sábado, 16 de mayo de 2026

De bully a pequeña dama 1

Diego era el típico bully del barrio. Alto, musculoso, tatuado y con una actitud de mierda. Tenía 22 años y disfrutaba especialmente joder a Andrés, un chico flaco, tímido y de 19 años que estudiaba en la universidad técnica del barrio. Cada vez que lo veía, Diego lo empujaba, le robaba cosas, lo humillaba frente a sus amigos y le decía cosas como “maricón”, “perdedor” o “te voy a partir la cara”.

Una tarde, Diego acorraló a Andrés contra una pared cerca del parque.

—¿Qué pasa, mariconcito? ¿Otra vez con tus libros de mierda? —dijo Diego riéndose mientras le quitaba la mochila y la tiraba al suelo.

Andrés solo bajó la cabeza, aguantando. Pero no estaba solo. A unos metros, observándolo todo, estaba Valeria, su mejor amiga. Valeria era una chica callada, de cabello negro largo, ojos intensos y con una reputación extraña: decían que era rara y que siempre traía una notas con símbolos extraños.

Esa noche, Valeria decidió que ya era suficiente.

Al día siguiente, Diego estaba solo en su departamento. Había pasado una noche bebiendo y despertó con resaca. Cuando se levantó de la cama sintió algo raro: su cuerpo se sentía ligero, extraño. Fue al baño y encendió la luz.

Lo que vio en el espejo lo dejó congelado.

Ya no era Diego.

Ahora era una mujer joven, de unos 22 años. Medía casi 30 centímetros menos. Su físico era impresionante: pechos de buen tamaño, redondos y firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo grande, redondo y respingón. Su cabello era ahora castaño claro, largo y algo lacio. Tenía un rostro bonito, labios carnosos y ojos grandes color café.

—¿Qué… qué carajo?! —gritó con una voz aguda y femenina que lo aterrorizó.

Se tocó la cara, el cuello, y bajó las manos hasta sus nuevos pechos. Los apretó con incredulidad. Eran suaves, pesados y extremadamente sensibles. Al pellizcar sus pezones rosados soltó un gemido involuntario.

—No… no puede ser… esto no es real…

Desesperado, se bajó los boxers, que ahora le quedaban enormes y se caían solos. Entre sus piernas ya no había nada. Solo una vagina depilada, con labios suaves y un pequeño clítoris visible. Se tocó con dedos temblorosos y sintió una descarga de placer que le recorrió todo el cuerpo.

—Ahh… ¡mierda!

No pudo evitarlo. La curiosidad y el shock lo dominaron. Se sentó en el borde de la bañera, abrió las piernas y empezó a explorarse. Sus dedos acariciaron los labios externos, luego separó los pliegues y tocó su clítoris. Cada roce enviaba olas de placer nuevas e intensas. Sus pechos se movían con cada respiración agitada. Introdujo un dedo dentro de su coño y sintió lo caliente y húmedo que estaba. Luego metió dos. Empezó a masturbarse con más rapidez, frotando su clítoris con la palma mientras sus dedos entraban y salían.

—Joder… esto se siente… demasiado bien… —gemía con su nueva voz femenina.

Sus caderas se movían solas. Sus pechos rebotaban. El orgasmo llegó como una explosión: sus piernas temblaron violentamente, su coño se contrajo alrededor de sus dedos y soltó un chorro de humedad que mojó el piso del baño. Se corrió con fuerza, gritando y arqueando la espalda.

Quedó jadeando, mirándose en el espejo con los muslos abiertos y la mano todavía entre las piernas.

Valeria había hecho un trabajo excelente con el hechizo.

Diego se quedó mirando su reflejo, con lágrimas de rabia, vergüenza y confusión.

—¿Cómo carajos pasó esto?

En su teléfono apareció un mensaje de un número desconocido:

"Ahora sabrás lo que se siente ser vulnerable. Que te vaya bien, Dianita 😉"


Los primeros días fueron un infierno para Diana. Se sentía débil, pequeña y extremadamente vulnerable. Su nuevo cuerpo de 1,58 m con curvas pronunciadas pechos grandes, cintura estrecha y un culo redondo que se movía solo al caminar, la hacía sentir expuesta todo el tiempo. Tenía que usar ropa de su “prima lejana” (Valeria le había dejado una maleta con ropa en la puerta como burla). Jeans ajustados que marcaban su trasero, blusas que apenas contenían sus pechos y ropa interior que le rozaba de formas desconocidas.

                                            

Nadie en el barrio la reconocía como Diego. Para todos, simplemente era “la nueva chica del edificio”. Y nadie se acercaba. Los hombres la miraban con deseo, pero nadie quería hablar con ella más allá de comentarios groseros. Las chicas la veían como competencia y la ignoraban. Diana pasaba los días encerrada, comiendo lo poco que tenía, mirando por la ventana y tocándose el cuerpo casi compulsivamente por las noches, alternando entre rabia y placer.

Se sentía sola. Muy sola.

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Una tarde, mientras intentaba cargar dos bolsas pesadas del supermercado, tropezó en la calle. Las bolsas se cayeron y varias cosas rodaron por la acera. Diana maldijo en voz baja, agachándose con dificultad. Sus pechos casi se le salían del escote.

—¿Necesitas ayuda?

Levantó la mirada y se quedó helada. Era Andrés. El mismo chico delgado y tímido al que había golpeado, humillado y llamado “maricón” durante meses. Andrés la miró con preocupación genuina, sin reconocerla en absoluto. Recogió las bolsas y se las sostuvo.

—Pareces nueva por aquí. ¿Vives cerca?

Diana sintió una mezcla brutal de vergüenza, rabia y alivio. Quería gritarle, insultarlo, pero su nueva voz suave solo salió temblorosa:

—Sí… en el edificio de la esquina. Gracias.

Andrés la ayudó a llevar las bolsas hasta su departamento. Durante el camino hablaron poco, pero Diana notó algo extraño: por primera vez en semanas, alguien la trataba con amabilidad. Sin miradas lascivas, sin comentarios sobre su culo.

Cuando llegaron a la puerta, Andrés se rascó la nuca, nervioso.

—Mira… sé que no nos conocemos, pero pareces estar pasando por un mal momento. Si necesitas algo, trabajo en la tienda de mi tío y puedo ayudarte con comida barata o con lo que sea. Nadie debería estar solo en este barrio.

Diana apretó los labios. Su orgullo de ex-bully gritaba que lo mandara a la mierda. Pero la realidad era otra: no tenía dinero, apenas sabía cocinar, y tenía miedo de salir sola por la noche. Se sentía débil y eso la enfurecía.

—…Está bien —aceptó casi de mala gana, mirando hacia otro lado—. Solo… por ahora. No necesito lástima.

Andrés sonrió suavemente.

—No es lástima. Es ayuda. Me llamo Andrés, por cierto.

—Diana —respondió ella, sintiendo un nudo en la garganta.

Los siguientes días Andrés empezó a pasar por su departamento. Le traía comida, le explicó cómo moverse por el barrio de forma segura, y hasta le prestó un viejo celular para que pudiera comunicarse. Diana aceptaba la ayuda con mala cara, respondiendo cortante y distante, pero en el fondo se sentía aliviada. Por primera vez no se sentía completamente sola.

Poco a poco nació una química extraña y complicada.

Diana se sorprendía mirándolo cuando él no se daba cuenta. Andrés era más alto de lo que recordaba, tenía manos grandes y una voz tranquila que la calmaba. A veces, cuando él se acercaba demasiado para entregarle algo, ella sentía un calor incómodo entre las piernas. Su cuerpo reaccionaba aunque su mente se resistiera.

La dinámica entre ellos va evolucionado positivamente, por ahora.....


HOLA CON TODOS LECTOR@S¡¡¡ 

Me presento como ''Astro'' nuevo escritor en el blog, prometo traerles un promedio de tres a cinco  historias por semana, espero puedan disfrutar de las historias y sobre todo volar su imaginación, sin nada mas que decir me despido, esperen la segunda parte de esta historia¡¡¡¡

2 comentarios:

  1. disculpen si aceptan peticiónes pueden ponerle diálogos a esta imagen de wiz y darkness por favor link aqui: https://images-wixmp-ed30a86b8c4ca887773594c2.wixmp.com/f/15f7cd03-5917-4844-8943-d6de41f93932/dj1h7r0-22978f34-3615-4b4a-878b-9890529d09f4.jpg/v1/fill/w_1920,h_2095,q_75,strp/darkness_wiz_body_swap_by_verteeg_dj1h7r0-fullview.jpg?token=eyJ0eXAiOiJKV1QiLCJhbGciOiJIUzI1NiJ9.eyJzdWIiOiJ1cm46YXBwOjdlMGQxODg5ODIyNjQzNzNhNWYwZDQxNWVhMGQyNmUwIiwiaXNzIjoidXJuOmFwcDo3ZTBkMTg4OTgyMjY0MzczYTVmMGQ0MTVlYTBkMjZlMCIsIm9iaiI6W1t7ImhlaWdodCI6Ijw9MjA5NSIsInBhdGgiOiIvZi8xNWY3Y2QwMy01OTE3LTQ4NDQtODk0My1kNmRlNDFmOTM5MzIvZGoxaDdyMC0yMjk3OGYzNC0zNjE1LTRiNGEtODc4Yi05ODkwNTI5ZDA5ZjQuanBnIiwid2lkdGgiOiI8PTE5MjAifV1dLCJhdWQiOlsidXJuOnNlcnZpY2U6aW1hZ2Uub3BlcmF0aW9ucyJdfQ.c_30oYffNWTZVjzJl07jhAQwng99gB3y9Ce-_A5uPhQ

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