Tomás se quedó unos segundos más arrodillado junto al riachuelo, con la respiración agitada y el peso de aquellos senos enormes tirando constantemente de su torso. El pez —Diego— seguía forcejeando débilmente cerca de la orilla, como si aún no aceptara del todo su nueva forma. Tenía que sacarlo de ahí. Rápido.
Empezó a buscar entre la ropa de diego algo con lo que pudiese llevarlo. Los dedos, ahora más pequeños y delicados algo torpes por el nerviosismo se enredaban entre la ropa de diego que para su parecer ahora era mas grande. Afortunadamente logró encontrar una bolsa de plástico algo maltratada, de esas que uno guarda sin saber muy bien por qué: tenía un par de agujeros pequeños y el asa semi-rota, pero todavía servía. Tomás soltó un suspiro tembloroso de alivio.
Con cuidado, y sin dejar de sujetarse el pantalón con una mano, metió la bolsa en el agua del riachuelo y la llenó parcialmente. Luego, con una torpeza nacida del pánico y de la falta de fuerza, intentó guiar al pez hacia dentro. Diego pareció entenderlo a medias; dio un par de coletazos y terminó entrando. Tomás cerró la bolsa lo mejor que pudo, dejando aire suficiente, y la levantó.
El peso le sorprendió.
No era demasiado, pero su nuevo cuerpo tenía claramente menos fuerza en los brazos y en la espalda. Los senos se balancearon hacia adelante con el esfuerzo, pesados, suaves, tirando de la tela de de una forma obscena. Debido a que estaba semidesnuda se puso la sudadera de diego aflojar un poco el short, ya que le ajustaba por completo debido a sus caderas más anchas y redondeadas. Cada paso que daba hacía que todo se moviera.
El camino de regreso se le hizo eterno.
Caminó por el terreno baldío y luego por las calles cada vez más iluminadas de la ciudad con la cabeza gacha, sujetando la bolsa con una mano y el pantalón con la otra, sintiendo cómo la gente que pasaba la miraba de reojo. No sabía si era por la ropa ridículamente grande o por la figura que ahora se adivinaba debajo. Cada movimiento le recordaba que ya no era el mismo. El peso constante en el pecho, la forma en que las caderas se mecían sin que pudiera evitarlo, la ausencia extraña entre las piernas…
Cuando por fin llegó a casa, el cielo ya estaba casi negro. Entró con el corazón todavía desbocado, cerró la puerta de una patada y fue directo a la cocina. Encontró una cubeta de plástico limpia bajo el fregadero, la llenó de agua del grifo y vació con mucho cuidado el contenido de la bolsa. Diego cayó dentro con un pequeño chapoteo y empezó a nadar en círculos cortos, como si estuviera orientándose.
Tomás se agachó frente a la cubeta, sujetándose el pecho para que no colgara tanto, y habló en voz baja, con aquella voz femenina que todavía le erizaba la piel:
—Te buscaré una pecera lo más pronto posible, ¿va? De verdad. Pero ahora… ahora tienes que aguantar aquí un rato. No me dejes solo en esto, idiota.
El pez dio un coletazo contra la pared de la cubeta, como respuesta.
Fue entonces cuando notó algo raro , la casa le parecía un poco distinta pero como si estuviese en un trance empezó a nublársele la mente fue al baño a despejarse.
Salió del baño como en trance y subió a su habitación.
O a lo que antes era su habitación.
Ahora las paredes eran de un tono pastel suave, había cortina
s claras, una cama más grande con fundas floreadas y un tocador con espejo grande. Todo había cambiado. Tomás —o lo que fuera ahora— se acercó despacio al espejo de cuerpo entero y se miró de verdad por primera vez.
Y se quedó sin palabras.
El reflejo que le devolvía la imagen era el de una joven jodidamente atractiva. Pelo corto pero sedoso y bien cortado que le enmarcaba un rostro delicado de pómulos altos, labios llenos y ojos grandes. El cuello era fino, los hombros suaves, y luego… aquellos senos. Enormes, pesados, de una copa F generosa que la blusa apenas contenía. Se levantaban firmes y redondos. La cintura se estrecha de forma pronunciada antes de abrirse en caderas anchas y un trasero generoso que el short marcaba sin piedad. Las piernas eran largas y tonificadas, femeninas.
Con el corazón latiéndole con fuerza, levantó una mano temblorosa y se tocó el pecho por encima de la tela. El peso, la suavidad, la forma en que cedía bajo sus dedos… era real. Bajó la mano por la cintura, por la curva de la cadera, sintiendo la piel suave a través de la ropa. Una curiosidad oscura y creciente empezaba a nacerle en el estómago.
Fue entonces cuando el móvil vibró en el bolsillo trasero del short.
Lo sacó con dedos torpes. En la pantalla aparecía “Mamá”. Contestó sin pensar.
—¿Hola?
—¡Tania, por fin! —la voz de su madre sonó al otro lado, completamente natural—. Casi no me coges, cielo. Escucha, tu abuela tuvo un problema de salud y tengo que quedarme unos días con ella. Te dejo la casa encargada, ¿vale? Hay comida en la nevera y dinero en el cajón de siempre si necesitas algo. Cualquier cosa me llamas.
Tania.
El nombre le golpeó como una bofetada.
—Y-yo… sí —logró responder con aquella voz suave—. Claro. No te preocupes.
—Eres un amor. Te quiero, Tania. Cuídate.
La llamada terminó.
Tania se quedó mirando el móvil en silencio. Tania. Su madre la había llamado Tania como si siempre hubiera sido así. Como si Tomás nunca hubiera existido. La magia de aquella mujer no solo había cambiado su cuerpo… había cambiado su vida entera.
Dejó el móvil sobre el tocador y volvió a mirarse al espejo. Esta vez más despacio. Más fijamente. Con una curiosidad que ya no podía frenar del todo.
Sus manos subieron hasta la parte inferior de la sudadera. Lo deslizó y subió. Luego el siguiente. La tela desaparecía poco a poco, revelando la piel suave y el generoso escote de un sujetador negro que apenas contenía aquellos senos pesados. El aire fresco de la habitación le rozó la piel recién expuesta y un escalofrío le recorrió la espalda.
Se mordió el labio inferior, mirando su propio reflejo con una mezcla de terror, fascinación y algo más cálido que empezaba a crecerle entre las piernas.
Con el corazón acelerado, siguió desvistiendose para ponerse algo más cómodo… mientras la curiosidad seguía creciendo, peligrosa e imposible de ignorar.
Tania se miró en el espejo de cuerpo entero con el pecho agitado. El sujetador negro apenas contenía aquellos senos enormes de copa F; la tela se hundía entre ellos formando un profundo valle y los bordes superior e inferior parecían a punto de rendirse. Con dedos temblorosos se deslizó las tirantes por los hombros y se quitó el sujetador de un tirón. Los pechos cayeron pesados, libres, balanceándose con una inercia que le arrancó un jadeo suave. Eran grandes, redondos, de piel suave y pezones ya endurecidos por el aire fresco de la habitación.
Se quedó mirándolos un largo segundo. Luego levantó ambas manos y los sostuvo, sintiendo el peso real, la calidez, la forma en que rebosaban entre sus dedos. Los apretó con suavidad y una corriente eléctrica le recorrió el vientre. El vaquero le apretaba de forma casi dolorosa entre las piernas. Sin pensarlo demasiado, se desabrochó el botón y bajó la cremallera. El pantalón y la ropa interior cayeron al suelo en el mismo movimiento.
Desnuda por completo frente al espejo, Tania contempló su nuevo cuerpo con una mezcla de terror y una lujuria creciente que ya no podía fingir que no existía. La cintura estrecha, las caderas anchas, el suave monte de Venus y aquella abertura rosada y húmeda que nunca había tenido. Se mordió el labio inferior y, casi por impulso, deslizó una mano entre sus muslos.
Estaba empapada.Los dedos se le resbalaron con facilidad sobre los pliegues sensibles. Un gemido bajo y femenino se le escapó de la garganta cuando encontró el pequeño botón hinchado en la parte superior. Empezó a frotarlo en círculos torpes al principio, luego más firmes, mientras con la otra mano amasaba uno de sus pesados senos, pellizcando el pezón entre el pulgar y el índice. El placer subió rápido, demasiado rápido. El cuerpo respondía con una intensidad que Tomás nunca había experimentado. Las piernas le temblaron. Tuvo que apoyarse contra el borde del tocador mientras aceleraba el ritmo de los dedos, metiendo primero uno y luego dos dentro de aquella nueva calidez apretada y resbaladiza.
El orgasmo la golpeó de golpe.
Se arqueó hacia adelante, los senos balanceándose pesadamente, un grito ahogado escapándosele de los labios mientras las contracciones la sacudían una y otra vez. Se quedó temblando varios segundos, con los dedos todavía enterrados y la respiración entrecortada, mirando su propio reflejo sonrojado y desordenado en el espejo.
Cuando por fin recuperó el aliento, se enderezó despacio. El reflejo seguía ahí: una chica joven, voluptuosa y jodidamente atractiva, con el pelo corto alborotado, los labios hinchados y el cuerpo todavía marcado por el placer reciente. Tania tragó saliva. Toda la ropa del armario había cambiado también. Ya no había camisetas de hombre ni pantalones holgados. Solo prendas femeninas: blusas, tops, leggins, ropa interior de colores y tejidos que nunca habría comprado.
Abrió un cajón al azar y sacó un conjunto de deporte negro: un top deportivo que apenas logró cerrar sobre sus senos y unos leggins ceñidos que marcaban cada curva de sus caderas y su trasero. Se vistió con dificultad, todavía sensible, y bajó las escaleras.
Diego nadaba en círculos cortos dentro de la cubeta.
Tania se agachó frente a él, el top deportivo apretándole el pecho de forma casi obscena.
—En el ático hay una pecera vieja —dijo en voz baja—. La usé hace años. Puede que todavía sirva. El agua estancada de la cubeta no es buena… podría matarte si te dejo aquí mucho tiempo.
Subir al ático fue un esfuerzo absurdo. Cada peldaño hacía que sus senos rebotaran pesadamente dentro del top y que el equilibrio se volviera traicionero. La pecera estaba cubierta de polvo, pero intacta. Bajó el tanque vacío con más dificultad de la que quería admitir, los brazos temblándole por el peso y la falta de fuerza. Tardó casi una hora en limpiarla, colocar el filtro, el calentador y un par de adornos que encontró en una caja (unas piedras, una planta de plástico y un pequeño tronco hueco). Aclimat ó el agua con paciencia, recordando lo poco que sabía de cuando cuidaba peces.
Cuando por fin introdujo a Diego en su nuevo hogar y colocó la pecera en un mueble bajo de la sala, el pez se acercó inmediatamente al cristal. Nadó en círculos lentos justo frente a ella, las aletas moviéndose con calma. Parecía… tranquilo. Incluso un poco entusiasmado.
Tania apoyó los dedos en el vidrio.
—Tenemos que ser pacientes —susurró—. Esa mujer dijo que volvería para ofrecerme un trato. Haré todo lo posible por devolvernos a la normalidad. Lo prometo.
Echó un poco de comida en el agua. Diego subió a comer con avidez. Tania se quedó mirándolo un rato más, el peso de sus pechos recordándole a cada respiración la realidad de su situación. Luego subió a su nueva habitación, se quitó el top deportivo con un suspiro de alivio y se dejó caer en la cama de sábanas suaves.
¿Cuánto tiempo tendría que esperar? ¿Cómo se suponía que debía adaptarse a este cuerpo, a este nombre, a esta vida que ya no era suya?
Las preguntas giraban en su cabeza mientras el cansancio la vencía poco a poco. Y entre todo el miedo y la incertidumbre, una pequeña y traicionera parte de ella todavía recordaba la intensidad del orgasmo que había tenido frente al espejo… y se preguntaba, con un escalofrío, cuántas veces más terminaría cediendo a esa nueva y abrumadora necesidad.
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