La vida de Andrés parecía mejorar a pasos agigantados, como si el anillo no solo le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, sino también una especie de suerte retorcida. Su popularidad en el campus crecía sin freno. Cada vez más gente se le acercaba, se reía de sus comentarios y aceptaba sus invitaciones. Un miércoles por la tarde, Lucas lo vio aparcar un auto completamente nuevo en el estacionamiento de estudiantes: un modelo reciente, oscuro y llamativo, que claramente no estaba al alcance de alguien con su anterior situación económica. Andrés bajó del vehículo como si llevara años conduciéndolo, con esa seguridad física que ahora exhibía sin ningún disimulo.
Lucas apretó la mandíbula hasta dolerle y se alejó antes de que el otro pudiera notarlo.
María, en cambio, tomó una decisión impulsiva y peligrosa.
Sin decírselo a Lucas —precisamente para no preocuparlo—, compró un tinte barato y se encerró en el baño una noche. El resultado fue un rubio claro, casi platino, que le cambiaba por completo la apariencia. Se miró al espejo durante un buen rato, sintiendo una mezcla de rechazo y necesidad práctica. No le gustaba. Pero si iba a seguir a Andrés, necesitaba parecer otra persona. Al día siguiente se puso unas gafas de montura gruesa que encontró en una tienda de segunda mano y se lanzó a la calle con el corazón latiéndole en la garganta.
Lo siguió con extremo cuidado.
Andrés caminaba con paso seguro hacia el edificio de Ciencias, aparentemente solo. María mantuvo distancia, pegada a las paredes, usando grupos de estudiantes como cobertura cada vez que él giraba la cabeza. Lo vio entrar por una puerta lateral y subir a un segundo piso poco transitado a esa hora. Allí, en un pasillo casi vacío, Andrés se detuvo frente a un hombre de unos cuarenta años que revisaba unos papeles junto a una ventana: el profesor Arlo, docente de Estadística, conocido por ser estricto pero justo.
La conversación empezó en tono bajo, pero pronto se volvió tensa.
—Mis calificaciones no merecían ese suspenso —decía Andrés con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Usted me tiene manía.
El profesor Arlo ni siquiera levantó la vista de inmediato.
—Lo reprobé porque no estudió, Andrés. Las consecuencias de no prepararse son exactamente estas. No fue personal.
Fue entonces cuando María, escondida tras el marco de una puerta entreabierta, vio cómo Andrés sacaba el anillo del bolsillo y se lo colocaba en el dedo con una naturalidad escalofriante. El metal oscuro brilló débilmente.
—Sabes… —murmuró Andrés, levantando la mano—. Tal vez una nueva apariencia haga que te presten más atención. O que por fin entiendas lo que se siente cuando las cosas se te van de las manos.
El haz de luz surgió del anillo antes de que el profesor pudiera reaccionar.
María se tapó la boca con ambas manos para no gritar.
El cuerpo del profesor Arlo se contorsionó de forma antinatural. Perdió altura. Los hombros se estrecharon, la cintura se marcó y el pecho se expandió bajo la camisa formal hasta desgarrar un botón. El pelo se alargó y se volvió más oscuro; el rostro se suavizó, adquiriendo facciones femeninas claras. En cuestión de segundos, donde había estado un hombre de mediana edad ahora había una mujer de aspecto maduro pero atractivo, con un cuerpo curvilíneo atrapado en ropa de hombre que le quedaba ridículamente grande y torcida.
La nueva profesora miró sus manos, luego se tocó el pecho con dedos temblorosos. Un sollozo ahogado le escapó de la garganta cuando escuchó su propia voz, ahora claramente femenina.
Andrés soltó una risa baja, satisfecho.
—Ya he practicado con al menos tres personas antes que tú —dijo con tono casi casual, como quien comenta el clima—. Así que ni una palabra de esto a nadie… o podrías terminar como Amber. ¿Quedó claro?
La mujer que había sido el profesor Arlo asintió con la cabeza, pálida y temblando, incapaz de articular palabra. Andrés se guardó el anillo, le dio una última mirada de superioridad y se alejó por el pasillo silbando bajito.
María permaneció escondida varios minutos después de que él desapareciera, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho. El horror la tenía clavada en el sitio. Acababa de presenciar cómo alguien más perdía su vida tal como ellos la habían perdido. Y la amenaza sobre Amber resonaba en su cabeza como un eco venenoso.
Cuando por fin se aseguró de que Andrés no iba a regresar, salió de su escondite con pasos cuidadosos.
La nueva docente seguía de pie junto a la ventana, abrazándose a sí misma, con la ropa masculina colgándole del cuerpo y lágrimas silenciosas resbalándole por las mejillas. María se acercó despacio, levantando ambas manos a la vista para no asustarla más de lo que ya estaba.
—Profesora… —susurró con voz temblorosa—. Yo… yo vi lo que le hizo. No está sola.
La mujer que hasta hace apenas unos minutos había sido el profesor Arlo dio un respingo al ver a María. Sus ojos —ahora más grandes y enmarcados por pestañas que antes no tenía— se abrieron con puro pánico. Retrocedió un paso, tropezando casi con la ropa de hombre que le colgaba del cuerpo de forma ridícula.
—T-tiene que hacer algo… —balbuceó con voz temblorosa y claramente femenina—. Ese sujeto no puede estar haciendo esto a la gente así porque sí. No puede…
María levantó ambas manos en un gesto calmado, intentando no asustarla más.
—Entiendo cómo se siente —dijo en voz baja—. Pasé por algo similar. Yo… también fui cambiada. No está sola en esto.
Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. La nueva profesora se llevó las manos al rostro y empezó a llorar con sollozos contenidos, el cuerpo sacudido por temblores que no podía controlar. María sacó el teléfono con dedos un poco torpes y le envió un mensaje rápido a Lucas:
«Ven al aula 214 de Ciencias. Ahora. Es urgente. No vengas solo.»
La respuesta llegó en menos de veinte segundos:
«Voy para allá.»
Mientras esperaban, María intentó consolar a la mujer lo mejor que pudo. Le habló en tono suave, explicándole a grandes rasgos lo del anillo, de Andrés y de cómo el hechizo no solo transformaba el cuerpo, sino también la identidad a ojos del resto del mundo. La profesora escuchaba entre lágrimas, asintiendo a ratos, todavía en estado de shock.Fue entonces cuando ambas notaron el cambio en la ropa.
La camisa formal de hombre que le quedaba enorme comenzó a encogerse y a modificarse ante sus ojos. La tela se tiñó de un color más suave, las mangas se ajustaron a unos brazos más delgados y el escote se abrió ligeramente. El pantalón de traje se transformó en una falda lápiz oscura que marcaba unas caderas que antes no existían. Incluso el maletín de cuero que yacía en el suelo se distorsionó, volviéndose un bolso femenino de tamaño mediano. La magia estaba terminando de asentar la nueva realidad.
La profesora soltó un gemido ahogado al verse reflejada de cintura para abajo en la ventana.
En medio de aquel momento tenso, un movimiento en la puerta entreabierta captó la atención de María.
Uno de los gatos callejeros que solían rondar el campus entró al aula con paso decidido, la cola erguida y la mirada fija. No parecía un animal perdido: se movía como si estuviera buscando algo concreto. O cazando. María apenas le prestó atención al principio; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hasta que el felino dio un salto preciso y atrapó entre sus mandíbulas un pequeño ratón grisáceo que había intentado escabullirse detrás de una estantería.El chillido agudo del roedor la hizo reaccionar.
En algún momento de su vida anterior, cuando todavía era Mateo, había tenido hámsteres y ratones como mascotas. Sabía lo frágiles que eran. Sin pensarlo demasiado, se acercó con cuidado, espantó al gato de un manotazo y logró liberar al ratón de entre sus dientes. El animalito quedó temblando en la palma de su mano, con el pelaje húmedo y un par de marcas rojas en el costado, pero todavía vivo.María lo observó unos segundos. Luego, impulsivamente, lo guardó con cuidado en el bolsillo delantero de su chaqueta, donde quedaría algo protegido y caliente.
Fue al acomodarlo cuando notó algo extraño.
El ratón, a pesar del evidente dolor y el miedo, movía las patitas delanteras de forma torpe y descoordinada. No eran los movimientos frenéticos habituales de un animal asustado. Parecían… intencionales. Como si intentara hacer gestos. Como si quisiera comunicarse.
María frunció el ceño y estaba a punto de sacarlo de nuevo del bolsillo para mirarlo mejor cuando la puerta del aula se abrió de golpe.
Lucas entró casi corriendo, con la respiración agitada y la expresión de quien espera lo peor. Su mirada pasó de María a la mujer que sollozaba junto a la ventana… y se detuvo en seco al comprender lo que estaba viendo.

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