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sábado, 23 de mayo de 2026

RECOMENDACIÓN : LA MALDICION DE LA MUJER EN CELO (BY TGSUPER69)

Wolass¡¡¡¡¡¡ con todos , hoy traigo una recomendación personal y muy especial.....

Un video hecho recientemente por el usuario TGSUPER69 en DeviantArt cuenta la historia de dos amigos el cual uno de ellos al ofender a una bruja es maldecido por la misma siendo convertido en una mujer voluptuosa, la historia explora esta primera interacción y la sorpresa del cambio, actualmente la parte 2 esta en desarrollo y saldrá pronto, les dejo el link del aut@r y sus pagina. 


Link de DeviantArt del creador:

https://www.deviantart.com/tgsuper69

Link del video en Drive:

https://drive.google.com/file/d/1QkLxJK5jccv8Ki0Zv0t1gXmEJQ5GKBqf/view

Link de Twitter:

https://x.com/ShawTus15?s=20 






AGRADECERIA QUE SIGAN Y APOYEN AL AUTOR EN SUS REDES¡¡¡
Con todo esto nos vemos en la próxima historia que es una petición de uno de ustedes lectores bye bye.



miércoles, 20 de mayo de 2026

De bully a pequeña dama (Final)

Ese viernes por la noche Andrés pasó por Diana a las 7:30 pm. Cuando ella abrió la puerta, él se quedó sin aliento. Diana llevaba un vestido negro ajustado que Valeria le había ayudado a elegir: corto justo por encima de la rodilla, con un escote sutil que resaltaba sus pechos y marcaba sus curvas de forma elegante.

—Estás… impresionante —dijo Andrés, ofreciéndole una rosa roja.

Diana se sonrojó intensamente y sonrió.

—Tú también te ves muy guapo.

La cita fue romántica y llena de tensión dulce. Cenaron en un pequeño restaurante italiano cerca del centro. Hablaron de todo: de las clases, de sus miedos, de lo difícil que había sido para Diana estos meses y sobre todo como gracias  a su ayuda logro sobrellevar su soledad. Andrés la escuchaba con atención, mirándola como si fuera la única persona en el mundo.

En un momento, él se atrevió a tomar su mano sobre la mesa. Diana sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—Desde que llegaste… todo ha sido mejor —confesó Andrés en voz baja—. No sé cómo explicarlo, pero siento que contigo todo es mas lindo.

Diana, aun nerviosa pero con una expresión de cariño, apretó su mano, con el corazón latiéndole con fuerza. La química entre ellos era palpable.

Después de la cena caminaron por un parque iluminado. Andrés se detuvo bajo un farol, la miró a los ojos y, lentamente, la besó. Fue un beso tierno al principio, pero pronto se volvió más profundo. Diana sintió que sus piernas temblaban. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.

—¿Quieres… venir a mi casa? —preguntó Diana con voz ronca—. No quiero que la noche termine todavía.

Andrés dudó solo un segundo. Asintió, mientras con una mano tocaba su mejilla.

—Sí… vamos.

Apenas cerraron la puerta del departamento de Diana, la tensión explotó. Andrés la empujó suavemente contra la pared y la besó con deseo. Sus manos recorrieron su cintura, bajaron hasta sus caderas y apretaron su culo redondo con fuerza.

Diana gemía contra su boca. Lo deseaba tanto que dolía.

Andrés la cargó (era ligera para él) y la llevó hasta su habitación. La depositó en la cama y la desnudó lentamente, besando cada centímetro de piel que descubría. Cuando liberó sus pechos, los besó y lamió sus pezones con devoción. Diana arqueó la espalda y soltó un gemido largo.

—Andrés… —susurró.

Él bajó lentamente, besando su vientre hasta llegar entre sus piernas. Le quitó la ropa interior y la abrió con cuidado. Su lengua recorrió su vagina húmeda con lentitud, saboreándola. Cuando succionó su clítoris, Diana soltó un grito agudo y agarró las sábanas.

El placer era completamente distinto a cuando se tocaba sola. Era más intenso, más profundo, más abrumador. Cada lamida, cada beso, cada succión la hacía temblar. Andrés introdujo dos dedos mientras seguía devorándola y Diana tuvo su primer orgasmo en menos de tres minutos: fuerte, largo y que la dejó jadeando y con las piernas temblando.

—Dios… esto es… demasiado —gimió, sorprendida.

Andrés se quitó la ropa y se colocó encima de ella. Su miembro estaba duro y palpitante. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Diana abrió mucho los ojos y soltó un gemido gutural. La sensación de estar llena, de ser penetrada de verdad, era mil veces más intensa que cualquier cosa que hubiera experimentado tocándose.

—Muévete… por favor —suplicó.

Andrés empezó a embestir con ritmo, primero suave y luego más profundo y fuerte. Diana lo abrazaba con las piernas, clavándole las uñas en la espalda. Sus pechos rebotaban con cada embestida. El placer era abrumador: cada vez que él entraba completamente, tocaba puntos que la hacían ver estrellas.

Cambió de posición. La puso a cuatro y la folló desde atrás, agarrándola fuerte de las caderas. Diana gemía sin control, empujando hacia atrás para sentirlo más profundo.

—No pares… ¡así! ¡Más fuerte!

Tuvo su segundo orgasmo contrayéndose alrededor de él, casi llorando de placer. Andrés no aguantó más y se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, llenándola completamente.

Quedaron abrazados, sudados y jadeando. Andrés la besó en la frente con ternura mientras Diana, todavía temblando, procesaba lo que acababa de sentir.

Nunca imaginó que el placer como mujer pudiera ser tan intenso… ni que se sentiría tan bien en los brazos de Andrés.

La mañana siguiente la luz del sol entraba suavemente por la ventana del departamento de Diana. Ella abrió los ojos primero. Estaba desnuda, acurrucada contra el pecho de Andrés, con una de sus piernas encima de él. Sintió el calor de su cuerpo y un leve dolor agradable entre las piernas, recordatorio de la noche intensa que habían pasado.

Se quedó mirándolo mientras dormía. Su rostro tranquilo, su respiración pausada. Sintió una ternura que nunca había experimentado antes. Con cuidado, le acarició la mejilla.

Andrés despertó poco después y sonrió al verla.

—Buenos días… —murmuró con voz ronca, atrayéndola más cerca y besándola en la frente—. ¿Cómo te sientes?

—Bien… muy bien —respondió Diana, sonrojada—. Aunque todavía me tiemblan un poco las piernas.

Andrés rio suavemente y la besó en los labios. El beso se volvió más profundo y sus manos empezaron a recorrer su cuerpo con deseo renovado. Terminaron haciendo el amor otra vez, esta vez más lento y cariñoso, con Diana encima, moviéndose con suavidad mientras Andrés la sujetaba de las caderas y la miraba con admiración.

Después de ducharse juntos, desayunaron en la pequeña cocina. Andrés preparó huevos y café mientras Diana lo observaba desde la mesa, envuelta en una de sus camisetas que le quedaba enorme.

—Diana… —dijo Andrés de pronto, más serio—. Quiero que esto sea algo real. No solo una noche. Me gustas mucho. Desde hace meses.

Diana sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Bajó la mirada, emocionada.

—A mí también me gustas mucho, Andrés. Más de lo que imaginas.

Se besaron sobre la mesa del desayuno, sellando el inicio oficial de su relación.

Las siguientes semanas su relación floreció rápidamente. Andrés era paciente, cariñoso y detallista. Diana, por su parte, se esforzaba cada día por ser mejor. Salían a caminar, estudiaban juntos, veían películas acurrucados en el sofá y pasaban casi todas las noches juntos.

Diana descubrió que le encantaba dormir abrazada a él, cocinarle cosas simples aunque quemaba la comida a menudo y sentir sus manos fuertes sujetándola por la noche. El sexo entre ellos era cada vez mejor; Diana se volvía más atrevida y confiada en su cuerpo.

Un mes después Valeria los invitó a tomar un café en su lugar favorito. Cuando llegaron tomados de la mano, ella sonrió ampliamente.

—¡Por fin! —exclamó feliz—. Ya era hora de que se decidieran. Se les notaba a kilómetros.

Andrés se rio, algo avergonzado, mientras Diana se ponía roja.

—Gracias, Valeria —dijo Andrés—. Si no fuera por ti empujándome, probablemente seguiría dando vueltas.

Valeria miró a Diana con cariño.

—Y tú… te ves radiante. Me alegra mucho verlos juntos. Se merecen esto.

Mientras Andrés fue al baño, Valeria se quedó a solas con Diana unos minutos. Por dentro, Valeria pensaba con profunda satisfacción:

“Todo salió mucho mejor de lo que esperaba… El arrogante y cruel Diego ahora es una chica dulce, enamorada y feliz. Está aprendiendo a ser buena persona desde cero. Y Andrés, que tanto sufrió, ahora tiene a alguien que lo valora de verdad. La venganza se convirtió en algo hermoso. Perfecto.

Valeria sonrió para sí misma y le apretó la mano a Diana.

—Cuídalo mucho, ¿sí? Y déjate cuidar tú también.

—Lo haré —respondió Diana, sonriendo con genuina gratitud.

La relación de Diana y Andrés siguió creciendo con el tiempo. Ella nunca le reveló su pasado como Diego, y decidió cargar con ese secreto para siempre. Para ella, esa vida anterior ya no existía. Ahora solo existía Diana, una chica que había encontrado el amor, la redención y una segunda oportunidad.


!!!MENSAJITO DEL AUTOR ¡¡¡¡

Wolas gente¡¡¡  esta fue una de tantas historias que publicare acá en el blog, la próxima prometo que será  mas intensa y picante, pueden mandar sus peticiones leeré e intentare considerar cada una de ellas, espero haya sido de su agrado esta historia, nos vemos en la próxima historia.

domingo, 17 de mayo de 2026

De bully a pequeña dama 2

Los días siguientes, Andrés se convirtió en el único apoyo real de Diana.

La ayudó a inscribirse en la misma universidad técnica donde él estudiaba (carrera de Administración), explicándole paso a paso cómo funcionaban los trámites, cómo conseguir los documentos que le faltaban y cómo moverse por el campus. También la acompañaba a comprar útiles, le prestaba apuntes y le explicaba las materias.

—Tranquila, poco a poco te vas a adaptar —le decía Andrés con paciencia cuando la veía abrumada.

Diana se sentía como una niña perdida. No sabía cómo comportarse como chica, cómo maquillarse mínimamente, cómo reaccionar cuando los chicos la miraban o le hablaban con doble intención. Todo era nuevo y agotador.

Una tarde, Andrés la invitó a tomar algo después de clases.

—Ven, quiero presentarte a alguien —le dijo sonriendo.

Llegaron a una cafetería cerca de la universidad. Allí estaba Valeria, sentada con un libro de ocultismo disimuladamente guardado en su mochila.

—Diana, ella es Valeria, mi mejor amiga. Valeria, ella es Diana. Es nueva y está empezando en la universidad.

Valeria sonrió con una expresión calmada y ligeramente divertida al ver a Diana.

—Mucho gusto, Diana —dijo con voz suave, extendiendo la mano.

Diana sintió un extraño alivio al estrechar la mano de otra chica. Por primera vez desde la transformación, se sintió un poco más cómoda. Valeria era guapa, segura y tenía una presencia tranquila.

—Igualmente… —respondió Diana, algo tímida—. La verdad es que no conozco a casi nadie aquí. Todo esto es… nuevo para mí.

Valeria la miró con detenimiento. En su mente pensó:

“Vaya… el hechizo quedó perfecto. Se ve mucho más dócil y vulnerable así. Esa arrogancia de macho alfa desapareció por completo. Ahora parece una chica normal, hasta bonita. Se lo merece.”

Pero por fuera solo sonrió con amabilidad y dijo:

—Si necesitas consejos o ayuda, aquí estoy. Andrés me dijo que estás empezando de cero.


Diana asintió, agradecida. Tener una amiga mujer le quitaba un peso enorme de encima. Valeria empezó a darle consejos prácticos: cómo vestirse para la universidad, cómo lidiar con el periodo, trucos para el cabello y hasta cómo rechazar a chicos pesados.

Con el paso de las semanas, Diana observó con atención a Andrés.

Se dio cuenta de que no solo la ayudaba a ella. Andrés ayudaba a varios compañeros con apuntes, le llevaba comida a un profesor mayor que vivía solo, defendía a los chicos más tímidos cuando alguien intentaba molestarlos y siempre tenía una palabra amable. Era genuinamente buena persona.

Una noche, sola en su habitación, Diana se quebró.

Se sentó frente al espejo y las lágrimas empezaron a caer.

—¿Por qué yo era tan hijo de puta con él…? —susurró entre sollozos—. Él nunca me hizo nada… y yo lo humillaba todos los días solo porque podía.

Tomó su teléfono con manos temblorosas y le escribió un largo mensaje a Andrés:

---

*Andrés, necesito decirte algo importante. Antes yo era una persona horrible contigo...y te hice mucho daño y…*

---

Se detuvo. Leyó lo que había escrito y borró todo el mensaje con frustración.

—No… no puedo decírselo así —murmuró—. No me creería… y aunque me creyera, ¿Qué ganaría?

Dejó el teléfono a un lado y se limpió las lágrimas.

—Voy a demostrárselo con hechos. Voy a compensarlo siendo mejor persona… siendo mejor mujer.

Desde ese día, Diana empezó a cambiar de verdad. Ayudaba a Andrés a cargar cosas, le llevaba café por las mañanas, lo defendía cuando alguien hablaba mal de él y se esforzaba por ser más amable con todos en la universidad. Poco a poco, su gratitud hacia Andrés se iba convirtiendo en algo más profundo.

Y Andrés, sin saberlo, empezaba a mirar a Diana de una forma diferente…


*Cuatro meses después*

El tiempo había pasado más rápido de lo que Diana esperaba. Ya estaba cursando el segundo semestre en la universidad y, aunque todavía se sentía fuera de lugar, había mejorado notablemente.

Valeria se había convertido en su principal apoyo femenino. Sin saberlo Diana, Valeria la observaba con atención y cierta satisfacción. La ayudaba con cosas prácticas de ser mujer: le enseñó a elegir ropa que le quedara bien a su figura, cómo maquillarse de forma natural, cómo cuidar su cabello largo y negro, y hasta cómo manejar los periodos y los cambios de humor.

—Eres una buena alumna —le decía Valeria sonriendo, mientras la ayudaba a probar ropa en un centro comercial.

Diana confiaba cada vez más en ella. Era la única persona con la que podía hablar de sus inseguridades femeninas sin sentirse juzgada.

Mientras tanto, los sentimientos entre Diana y Andrés habían crecido en silencio.

Andrés seguía ayudándola con las clases, pero ahora compartían mucho más: estudiaban juntos en la biblioteca, caminaban de regreso a casa, y a veces se quedaban hablando hasta tarde en un banco del parque. Diana se sorprendía sonriendo como tonta cuando Andrés le mandaba mensajes o cuando la esperaba a la salida de clases. Sentía mariposas en el estómago cada vez que él le rozaba la mano o la miraba más tiempo de lo normal.

Andrés, por su parte, también estaba confundido. Cada día le gustaba más estar con Diana. Le atraía su timidez, su esfuerzo por adaptarse y esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad que tenía.

Una tarde, Valeria y Diana estaban sentadas en una heladería cerca de la universidad. Valeria la miró fijamente y decidió confrontarla con cariño:

—Diana… ¿puedo ser sincera contigo?

—Claro —respondió ella, algo nerviosa.

Valeria sonrió suavemente.

—Se nota que te gusta Andrés. Y mucho. La forma en que lo miras, cómo te pones nerviosa cuando él llega… No eres tan sutil como crees.

Diana se puso roja al instante y bajó la mirada.

—Yo… no es que… —intentó negarlo, pero las palabras se le atascaron.

—Diana —dijo Valeria con voz amable pero firme—, está bien sentir eso. Andrés es un buen chico. Y creo que él también siente algo por ti, aunque ninguno de los dos se atreva a decirlo.

Diana se quedó callada un largo rato, removiendo su helado con la cuchara. Finalmente suspiró.

—Es complicado… Muy complicado. No sé si estoy lista para eso.

Valeria se inclinó hacia adelante y le tomó la mano.

—Te propongo algo. Déjame ayudarte a verte más atractiva. No para cambiar quien eres, sino para que te sientas más segura y para que Andrés te mire de otra forma. Un cambio de look, ropa que resalte tus curvas, aprender a maquillarte mejor… ¿Qué dices?

Diana negó inmediatamente con la cabeza.

—No. No quiero eso. No quiero fingir ser alguien que no soy solo para gustarle.

Valeria esperó un momento y luego añadió con suavidad:

—No es fingir. Es sacarte partido. Eres una chica muy guapa, Diana. Solo que todavía te vistes como si quisieras pasar desapercibida. ¿No crees que mereces sentirte bonita?

Diana se quedó pensando. Recordó todas las veces que Andrés la había ayudado, su paciencia, su sonrisa… y lo mucho que ella quería corresponderle de alguna forma.

Después de varios minutos de silencio, suspiró derrotada.

—…Está bien. Pero nada exagerado. Solo… algo sutil.

Valeria sonrió con satisfacción.

—Perfecto. Empezamos este fin de semana.

Valeria cumplió su palabra. Llevó a Diana a su departamento y dedicó toda la mañana a transformarla.

Primero le cortaron un poco las puntas del cabello y le hicieron un tratamiento que lo dejó brillante y con ondas suaves. Luego la maquillaron de forma natural pero efectiva: delineador que resaltaba sus ojos grandes, un labial rosa suave que hacía sus labios más apetecibles y un toque de rubor en las mejillas.

Valeria eligió la ropa con cuidado: unos jeans ajustados de tiro alto que marcaban perfectamente su cintura y realzaban su culo redondo, una blusa blanca escotada pero elegante que dejaba ver un poco del canalillo de sus pechos grandes, y unas botas cortas que la hacían ver más estilizada.

Cuando Diana se miró al espejo completo, se quedó sin palabras.

—Dios mío… —murmuró tocándose el cabello—. Esa… ¿soy yo?

—Estás preciosa —dijo Valeria sonriendo—. No cambiaste quién eres, solo sacaste lo mejor de ti. Andrés se va a quedar loco cuando te vea.

Diana se sonrojó fuertemente, pero por primera vez no se sintió incómoda con su cuerpo. Se sentía… atractiva.

Diana llegó al campus nerviosa. Caminaba con más cuidado, consciente de cómo sus caderas se movían y de las miradas que ahora recibía.

Estaba esperando a Andrés en el lugar donde siempre se encontraban antes de entrar a clases. Cuando él apareció doblando la esquina y la vio, se detuvo en seco.

Andrés abrió mucho los ojos y se quedó paralizado varios segundos, recorriéndola de arriba abajo. Su rostro pasó de sorpresa a una clara admiración.

—Diana… —dijo casi sin aliento, acercándose—. Tú… wow. Te ves… increíblemente hermosa.

Diana se puso roja como un tomate y bajó la mirada, sonriendo tímidamente.

—¿Sí? ¿No es demasiado?

—No. Para nada —respondió Andrés, sin poder dejar de mirarla—. De verdad… estás espectacular.

La tensión entre ellos era palpable. Andrés parecía querer decir algo más, pero se contuvo.

Esa misma tarde Valeria aprovechó un momento en el que Diana había ido al baño y se acercó a Andrés en la cafetería.

—Oye, Andrés… ¿puedo decirte algo?

—Claro.

Valeria sonrió con complicidad.

—Diana está loca por ti. Y se nota que tú también sientes algo por ella. Llevan meses dando vueltas alrededor del tema. ¿No crees que ya es hora de que des el siguiente paso? Invítala a salir. Una cita de verdad.

Andrés se rascó la nuca, claramente nervioso pero ilusionado.

—¿Tú crees? No quiero arruinar la amistad…

—Confía en mí —dijo Valeria—. A ella le encantaría.

Al día siguiente, Andrés esperó a Diana después de la última clase. Estaba más nervioso que nunca.

—Diana… ¿tienes un momento?

—Claro —respondió ella, todavía con el nuevo look que le daba más confianza.

Andrés respiró hondo.

—Me preguntaba si… te gustaría salir conmigo este viernes. No como amigos. Una cita de verdad. Cena, cine, lo que quieras. Solo tú y yo.

Diana se quedó congelada. Sus mejillas se pusieron completamente rojas y sintió que el corazón le iba a explotar. Bajó la mirada, mordiéndose el labio, claramente sorprendida y emocionada.

—Yo… ¿en serio? —preguntó con voz suave.

—En serio —contestó Andrés sonriendo.

Diana levantó la vista, todavía sonrojada, y asintió lentamente.

—Sí… me encantaría.

Andrés soltó el aire que estaba conteniendo y sonrió ampliamente.

—Perfecto. Entonces te paso a buscar el viernes.

Mientras Andrés se alejaba, Diana se quedó parada en el pasillo, con una mano en el pecho y una sonrisa que no podía ocultar.

Por primera vez desde su transformación, sentía algo parecido a la felicidad.

Esperen con ansias la tercera y ultima parte....


sábado, 16 de mayo de 2026

De bully a pequeña dama 1

Diego era el típico bully del barrio. Alto, musculoso, tatuado y con una actitud de mierda. Tenía 22 años y disfrutaba especialmente joder a Andrés, un chico flaco, tímido y de 19 años que estudiaba en la universidad técnica del barrio. Cada vez que lo veía, Diego lo empujaba, le robaba cosas, lo humillaba frente a sus amigos y le decía cosas como “maricón”, “perdedor” o “te voy a partir la cara”.

Una tarde, Diego acorraló a Andrés contra una pared cerca del parque.

—¿Qué pasa, mariconcito? ¿Otra vez con tus libros de mierda? —dijo Diego riéndose mientras le quitaba la mochila y la tiraba al suelo.

Andrés solo bajó la cabeza, aguantando. Pero no estaba solo. A unos metros, observándolo todo, estaba Valeria, su mejor amiga. Valeria era una chica callada, de cabello negro largo, ojos intensos y con una reputación extraña: decían que era rara y que siempre traía una notas con símbolos extraños.

Esa noche, Valeria decidió que ya era suficiente.

Al día siguiente, Diego estaba solo en su departamento. Había pasado una noche bebiendo y despertó con resaca. Cuando se levantó de la cama sintió algo raro: su cuerpo se sentía ligero, extraño. Fue al baño y encendió la luz.

Lo que vio en el espejo lo dejó congelado.

Ya no era Diego.

Ahora era una mujer joven, de unos 22 años. Medía casi 30 centímetros menos. Su físico era impresionante: pechos de buen tamaño, redondos y firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo grande, redondo y respingón. Su cabello era ahora castaño claro, largo y algo lacio. Tenía un rostro bonito, labios carnosos y ojos grandes color café.

—¿Qué… qué carajo?! —gritó con una voz aguda y femenina que lo aterrorizó.

Se tocó la cara, el cuello, y bajó las manos hasta sus nuevos pechos. Los apretó con incredulidad. Eran suaves, pesados y extremadamente sensibles. Al pellizcar sus pezones rosados soltó un gemido involuntario.

—No… no puede ser… esto no es real…

Desesperado, se bajó los boxers, que ahora le quedaban enormes y se caían solos. Entre sus piernas ya no había nada. Solo una vagina depilada, con labios suaves y un pequeño clítoris visible. Se tocó con dedos temblorosos y sintió una descarga de placer que le recorrió todo el cuerpo.

—Ahh… ¡mierda!

No pudo evitarlo. La curiosidad y el shock lo dominaron. Se sentó en el borde de la bañera, abrió las piernas y empezó a explorarse. Sus dedos acariciaron los labios externos, luego separó los pliegues y tocó su clítoris. Cada roce enviaba olas de placer nuevas e intensas. Sus pechos se movían con cada respiración agitada. Introdujo un dedo dentro de su coño y sintió lo caliente y húmedo que estaba. Luego metió dos. Empezó a masturbarse con más rapidez, frotando su clítoris con la palma mientras sus dedos entraban y salían.

—Joder… esto se siente… demasiado bien… —gemía con su nueva voz femenina.

Sus caderas se movían solas. Sus pechos rebotaban. El orgasmo llegó como una explosión: sus piernas temblaron violentamente, su coño se contrajo alrededor de sus dedos y soltó un chorro de humedad que mojó el piso del baño. Se corrió con fuerza, gritando y arqueando la espalda.

Quedó jadeando, mirándose en el espejo con los muslos abiertos y la mano todavía entre las piernas.

Valeria había hecho un trabajo excelente con el hechizo.

Diego se quedó mirando su reflejo, con lágrimas de rabia, vergüenza y confusión.

—¿Cómo carajos pasó esto?

En su teléfono apareció un mensaje de un número desconocido:

"Ahora sabrás lo que se siente ser vulnerable. Que te vaya bien, Dianita 😉"


Los primeros días fueron un infierno para Diana. Se sentía débil, pequeña y extremadamente vulnerable. Su nuevo cuerpo de 1,58 m con curvas pronunciadas pechos grandes, cintura estrecha y un culo redondo que se movía solo al caminar, la hacía sentir expuesta todo el tiempo. Tenía que usar ropa de su “prima lejana” (Valeria le había dejado una maleta con ropa en la puerta como burla). Jeans ajustados que marcaban su trasero, blusas que apenas contenían sus pechos y ropa interior que le rozaba de formas desconocidas.

                                            

Nadie en el barrio la reconocía como Diego. Para todos, simplemente era “la nueva chica del edificio”. Y nadie se acercaba. Los hombres la miraban con deseo, pero nadie quería hablar con ella más allá de comentarios groseros. Las chicas la veían como competencia y la ignoraban. Diana pasaba los días encerrada, comiendo lo poco que tenía, mirando por la ventana y tocándose el cuerpo casi compulsivamente por las noches, alternando entre rabia y placer.

Se sentía sola. Muy sola.

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Una tarde, mientras intentaba cargar dos bolsas pesadas del supermercado, tropezó en la calle. Las bolsas se cayeron y varias cosas rodaron por la acera. Diana maldijo en voz baja, agachándose con dificultad. Sus pechos casi se le salían del escote.

—¿Necesitas ayuda?

Levantó la mirada y se quedó helada. Era Andrés. El mismo chico delgado y tímido al que había golpeado, humillado y llamado “maricón” durante meses. Andrés la miró con preocupación genuina, sin reconocerla en absoluto. Recogió las bolsas y se las sostuvo.

—Pareces nueva por aquí. ¿Vives cerca?

Diana sintió una mezcla brutal de vergüenza, rabia y alivio. Quería gritarle, insultarlo, pero su nueva voz suave solo salió temblorosa:

—Sí… en el edificio de la esquina. Gracias.

Andrés la ayudó a llevar las bolsas hasta su departamento. Durante el camino hablaron poco, pero Diana notó algo extraño: por primera vez en semanas, alguien la trataba con amabilidad. Sin miradas lascivas, sin comentarios sobre su culo.

Cuando llegaron a la puerta, Andrés se rascó la nuca, nervioso.

—Mira… sé que no nos conocemos, pero pareces estar pasando por un mal momento. Si necesitas algo, trabajo en la tienda de mi tío y puedo ayudarte con comida barata o con lo que sea. Nadie debería estar solo en este barrio.

Diana apretó los labios. Su orgullo de ex-bully gritaba que lo mandara a la mierda. Pero la realidad era otra: no tenía dinero, apenas sabía cocinar, y tenía miedo de salir sola por la noche. Se sentía débil y eso la enfurecía.

—…Está bien —aceptó casi de mala gana, mirando hacia otro lado—. Solo… por ahora. No necesito lástima.

Andrés sonrió suavemente.

—No es lástima. Es ayuda. Me llamo Andrés, por cierto.

—Diana —respondió ella, sintiendo un nudo en la garganta.

Los siguientes días Andrés empezó a pasar por su departamento. Le traía comida, le explicó cómo moverse por el barrio de forma segura, y hasta le prestó un viejo celular para que pudiera comunicarse. Diana aceptaba la ayuda con mala cara, respondiendo cortante y distante, pero en el fondo se sentía aliviada. Por primera vez no se sentía completamente sola.

Poco a poco nació una química extraña y complicada.

Diana se sorprendía mirándolo cuando él no se daba cuenta. Andrés era más alto de lo que recordaba, tenía manos grandes y una voz tranquila que la calmaba. A veces, cuando él se acercaba demasiado para entregarle algo, ella sentía un calor incómodo entre las piernas. Su cuerpo reaccionaba aunque su mente se resistiera.

La dinámica entre ellos va evolucionado positivamente, por ahora.....


HOLA CON TODOS LECTOR@S¡¡¡ 

Me presento como ''Astro'' nuevo escritor en el blog, prometo traerles un promedio de tres a cinco  historias por semana, espero puedan disfrutar de las historias y sobre todo volar su imaginación, sin nada mas que decir me despido, esperen la segunda parte de esta historia¡¡¡¡