martes, 29 de septiembre de 2026

Lección Aprendida 2

La risita de la mujer se le clavó a Tomás en el pecho como una aguja. No era una risa abierta ni exagerada; era corta, suave, llena de una satisfacción casi perezosa, como si acabara de terminar un trabajo bien hecho y estuviera disfrutando del resultado. Tomás sintió que el estómago se le encogía. Esa risa no prometía nada bueno. Nada en absoluto.

Con el corazón latiéndole desbocado, giró la cabeza a un lado y a otro, buscando desesperadamente a Diego. El cuerpo de su amigo ya no estaba donde había caído. La tierra seca solo mostraba una leve marca, como si alguien hubiera estado tumbado ahí hace unos minutos… y nada más. Pero cerca del riachuelo había rastro de la sudadera y demás  ropa de diego.

—¿Diego…? —la voz femenina le salió temblorosa, más aguda de lo que aún podía soportar escuchar—. ¿Diego?

Se tambaleó un paso, luego otro, sujetándose la cintura del pantalón con una mano para que no se le resbalara del todo y apretando la tela demasiado grande de la camiseta contra el pecho pesado. Los senos de copa F tiraban hacia abajo con cada movimiento, balanceándose de forma obscena, recordándole a cada segundo que aquel cuerpo ya no era el suyo. El cabello corto pero ahora más suave le rozaba la nuca cuando giraba la cabeza, buscando, buscando…

No había nadie.

El pánico le subió por la garganta como un sabor amargo.

—¿Dónde está? —preguntó, girándose hacia la mujer con los ojos muy abiertos—. ¿Dónde está mi amigo? ¿Qué le hiciste?

La mujer lo miró con calma. Una sonrisa burlona empezó a dibujarse lentamente en sus labios, torcida, divertida, como si la pregunta de Tomás fuera la parte más entretenida de la tarde.

—Está por ahí… fluyendo —respondió con tono ligero—. Como dirían los jóvenes.

La frase le cayó a Tomás como un balde de agua fría. Intentó hablar, intentó gritar, pero ella levantó una mano con elegancia y lo cortó en seco.

—Shh. Déjame terminar.

Dio un par de pasos lentos hacia él, sin perder nunca esa expresión de superioridad divertida. Tomás retrocedió por instinto, sintiendo cómo el pantalón se le resbalaba un poco más por las caderas ahora más redondeadas y cómo el peso de los senos tiraba de su torso cada vez que respiraba agitado.

—Fuiste algo amable —continuó ella, con voz casi didáctica—. Al menos le dijiste a tu amigo que lo que hacía estaba mal. Eso cuenta. Pero fuiste débil y cobarde. No hiciste nada. Te quedaste mirando, eso no es digno de un hombrecito. Pero por  tener algo de decencia te permitiré conservar una forma humana…

Se detuvo frente a él, inclinando ligeramente la cabeza, y su sonrisa se volvió abiertamente sarcástica.


—Solo que ahora sentirás lo que es que los hombres te deseen. Te transformé en el tipo de mujer que tenías en la mente… vaya que sí tienes gustos interesantes.

Tomás sintió que la cara se le quemaba de una mezcla de humillación, rabia y terror. Quiso responder, quiso insultarla, pero las palabras se le atragantaron cuando ella siguió hablando, ahora con un tono más oscuro, más malicioso.

—En cuanto a tu amigo… bueno. Era un completo imbécil. Y como a él le gusta tanto “fluir”…

La mujer soltó una risa baja, maliciosa, que se le erizó la piel a Tomás de pies a cabeza.

—Lo convertí en un pez. Ahora fluirá en el agua todo el tiempo que quiera.

La risa de ella se prolongó un segundo más, cruel, satisfecha.

Tomás no pensó. El pánico puro le ganó a cualquier otra cosa. Se giró de golpe y corrió —o intentó correr— hacia el riachuelo. Los senos enormes rebotaban pesadamente con cada paso, tirando de su espalda, haciendo que el equilibrio fuera una lucha constante, y aún así no se detuvo.

Llegó al borde del agua jadeando. Se arrodilló torpemente sobre la tierra húmeda, agarrándose el pecho con una mano para detener el balanceo y asomándose al riachuelo con los ojos desorbitados. El agua clara corría entre las piedras, formando pequeños remolinos y reflejando los últimos rayos del sol. Buscó con la mirada cualquier cosa: una sombra, un movimiento, algo que se pareciera a Diego…

Nada.

Solo el agua fluyendo, indiferente.

Detrás de él, sintió la presencia de la mujer. No necesitaba girarse para saber que lo estaba observando. Podía casi notar su mirada posada en su espalda, en la forma torpe en que sujetaba la ropa demasiado grande, en el temblor de sus hombros ahora más estrechos. Había burla en esa mirada. Y algo más. Algo parecido a malicia, como si estuviera saboreando cada segundo del terror de Tomás.

El riachuelo seguía cantando suavemente, arrastrando hojas y pequeñas ramas hacia abajo… y Tomás, de rodillas junto al agua, con el cuerpo pesado y extraño, sintió que el mundo se le venía encima.

El agua del riachuelo corría con esa calma hipnótica que solo tienen los arroyos alejados de todo, pero Tomás ya no prestaba atención al sonido. Sus ojos —ahora más grandes, más expresivos bajo unas pestañas que no recordaba tener tan largas— se clavaron en un único pez que permanecía casi inmóvil cerca de la orilla. No era nada especial a simple vista: un pez común, de escamas plateadas y tamaño mediano, de esos que cualquiera podría pescar sin emocionarse. Pero ese pez no se movía como los demás. Mientras el resto de la corriente arrastraba hojas y pequeñas burbujas río abajo, aquel animal se mantenía obstinadamente en el mismo punto, justo frente a donde Tomás estaba arrodillado.

Y entonces lo vio.

El pez dio un coletazo brusco, casi desesperado, empujándose hacia la superficie como si intentara saltar fuera del agua. Una y otra vez. Como si estuviera luchando contra su propio cuerpo.


El estómago de Tomás se encogió con violencia.

—…Diego —susurró con aquella voz femenina que todavía le resultaba extraña y aterradora.

El pez respondió con otro coletazo furioso, salpicando un poco de agua sobre las piedras.

La confirmación fue como un golpe directo al pecho. Tomás sintió que la rabia le subía de golpe, mezclada con un terror helado. Se puso en pie de un salto torpe, casi perdiendo el equilibrio por el peso de los senos enormes que rebotaron pesadamente bajo la camiseta demasiado grande. Tuvo que agarrarse el pecho con una mano para detener el balanceo y con la otra sujetar el pantalón que amenazaba con resbalarse por completo de sus caderas ahora más anchas y redondeadas. El cabello corto pero sedoso le cayó un poco sobre la frente cuando giró bruscamente hacia la mujer.

—¡Devuélvenos! —gritó, la voz aguda temblando de furia—. ¡Devuélvenos ahora mismo, carajo! ¡Lo que sea que nos hayas hecho, deshazlo!

La mujer lo miró con absoluta indiferencia. Ni siquiera se molestó en enderezar del todo la postura. Solo alzó una ceja y hizo un gesto vago con la mano, como quien espanta una mosca molesta.

—Nah —respondió con tono aburrido—. Creo que deberían pasar un tiempo así.

Tomás sintió que algo se le rompía por dentro. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Una se le escapó por la mejilla, caliente y humillante, mientras el peso de aquellos senos  tiraba constantemente de su torso. Intentó hablar otra vez, pero solo le salió un sollozo ahogado.

La mujer lo observó llorar y soltó una risita baja, casi de queja, como si el llanto le resultara exagerado.

—Ay, no pongas esa cara… —dijo, negando con la cabeza con fingida paciencia—. Más adelante te buscaré. Te ofreceré un trato. Y tal vez… solo tal vez… entonces los devuelva a la normalidad.

Un ligero alivio se filtró entre el pánico de Tomás. Muy ligero. Porque la situación seguía siendo la misma: seguía atrapado en aquel cuerpo pesado, suave y profundamente ajeno, con la voz de mujer y sin rastro de su antigua fuerza. Seguía viendo a su mejor amigo convertido en un pez que forcejeaba inútilmente cerca de la orilla.

La mujer dio un paso atrás, ya preparándose para marcharse. Antes de desaparecer, sin embargo, lo miró una última vez con esa sonrisa maliciosa que se le había quedado grabada a Tomás en la memoria.

—Ah, y una recomendación —añadió con tono casi casual—. Llévate a tu amigo de aquí. Cerca suelen pasar pescadores… o algún animal que se lo puede llevar de recuerdo. Sería una lástima que terminara en una sartén o en el estómago de un zorro, ¿no?

Se rió abiertamente esta vez, una risa clara y cruel que resonó un segundo en el aire del atardecer… y luego, simplemente, ya no estuvo. Se desvaneció como si nunca hubiera existido, dejando solo el sonido del riachuelo y el peso aplastante del silencio.

Tomás se quedó solo.

El sol ya casi había desaparecido detrás de los árboles retorcidos. El cielo se teñía de un azul profundo que anunciaba la noche, y las primeras sombras largas empezaban a estirarse sobre el terreno baldío. El aire se enfriaba rápido. Tomás, de pie junto al agua, se puso la sudadera de su amigo para intentar cubrirse , sentía  cómo los senos pesados tiraban de su espalda con cada respiración agitada, cómo el short se le apretaba un poco más cada vez que se movía. Entre las piernas solo había una ausencia extraña y suave que lo hacía querer cruzar las piernas por instinto

Miró hacia el pez —hacia Diego— que seguía forcejeando débilmente cerca de la orilla, como si aún intentara decirle algo.

La noche se cernía sobre ellos.

Y Tomás, atrapado en aquel cuerpo de mujer que no era suyo, con las mejillas aún húmedas de lágrimas y el corazón latiéndole desbocado, supo que tenía que encontrar una forma de llevarse a su amigo antes de que fuera demasiado tarde.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Te ha pasado que quieres decir algo pero las palabras no son suficientes? Ahora puedes colocar imágenes o vídeos en comentarios, con los siguientes códigos:

[img]URL de la imagen[/img]

[video]URL del video[/video]