Los días siguientes, Andrés se convirtió en el único apoyo real de Diana.
La ayudó a inscribirse en la misma universidad técnica donde él estudiaba (carrera de Administración), explicándole paso a paso cómo funcionaban los trámites, cómo conseguir los documentos que le faltaban y cómo moverse por el campus. También la acompañaba a comprar útiles, le prestaba apuntes y le explicaba las materias.
—Tranquila, poco a poco te vas a adaptar —le decía Andrés con paciencia cuando la veía abrumada.
Diana se sentía como una niña perdida. No sabía cómo comportarse como chica, cómo maquillarse mínimamente, cómo reaccionar cuando los chicos la miraban o le hablaban con doble intención. Todo era nuevo y agotador.
Una tarde, Andrés la invitó a tomar algo después de clases.
—Ven, quiero presentarte a alguien —le dijo sonriendo.
Llegaron a una cafetería cerca de la universidad. Allí estaba Valeria, sentada con un libro de ocultismo disimuladamente guardado en su mochila.
—Diana, ella es Valeria, mi mejor amiga. Valeria, ella es Diana. Es nueva y está empezando en la universidad.
Valeria sonrió con una expresión calmada y ligeramente divertida al ver a Diana.
—Mucho gusto, Diana —dijo con voz suave, extendiendo la mano.
Diana sintió un extraño alivio al estrechar la mano de otra chica. Por primera vez desde la transformación, se sintió un poco más cómoda. Valeria era guapa, segura y tenía una presencia tranquila.
—Igualmente… —respondió Diana, algo tímida—. La verdad es que no conozco a casi nadie aquí. Todo esto es… nuevo para mí.
Valeria la miró con detenimiento. En su mente pensó:
“Vaya… el hechizo quedó perfecto. Se ve mucho más dócil y vulnerable así. Esa arrogancia de macho alfa desapareció por completo. Ahora parece una chica normal, hasta bonita. Se lo merece.”
Pero por fuera solo sonrió con amabilidad y dijo:
—Si necesitas consejos o ayuda, aquí estoy. Andrés me dijo que estás empezando de cero.
Diana asintió, agradecida. Tener una amiga mujer le quitaba un peso enorme de encima. Valeria empezó a darle consejos prácticos: cómo vestirse para la universidad, cómo lidiar con el periodo, trucos para el cabello y hasta cómo rechazar a chicos pesados.
Con el paso de las semanas, Diana observó con atención a Andrés.
Se dio cuenta de que no solo la ayudaba a ella. Andrés ayudaba a varios compañeros con apuntes, le llevaba comida a un profesor mayor que vivía solo, defendía a los chicos más tímidos cuando alguien intentaba molestarlos y siempre tenía una palabra amable. Era genuinamente buena persona.
Una noche, sola en su habitación, Diana se quebró.
Se sentó frente al espejo y las lágrimas empezaron a caer.
—¿Por qué yo era tan hijo de puta con él…? —susurró entre sollozos—. Él nunca me hizo nada… y yo lo humillaba todos los días solo porque podía.
Tomó su teléfono con manos temblorosas y le escribió un largo mensaje a Andrés:
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*Andrés, necesito decirte algo importante. Antes yo era una persona horrible contigo...y te hice mucho daño y…*
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Se detuvo. Leyó lo que había escrito y borró todo el mensaje con frustración.
—No… no puedo decírselo así —murmuró—. No me creería… y aunque me creyera, ¿Qué ganaría?
Dejó el teléfono a un lado y se limpió las lágrimas.
—Voy a demostrárselo con hechos. Voy a compensarlo siendo mejor persona… siendo mejor mujer.
Desde ese día, Diana empezó a cambiar de verdad. Ayudaba a Andrés a cargar cosas, le llevaba café por las mañanas, lo defendía cuando alguien hablaba mal de él y se esforzaba por ser más amable con todos en la universidad. Poco a poco, su gratitud hacia Andrés se iba convirtiendo en algo más profundo.
Y Andrés, sin saberlo, empezaba a mirar a Diana de una forma diferente…
*Cuatro meses después*
El tiempo había pasado más rápido de lo que Diana esperaba. Ya estaba cursando el segundo semestre en la universidad y, aunque todavía se sentía fuera de lugar, había mejorado notablemente.
Valeria se había convertido en su principal apoyo femenino. Sin saberlo Diana, Valeria la observaba con atención y cierta satisfacción. La ayudaba con cosas prácticas de ser mujer: le enseñó a elegir ropa que le quedara bien a su figura, cómo maquillarse de forma natural, cómo cuidar su cabello largo y negro, y hasta cómo manejar los periodos y los cambios de humor.
—Eres una buena alumna —le decía Valeria sonriendo, mientras la ayudaba a probar ropa en un centro comercial.
Diana confiaba cada vez más en ella. Era la única persona con la que podía hablar de sus inseguridades femeninas sin sentirse juzgada.
Mientras tanto, los sentimientos entre Diana y Andrés habían crecido en silencio.
Andrés seguía ayudándola con las clases, pero ahora compartían mucho más: estudiaban juntos en la biblioteca, caminaban de regreso a casa, y a veces se quedaban hablando hasta tarde en un banco del parque. Diana se sorprendía sonriendo como tonta cuando Andrés le mandaba mensajes o cuando la esperaba a la salida de clases. Sentía mariposas en el estómago cada vez que él le rozaba la mano o la miraba más tiempo de lo normal.
Andrés, por su parte, también estaba confundido. Cada día le gustaba más estar con Diana. Le atraía su timidez, su esfuerzo por adaptarse y esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad que tenía.
Una tarde, Valeria y Diana estaban sentadas en una heladería cerca de la universidad. Valeria la miró fijamente y decidió confrontarla con cariño:
—Diana… ¿puedo ser sincera contigo?
—Claro —respondió ella, algo nerviosa.
Valeria sonrió suavemente.
—Se nota que te gusta Andrés. Y mucho. La forma en que lo miras, cómo te pones nerviosa cuando él llega… No eres tan sutil como crees.
Diana se puso roja al instante y bajó la mirada.
—Yo… no es que… —intentó negarlo, pero las palabras se le atascaron.
—Diana —dijo Valeria con voz amable pero firme—, está bien sentir eso. Andrés es un buen chico. Y creo que él también siente algo por ti, aunque ninguno de los dos se atreva a decirlo.
Diana se quedó callada un largo rato, removiendo su helado con la cuchara. Finalmente suspiró.
—Es complicado… Muy complicado. No sé si estoy lista para eso.
Valeria se inclinó hacia adelante y le tomó la mano.
—Te propongo algo. Déjame ayudarte a verte más atractiva. No para cambiar quien eres, sino para que te sientas más segura y para que Andrés te mire de otra forma. Un cambio de look, ropa que resalte tus curvas, aprender a maquillarte mejor… ¿Qué dices?
Diana negó inmediatamente con la cabeza.
—No. No quiero eso. No quiero fingir ser alguien que no soy solo para gustarle.
Valeria esperó un momento y luego añadió con suavidad:
—No es fingir. Es sacarte partido. Eres una chica muy guapa, Diana. Solo que todavía te vistes como si quisieras pasar desapercibida. ¿No crees que mereces sentirte bonita?
Diana se quedó pensando. Recordó todas las veces que Andrés la había ayudado, su paciencia, su sonrisa… y lo mucho que ella quería corresponderle de alguna forma.
Después de varios minutos de silencio, suspiró derrotada.
—…Está bien. Pero nada exagerado. Solo… algo sutil.
Valeria sonrió con satisfacción.
—Perfecto. Empezamos este fin de semana.
Valeria cumplió su palabra. Llevó a Diana a su departamento y dedicó toda la mañana a transformarla.
Primero le cortaron un poco las puntas del cabello y le hicieron un tratamiento que lo dejó brillante y con ondas suaves. Luego la maquillaron de forma natural pero efectiva: delineador que resaltaba sus ojos grandes, un labial rosa suave que hacía sus labios más apetecibles y un toque de rubor en las mejillas.
Valeria eligió la ropa con cuidado: unos jeans ajustados de tiro alto que marcaban perfectamente su cintura y realzaban su culo redondo, una blusa blanca escotada pero elegante que dejaba ver un poco del canalillo de sus pechos grandes, y unas botas cortas que la hacían ver más estilizada.
Cuando Diana se miró al espejo completo, se quedó sin palabras.
—Dios mío… —murmuró tocándose el cabello—. Esa… ¿soy yo?
—Estás preciosa —dijo Valeria sonriendo—. No cambiaste quién eres, solo sacaste lo mejor de ti. Andrés se va a quedar loco cuando te vea.
Diana se sonrojó fuertemente, pero por primera vez no se sintió incómoda con su cuerpo. Se sentía… atractiva.
Diana llegó al campus nerviosa. Caminaba con más cuidado, consciente de cómo sus caderas se movían y de las miradas que ahora recibía.
Estaba esperando a Andrés en el lugar donde siempre se encontraban antes de entrar a clases. Cuando él apareció doblando la esquina y la vio, se detuvo en seco.
Andrés abrió mucho los ojos y se quedó paralizado varios segundos, recorriéndola de arriba abajo. Su rostro pasó de sorpresa a una clara admiración.
—Diana… —dijo casi sin aliento, acercándose—. Tú… wow. Te ves… increíblemente hermosa.
Diana se puso roja como un tomate y bajó la mirada, sonriendo tímidamente.
—¿Sí? ¿No es demasiado?
—No. Para nada —respondió Andrés, sin poder dejar de mirarla—. De verdad… estás espectacular.
La tensión entre ellos era palpable. Andrés parecía querer decir algo más, pero se contuvo.
Esa misma tarde Valeria aprovechó un momento en el que Diana había ido al baño y se acercó a Andrés en la cafetería.
—Oye, Andrés… ¿puedo decirte algo?
—Claro.
Valeria sonrió con complicidad.
—Diana está loca por ti. Y se nota que tú también sientes algo por ella. Llevan meses dando vueltas alrededor del tema. ¿No crees que ya es hora de que des el siguiente paso? Invítala a salir. Una cita de verdad.
Andrés se rascó la nuca, claramente nervioso pero ilusionado.
—¿Tú crees? No quiero arruinar la amistad…
—Confía en mí —dijo Valeria—. A ella le encantaría.
Al día siguiente, Andrés esperó a Diana después de la última clase. Estaba más nervioso que nunca.
—Diana… ¿tienes un momento?
—Claro —respondió ella, todavía con el nuevo look que le daba más confianza.
Andrés respiró hondo.
—Me preguntaba si… te gustaría salir conmigo este viernes. No como amigos. Una cita de verdad. Cena, cine, lo que quieras. Solo tú y yo.
Diana se quedó congelada. Sus mejillas se pusieron completamente rojas y sintió que el corazón le iba a explotar. Bajó la mirada, mordiéndose el labio, claramente sorprendida y emocionada.
—Yo… ¿en serio? —preguntó con voz suave.
—En serio —contestó Andrés sonriendo.
Diana levantó la vista, todavía sonrojada, y asintió lentamente.
—Sí… me encantaría.
Andrés soltó el aire que estaba conteniendo y sonrió ampliamente.
—Perfecto. Entonces te paso a buscar el viernes.
Mientras Andrés se alejaba, Diana se quedó parada en el pasillo, con una mano en el pecho y una sonrisa que no podía ocultar.
Por primera vez desde su transformación, sentía algo parecido a la felicidad.
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