mateo tenía razón. Actuar por impulso era exactamente lo que Andrés probablemente esperaba.

Sin decir mucho más, ambos empezaron a caminar de regreso hacia el interior del campus. Cada paso les recordaba la nueva realidad: la forma distinta de moverse, el peso del cuerpo, la ropa que no era suya, las miradas que empezaban a recibir de los pocos estudiantes que aún deambulaban por los pasillos a esa hora.

La vida que conocían acababa de dar un vuelco enorme.

Y ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo volver a ponerla en su sitio.


WOLAS A TODOS¡¡¡¡¡¡¡¡ DISCULPEN LA DEMORA   aquí una nueva parte de esta nueva historia ya saben cualquier comentario sugerencia o petición los leeré en la caja de comentarios. 

domingo, 2 de junio de 2024

Robándome la familia de mi Tía

 

La tía Claudia siempre había sido muy amable conmigo, desde niño me había cuidado después de que mis padres se divorciaran ella aprecia tan feliz con su esposo que ambos tíos me adoptaron como un hijo más de su familia, ya que mis padres me dejaron luego de su distanciamiento.

Años después, mientras regresaba de la preparatoria, encontré a mi tía muy triste, eran los primeros episodios de pleitos entre ella y su esposo, por lo que cada vez más, esos problemas me recordaban con tristeza a los de mis padres.

Yo le dije que la apoyaba en lo que quisiera, hasta que un día, ella ya no pudo más, me mostro un par de anillos, con los que según ella podíamos cambiar de cuerpo, ella me dijo que le prestara mi cuerpo por un tiempo hasta que los problemas del divorcio terminarán, ella no tenía las fuerzas para hacerlo.

Yo acepté con gusto, aunque sentía extraño tener que cambiar de cuerpo con mi tía, ya que ella es una mujer adulta, sin embargo, el morbo de la idea que me sugirió me lleno de intriga y perversión, así que acepté y sin más ya teníamos el cuerpo del otro.

Yo estaba molesto y obvio en plan de apoyar a mi tía contra mi tío, pero ahora yo debía de lidiar con los problemas de su matrimonio, por lo que yo aun era esposa de mi tío.

Al poco tiempo, tuve que acostumbrarme a el cuerpo de mujer de mi tía, sentía extraño tener sus tetas y su culo grandote meneándose cada paso que daba, vestirme y tener que actuar como ella delante de mis primos para que o se dieran cuenta.

Un día, se me ocurrió vestirme algo provocativas, ya que recordaba a mi tía lucir su cuerpo bastante hermoso, incluso alguna vez sentí curiosidad de verla desnuda, ahora ya la eh visto tantas veces que ya me acostumbré a ser ella.

Me encantaba mi manera de vestirme siendo mi tía, sentía que aprovechaba mejor su cuerpo que ella misma, incluso la veía feliz siendo un adolescente, cuando entonces, mi trio regreso tarde del trabajo, yo aun estaba arreglado como mi tía de una forma sexi, mi tío aún vivía con mi tía ya que todavía no se separaban del todo.


Fue cuando me miró con mucha codicia, que de repente comenzamos a besarnos, yo no quería ya que estaba enojado, no podía permitir que mi tío se aprovechara de mi tía, ya que ella sufría por su culpa, no podía dejar que tocara a mi tía y se aprovechara de ella, o bueno, de mí, pero las cosas se salieron de control, entonces, comencé a tener recuerdos de cuando mi tía era feliz con mi tío.

Una extraña chispa se despertó en ambos y fue de un momento a otro terminamos en la cama teniendo el mejor sexo que jamás me hubiera imaginado en mi vida, menos siendo yo la mujer madura en esta situación.

Mi tío parecía estar feliz y yo por otro lado estaba incrédulo, pero tan feliz como mi tío de la satisfacción tan grande que ambos sentimos con nuestros cuerpos calientes.

Luego de unos días, la relación entre mis tíos estaba mejor que nunca, mi tío parecía estar muy feliz y yo me sentía feliz con él, era extraño, era una mujer que se sentía nuevamente plena y feliz con su esposo, no quería decirle a mi tía lo que paso, me sentía como si la hubiera traicionado pero la verdad no podía dejar de pensar en mi nuevo marido y esperaba cada día con ansias a que llegara y tuviéramos ese momento en la cama.

Un día, mi tía llegó de sorpresa cuando mi tío y yo estábamos teniendo intimidad, ella se sorprendió al vernos, pero no dijo nada, incluso, creo que estaba feliz de ver que había solucionado el problema entre ambos.

Un día ella llego de visita cuando no había nadie, platicamos sobre lo sucedido y como me sentía al respecto de haber tenido sexo con un hombre, lo cual para mí fue maravilloso.

Le dije también que las cosas estaban mejor entre ambos así que ella con alegría quería regresar a su cuerpo y retomar su vida con el hombre del que ella estaba enamorada.

Me quedé en un silencio incomodo y le dije que yo quería continuar siendo ella, que yo era quien hacía feliz a mi tío y que él era feliz con ella solo porque yo era quien tenia su cuerpo, ella tomo las cosas a mal, tenía coraje y me reclamó, me hecho en cara todo lo que había hecho por mí y yo le dije que no me importaba que yo ahora era su tía y debía de respetarme.

Yo deseaba estar con mi tío y tener una familia que no ese destruyera, que entendía perfectamente como era ver que tus padres se separaran y que yo no iba a permitir que mis primos sufrieran por eso, mi esposo y yo éramos felices y no dejaríamos que eso terminara nunca.

Ahora, mi tía siempre nos visita en las reuniones familiares ella me ve siempre con coraje y con tristeza porque nunca pudo recuperar su cuerpo, además de los enormes celos y la envidia que sienten al ver lo bien que luzco en su cuerpo y lo mucho que aprovechó a mi esposo, pero está bien amenazada, ya que, si ella dice algo, solo la tomaran como un loco psicópata que denunciaré de acoso si intenta hacerme algo.

-Kary-


miércoles, 10 de enero de 2024

"𝐋𝐨𝐬 𝐑𝐞𝐠𝐚𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐑𝐞𝐲𝐞𝐬 𝐌𝐚𝐠𝐨𝐬"


 "Los Regalos de los Reyes Magos"


Cap 1 : 

https://karinabodyswap.blogspot.com/2024/01/los-regalos-de-los-reyes-magos.html?m=1

Cap 3 : 


——————¡𝐄𝐥 𝐑𝐞𝐠𝐚𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐊𝐞𝐯𝐢𝐧!—————-


Luego de salir de la casa de Julio, Kevin se apresuró a buscar el cuerpo que tanto deseaba, en ese momento, caminó a la casa de Mariano.


Kevin se encontraba pensado en si sería una buena opción robar el cuerpo de la madre de su amigo, podría incluso, haber muchísimas mejores opciones para poder usar la Daga que le había regalado ese Rey Mago Oscuro.


Pero todas sus intenciones y fantasías de adolescente se inclinaban sobre aquella voluptuosa mujer.


Gabriela estaba haciendo el quehacer de la casa , su esposo se había ido a trabajar mientras que sus niña estaba jugando con sus regalos de reyes.


La mujer pensaba en cómo su hijo mayor ya no recibía obsequios debido a que ya era un niño grande, pero pensaba apurarse con la limpieza para ir al súper y comprarle una pista con unos carritos para sorprenderlo.


De repente, Gabriela escucha como tocan apresuradamente a la puerta, Kevin no quería perder tiempo llegando a toda marcha a la casa de su amigo, sus manos temblaban empuñando la Daga en sus manos.


Una vez que Gabriela salió, Kevin se quedó petrificado mirando el gran escote y las tremendas tetas que colgaban del pecho de la señora.


-¡Hola tetas de milf!


Kevin se expresaba mientras que Gabriela se quedaba desconcertada mirando al adolescente que no quitaba la vista de su pecho.


-¡Oye niño…!, mis ojos están aquí arriba, ¿Qué haces aquí?, ¿Donde está Mariano? 


Kevin se apuró ante su descuido y la empujó dentro de la casa, luego de eso le clavó la Daga en su espalda y la mujer comenzó a gritar desesperada experimentando un dolor intenso en todo su cuerpo.


Kevin solo miraba como un aterrador humo negro salía de la boca de la mujer, mientras que esta se retorcía del dolor a la vez de que su cuerpo se desinflaba como si fuera magia.


-¡No puede ser, la maté! - Kevin jadeaba entre el deseo y el pánico.


Se acercó a la mujer hecha cuero y con algo de asombro combinado con miedo, tomó la piel que estaba en el suelo asombrado de cómo está lucia en ese tipo de material cuerudo y realista.


Kevin notó que el agujero que había hecho con la daga estaba estirado como para entrar en el, lo abrió un poco más y empezó a estirar la piel de la mujer sobre su cuerpo colocándosela como si de un traje se tratara.


-¡Increíble esta cosa se estira y se pega a mi piel! 


Kevin miraba como la piel del cadaver de Gabriela se impregnaba en su cuerpo hasta que poco a poco está lo había cubierto en su totalidad. 


Ya solo faltaba la cabeza que se encontraba colgando de su cuello, sentía una pequeña incomodidad en todo su cuerpo deformándose por la piel de Gabriela hasta que finalmente se instaló la cabeza de cuero encima de la suya terminando el proceso de transformación.


-¡Ah, que es esto que se siente tan…, tan rico!, ¿Son…, mis senos?, ¡Mi voz!, ¡Sueno como…!, ¡La señora Gabriela! 


Kevin reaccionaba extrañado ante las distintas sensaciones que experimentaba con su nuevo cuerpo, ahora parecía más grande, más voluptuoso, tenía el cuerpo de la mamá de Mariano mirando hacia abajo las increíbles y deliciosas tetas con las que siempre había soñado aplastar con sus manos.


Ahora eran suyas, miró debajo de su mismo como las dos bolas de carne estorbaban su visión más abajo, el cosquilleo de la emoción se experimentaba hasta su entrepierna donde ya no se encontraba más su miembro, solo la vagina de la milf que se había puesto.


Kevin empezó a excitarse al caminar y sentir como todo su cuerpo carnoso se sacudía, sus tetas rebotaban apenas daba un movimiento y su culo se apretaba moviéndose de lado a lado cada que impulsaba sus pasos.


-¡Wow esto se siente tan bien!, ¿Cómo pude perderme de esto tanto tiempo?


Kevin se acercó al baño donde quería ver su nuevo reflejo, apenas regresó la vista  hacia sus tetas estaba impresionado de nuevo al verlas ahora pegadas a su cuerpo.


-¡Ahh que bien se sienten!, aunque…, son algo pesadas.


Kevin subió la vista al espejo encontrándose con la forma femenina de Gabriela, sus lentes le hacían ver más sexy y miraba mejor su exquisito cuerpo, apenas se encontró así mismo delante de él, tomó sus nuevas tetas y las apretó como tanto deseaba hacerlo siempre.


El chico empezó a hacer gestos de todo tipo con su nuevo rostro, jugando haciendo poses mientras que se divertía fingiendo ser una milf muy pervertida.


-¡Hola señora Gabriela!, espero no le moleste si manoseo sus tetas un rato.


Kevin se agasajaba mientras miraba su reflejo cachondo, sacó sus tetas de su blusa y las puso en sus manos acariciándolas suavemente hasta darle ligeros apretones, miró sus pezones bien duros y frotó con sus dedos sobre ellos sintiendo aquella espinita que lo hizo estremecerse de placer en unos segundos.


-¡Guaaa wey no mames que rico!, esto es lo mejor que he probado en la vida - Kevin jadeaba antes de siquiera experimentar con su nueva feminidad.



De repente su órgano se sintió húmedo pero Kevin entró en trance y paró en seco sintiéndose incómodo al ver como se había mojado todo. 


-¡Wow eso fue intenso!, bueno, ¡sí que es usted muy caconcha señora Gabriela jeje!, pero creo que mejor pararé por ahora, será mejor que me quite la piel de la mama de Mariano antes de que llegue y me descubra con el cuerpo de su madre.


Kevin quería salir de la piel de Gabriela pero por alguna razón no podía, de repente, la hermana de Mariano apareció buscando a su madre.


-¡Mami ya tengo hambre! - suspiró la niña.


-¡Demonios, no puedo hacer esto enfrente de la niña!, ni modo, tendré que hacerme pasar por su mamá.


Kevin no tuvo más opción que acompañar a la niña a la cocina, buscó entre el refri que podría hacer y mejor decidió pedir una pizza, él no estaba acostumbrado a ser madre, ni quería serlo por más tiempo, así que se tomaría la molestia de pedir una pizza para hacerlo más fácil.


-¡Perdón amor!, creo que es algo tarde así que pediré una pizza, ¿Te parece? - Kevin decía algo más que satisfecho por su decisión de madre.


-¡Sí pizza está bien mami gracias! - respondía la niña con felicidad de sobra.


-¡Bueno!, ahora solo debería de quitarme esta cosa luego de terminarnos la pizza.


Kevin se sentó en el sofá a esperar, miró sus tetas y comenzó a jugar con ellas de nuevo como un vil juguete infinito y que era parte de su propio cuerpo, de repente, la niña se acercó con su juguete y le pido jugar con ella.


Sin tienes más opción, Kevin comenzó a jugar con la niña teniendo en cuenta que ahora era su madre, pasó un rato y de repente Mariano llegó con un aspecto asustado pero sin sospechar nada.


-¡Mamá! - gritó Mariano escondiendo algo e sus pantalones.


-¡Ay, Mariano! ¿Ya llegaste…? - jadeó Kevin asustado.


-¡Emmm…, pues sí jaja aquí estoy! - Mariano respondió afirmando confundido.


-¡Que bien hijo les pedí pizza para cenar espero te guste! 


-¿Pizza?, pero si tú odias la pizza.


-¡Bueno!, solo por hoy pensé en hacer una rica excepción por ser día de Reyes, ¡Jejejeje!


-¡Está bien yo…, iré a mi cuarto mientras llega! 


Mariano se escabulló y corrió a su habitación, mientras que Kevin se quedó satisfecho con su actuación, entonces, notó que sus tetas estaban algo salidas de su escote, lo cual se acomodó de inmediato, si Mariano lo hubiera notado estaría en problemas, pero parecía tan asustado que no se dio cuenta de sus tetas, ahora tenía curiosidad de que era lo que había hecho.


-¡Mami sigamos jugando! - la niña insistía.


Kevin continuó jugando con la niña aunque ya empezaba a aburrirse de eso, tan solo esperaba a comerse la pizza gratis y se largaría devolviéndole su cuerpo a Gabriela, pero la pizza aún no llegaba.


Luego de un rato, Kevin estaba comenzando a desesperarse, sus tetas le pesaban cada vez más y la espalda le dolía, además la hermana de Mariano estaba cada vez más insoportable, ella solo quería que su madre jugara con ella.


Kevin estaba apunto de gritarle que no era su madre pero desistió, no quería causarle un trauma a la niña.


-¡Esto es muy difícil!, definitivamente no quiero ser una mujer por siempre, ahora, ¿donde dejé esa maldita Daga?


Kevin empezó a mirar a todos lados recordando que había soltado la daga en el suelo cuando la usó con Gabriela, pero luego de un rato buscando no pareció encontrarla.


-¡La puta Daga no está!, ¿Qué voy a hacer ahora? 


Kevin intentó jalarse la piel pero solo le dolía cuando intentaba rasguñarse, se sentía atrapado dentro del cuerpo de Gabriela.


-¡Ya basta ya no quiero esto, no quiero ser una mujer! - gritó Kevin desesperado.


En eso, Mariano venía bajando al escuchar el escándalo que había hecho su madre.


-¿Qué pasa mamá porque hablas así? 


-¡Ay ya basta Mariano!, ¡Yo no soy la puta de tu madre!, ¡Soy Kevin!, use la Daga que nos regaló ese rey demonio y ahora no puedo salir del cuerpo de tu madre.


-¡Eres un maldito imbécil!, ¿Cómo porque de entre todas las mujeres se te ocurrió tomar el cuerpo de mi madre? - Mariano gritaba enfurecido.


-¡Ahhhh…! - Kevin sonrió y le indicó con la mirada hacia su escote -¿Será por esto? - Kevin indicaba picando sus tetas con sus dedos haciéndolas rebotar.


-¡Deja de tocar el cuerpo de mi madre pendejo!


-¡Pero cuanta agresividad, no deberías de hablarle así a tu madre! 


-¡Tu no eres mi madre!, ahora tenemos que ver cómo solucionar esto.


Los chicos se pusieron a buscar la Daga por todos lados pero nada de que apareciera, en eso, el timbre de la casa sonó, era la pizza que ya había llegado.


-¡Bueno pues paga, mami…!  - le decía Mariano al tonto de Kevin.


-¡Ah si cierto yo tu deliciosa y voluptuosa madre verdad jeje! 


-¡Pendejo! 


Kevin se sacudió las caderas al caminar y meno todo su cuerpo contoneándose, tomó la cartera de Gabriela y se acercó de nuevo a la puerta para recibir el pedido.


-¡Buenas la pizzaaaaaa…! - decía el repartidor asombrado de ver las gigantes tetas de Gabriela.


-¡Buenas mis tetas jajaja!, es broma amor… - Kevin se pavoneaba frente al chico a quien se le notaba su rostro de satisfacción.


-¡Mamá…! - gritó Mariano desde dentro de la casa.


El repartidos entregó la pizza y Kevin le pagó rápidamente para que se fuera.


-¡Bueno eso fue raro pero interesante jeje!


-¿Qué, ya te arrepentiste?, ¡Ni creas que dejaré que te quedes con el cuerpo de mi madre! 


-¡Claro que no!, no quisiera quedarme como tu mamá con estas tetas enormes para siempre, solo digo que fue interesante.


Los dos amigos continuaron buscando la Daga pero fue imposible encontrarla, era como si se la hubiera tragado la tierra pero ahora lo más importante, era que Kevin no podía quitarse la piel de la mamá de Mariano.


-¡Bueno no puedo quitarme esta cosa!, lo mejor será que comamos, que tú madre ya tiene mucha hambre. 


-¡No hables de esa forma, tú no eres ni serás nunca mi madre!, ¿Entendiste? 


-Pues mi intención no era quedarme atrapado para siempre como tú madre, pero si así me quedaré en este cuerpo para siempre lo mejor será que aprendas a tratarme y respetarme como tú verdadera madre.


-¡Eres un idiota pero esto no se va a quedar así! - Mariano amenazaba.


-¿Qué, de qué hablas? - preguntaba Kevin nervioso.


-¿Te acuerdas como te molestó cuando Pedro comenzó a insinuársele a tu hermana? 


-¡Eres un maldito enfermo!, ¡Ni se te ocurra acercarte a mi hermana!


-¡Bueno, tú tomaste el cuerpo de mi madre!, es justo que yo tome el de tu hermana.


-¡Ven aquí pendejo!, ¡No irás a ningún lado con ese medallón!


-¡Pues tú no irás a ningún lado con esas tetas enormes y con la responsabilidad de cuidar a tu nueva hija pendejo!


Mariano salió corriendo de la casa dejando atrás a Kevin quien con sus tremendas tetas no pudo correr ni más de dos metros antes de caerse y cansarse.


-¡Maldición no debí hacer esto! - Kevin jadeaba de dolor totalmente desconsolado.


Ahora solo podía ver debajo y ya no era tan divertido tener esas tetas como antes.


-Kary-


Espero sus comentarios porque últimamente no ven nada de lo que hago ☹️