sábado, 7 de noviembre de 2026

Ahora soy una estrella¡ -1 (Historia BS)

Diego se despertó con el mismo sonido de siempre: el zumbido insistente de la alarma del celular a las 6:45 de la mañana. No era un tono especial, ni una canción que le gustara; era simplemente el predeterminado de fábrica, ese bip-bip-bip metálico que parecía burlarse de él cada día. Abrió los ojos lentamente, mirando el techo de su habitación. Había una grieta pequeña cerca de la esquina izquierda que llevaba años ahí, y él a veces se entretenía imaginando que era un mapa de algún país inventado. Hoy no. Hoy solo suspiró.

Tenía veintidós años. Vivía en un departamento pequeño en las afueras de la ciudad, un lugar que compartía con un compañero de piso llamado Jhonatan que casi nunca estaba en casa. Jhonatan después de estudiar trabajaba de noche en un depósito y llegaba a las cinco de la mañana, se duchaba y se iba a dormir justo cuando Diego salía. Se cruzaban a veces en el pasillo, intercambiaban un “qué tal” cansado y seguían. No eran amigos. Eran dos personas que pagaban la mitad del alquiler, Diego por su lado aparte de ser un estudiante  de biología se dedicaba a hacer  fotografía especialmente  a  conciertos, tenia ese lado artístico en el cual se sentía  frustrado es por ello que su actitud  solía ser auto irónica  y algo cansada, en general se sentía invisible, sin embargo la vida  sigue el aquello a  Diego  .

Diego se levantó. El suelo frío de la madera le subió por las plantas de los pies. Fue al baño, se miró en el espejo. Cabello oscuro y casi lacio desordenado, ojos oscuros un poco hinchados, una barba de tres días que no se había molestado en afeitar. Nada especial. Un rostro que se perdía en cualquier multitud. Se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes con la pasta que ya estaba casi vacía y se vistió con lo de siempre: jeans oscuros un poco gastados en las rodillas, una remera gris sin logo y una campera negra ligera porque el aire de la mañana aún tenía ese fresco de otoño.

El desayuno era siempre igual. Café instantáneo —porque la cafetera se había roto hacía meses y nadie se había molestado en reemplazarla— con dos cucharadas de azúcar y un poco de leche que a veces estaba a punto de vencerse. Pan tostado con mermelada barata de frutilla. Mientras comía, revisaba el celular sin mucho entusiasmo. Notificaciones de grupos de WhatsApp del trabajo donde nadie decía nada interesante, algún like en una foto vieja de Instagram que había subido hace semanas, y las noticias del día que siempre parecían las mismas: política, clima, algún escándalo de famosos que él apenas reconocía.

Diego aparte  de estudiar trabajaba en un call center. unas 4 horas al día, de lunes a viernes, respondiendo llamadas de gente molesta porque su internet no funcionaba, porque la factura venía mal, porque el técnico no había llegado. Tenía un script que debía seguir, una sonrisa forzada en la voz y un supervisor que pasaba cada tanto por detrás de las sillas revisando que nadie se distrajera demasiado. El auricular le apretaba la oreja izquierda y a las tres de la tarde ya le dolía el cuello. A veces, entre llamada y llamada, miraba por la ventana del piso once y veía los edificios grises, el tráfico, la gente caminando como hormigas. Se preguntaba, sin mucha dramatismo, si esa era toda la vida que le tocaba.

Al mediodía comía en la cafeteria del edificio: un sándwich de jamón y queso o, si se sentía “especial”, una empanada de carne. Comía solo, mirando el celular o simplemente el plato. No tenía amigos cercanos en el trabajo. Había compañeros con los que hablaba de fútbol o de series, pero nada más. Los fines de semana eran peores en cierto sentido. El sábado solía quedarse en casa, ver series que ya había visto tres veces, jugar algún videojuego online donde nadie sabía su nombre real, o simplemente acostarse en el sofá mirando el techo. El domingo limpiaba un poco, lavaba la ropa y se preparaba mentalmente para el lunes otra vez, aunque  disfrutaba  mas los momentos donde salía  a fotografiar   sentía que de alguna manera  podía percibir  la belleza  de lo simple  en una  imagen.

Esa tarde, al salir del trabajo, el sol ya bajaba. Diego caminaba hacia la parada del colectivo con las manos en los bolsillos. La calle no era especialmente fea ni bonita: veredas irregulares, algunos árboles secos, negocios que cerraban temprano. Pasó frente a la panadería donde a veces compraba medialunas, frente al kiosco donde el dueño siempre le decía “¿lo de siempre?” aunque él casi nunca compraba lo mismo. Y entonces lo vio.

En el borde de la vereda, medio escondida entre unas hojas secas y un trozo de papel arrugado, brillaba algo. Diego se detuvo. Se agachó. Era una moneda. Pero no una moneda cualquiera. Era más gruesa, más pesada de lo normal, y tenía un brillo dorado que no parecía de las monedas corrientes. En una cara había un símbolo que no reconocía —algo así como un círculo con líneas entrelazadas— y en la otra, una inscripción en un idioma que no entendía. Parecía… valiosa. Como de colección. O antigua.

La levantó con cuidado. Estaba fría al tacto, pero de una forma extraña, como si guardara algo adentro. Diego la giró entre los dedos. “Seguro alguien la perdió”, pensó. Miró alrededor. Nadie. La calle estaba casi vacía a esa hora. Se la guardó en el bolsillo del pantalón, pensando que tal vez mañana la llevaría a alguna casa de numismática o simplemente la dejaría en la mesa de la entrada por si alguien la reclamaba.

Llegó a casa. Jhonatan todavía no estaba. Diego se quitó la campera, se tiró en el sofá y encendió el televisor más por costumbre que por ganas. Cambió de canal sin mucho interés hasta que se detuvo en uno de música. Estaban pasando un videoclip. Sabrina Carpenter. La reconocía bastante  bien: canciones pegadizas, esa imagen brillante de fama, conciertos, flash de cámaras, una vida que parecía hecha de otra materia. Estaba cantando algo alegre, moviéndose con esa seguridad que solo tienen las personas a las que el mundo mira. Diego sacó el celular y, sin pensarlo demasiado, buscó su nombre. Fotos de red carpets, interviews, viajes, millones de seguidores. Una existencia que parecía lo opuesto absoluto a la suya.

Sacó la moneda del bolsillo. La miró otra vez bajo la luz de la lámpara del living. Brillaba de un modo distinto ahora, como si respondiera a algo. Diego sonrió con esa mezcla de ironía y cansancio que a veces le salía.

—Ojalá pudiera ser famoso como ella —murmuró casi en broma, girando la moneda entre los dedos—. Ojalá mi vida no fuera… solo esto.

La moneda se calentó de golpe en su mano. Un calor intenso, pero no quemante. Un destello dorado llenó el living por una fracción de segundo. Diego sintió un tirón en el pecho, como si algo lo empujara desde adentro hacia afuera. El mundo se dobló.

Y entonces… todo cambió.

Diego abrió los ojos con un jadeo suave, como si saliera de un sueño demasiado profundo. La primera sensación que lo golpeó no fue visual, sino táctil. La cama bajo su cuerpo era… distinta. El colchón cedía de una forma perfecta, como si lo abrazara, y las sábanas no eran las de algodón barato y un poco áspero que conocía de memoria. Eran suaves, casi sedosas, de un blanco impecable que olía a lavanda cara y a algo limpio, lujoso. Parpadeó varias veces, confundido. El techo no era el de su habitación. No había grieta en la esquina. En su lugar, un techo alto, blanco, con una lámpara de diseño moderno que colgaba con elegancia. La luz que entraba por las cortinas semitransparentes era suave, dorada, nada que ver con la claridad grisácea de su departamento.

Intentó incorporarse.


Fue entonces cuando el pánico empezó a treparle por la garganta.

Algo no estaba bien. El peso de su cuerpo se sentía… diferente. Más ligero en algunos sitios, más pesado en otros. Cuando apoyó las manos en el colchón para impulsarse, notó primero la piel. Sus manos… no eran sus manos. Los dedos eran más finos, más delicados, las uñas perfectas y largas, pintadas de un rosa suave. La piel era suave. Demasiado suave. Como si nunca hubiera conocido el roce de un trabajo manual o el frío del invierno. Se tocó el antebrazo y un escalofrío le recorrió la espalda. La piel allí también era tersa, sin vello, cálida y sedosa bajo la yema de sus dedos.

Se sentó del todo y el movimiento hizo que algo se moviera en su pecho.

Diego bajó la mirada.

Y el mundo se detuvo.

Sobre su torso, cubierto solo por una camiseta blanca fina de tirantes que no reconocía, había dos pechos. Redondos, firmes, de un tamaño generoso que se levantaban con cada respiración agitada. No eran pequeños. Pesaban. Cuando movió un poco los hombros, sintió cómo se balanceaban ligeramente, cómo la tela de la camiseta rozaba los pezones de una forma completamente ajena a cualquier sensación que hubiera experimentado antes. Con una mano temblorosa —esa mano fina y suave— se tocó uno. La carne era blanda, sensible; el pezón se endureció al contacto y una oleada de vergüenza y terror le subió por el cuello. No era un sueño. No podía serlo.

—Qué… —intentó decir, pero la voz que salió de su garganta no era la suya.

Era aguda. Melódica. Femenina. Una voz clara, un poco ronca por el sueño, pero inconfundiblemente de mujer. Diego se llevó ambas manos a la garganta, sintiendo el cuello más fino, la manzana de Adán desaparecida. El cabello… el cabello le caía sobre los hombros y la espalda. Largo. Rubio. Sedoso. Se agarró un mechón y lo trajo delante de sus ojos: un rubio dorado, brillante, perfectamente peinado aunque un poco revuelto por la noche. No era su cabello castaño corto y rebelde. Esto era… demasiado.

El pánico lo empujó a levantarse de un salto. Las piernas flaquearon. Eran más cortas, más curvas; las caderas se balanceaban de una forma que no controlaba. Sintió el roce de la ropa interior —una braga delicada de encaje que no había puesto él— contra zonas que antes no existían de esa manera. Corrió descalzo por la habitación, los pies pequeños y suaves contra una alfombra espesa, hasta el espejo de cuerpo completo que había junto al tocador.

Se detuvo frente a él.

Y se vio.

El reflejo no era Diego. Era una mujer joven, hermosa, de rasgos delicados y expresivos. Ojos grandes y claros, labios carnosos, mejillas suaves, una mandíbula fina. El cabello rubio le caía en ondas perfectas hasta la mitad de la espalda. El cuerpo era esbelto pero con curvas marcadas: pechos generosos que se alzaban bajo la camiseta blanca, cintura estrecha, caderas suaves. Era Sabrina Carpenter. Exactamente como la había visto en el videoclip y en las fotos del celular hacía apenas… ¿horas? ¿minutos?

Diego —o quien fuera ahora— se llevó las manos a la cara, tocó los pómulos, los labios, el cuello. Luego bajó otra vez al pecho, apretando suavemente, como si quisiera confirmar que no era un truco de luz. Los pechos respondieron al tacto, pesados y reales. Se miró el vientre plano, las piernas largas y tonificadas, los pies pequeños. Todo era de ella. Todo.


—This… this can’t be real —dijo en voz alta, y la frase salió en inglés perfecto, sin acento, sin esfuerzo. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba hablando otro idioma. La voz de Sabrina resonó en la habitación, temblorosa, llena de miedo.

Se aferró al marco del espejo con ambas manos, los nudillos blancos. El cristal estaba frío bajo sus dedos suaves. Y entonces, justo cuando el pánico amenazaba con ahogarlo, unas letras doradas comenzaron a formarse sobre la superficie del espejo, como si alguien escribiera desde el otro lado con tinta de luz:



Deseo concedido. Tendrás fama como Sabrina… porque ahora serás ella.

Diego —Sabrina— leyó las palabras una y otra vez, con los ojos muy abiertos. El mensaje brilló unos segundos más y luego se desvaneció lentamente, dejando el espejo limpio otra vez, devolviéndole solo su nuevo rostro aterrado.

—¡No me refería a eso! —gritó, todavía en esa voz melódica y ajena, mientras se aferraba al espejo con desesperación, las uñas rozando el cristal, el cuerpo temblando de pies a cabeza—. ¡No me refería a esto! ¡Quería… quería ser famoso, no… no ser ella!

Las tetas se movieron con cada sollozo contenido, el cabello rubio le caía sobre la cara, y el reflejo de Sabrina Carpenter lo miraba desde el otro lado del cristal con la misma expresión de puro pánico que sentía por dentro.

Ella se soltó del espejo con un movimiento brusco, las manos todavía temblando, y se llevó ambas a la cabeza. Los dedos se hundieron de inmediato en el cabello largo y rubio, tan suave y abundante que por un segundo se olvidó de respirar. Era extraño: cada vez que tiraba suavemente de un mechón, sentía el tirón en el cuero cabelludo, real, propio. Se pasó las manos por toda la longitud, desde la coronilla hasta las puntas que le rozaban la mitad de la espalda, y el cabello resbalaba entre sus dedos como seda cara. 

—La moneda… —susurró con esa voz melódica que todavía le resultaba ajena—. El deseo…que hice.....


WOLAAAASSSS ¡¡¡¡¡¡¡  Ahora si hemos traído la tan esperada historia de Sabrina, esta dividida en tres partes , las próximas historias que saldrán después de esta serán algo cortas  y en su mayoría peticiones ya que, estoy  escribiendo la precuela de ''El precio del despecho''  , y por que no solo escribo historias TG también escribo  fantasía  y otros géneros en los cuales me he viciado mucho y ese fue el motivo por el que tarde un poco en actualizar, quizá en un momento me anime a compartirles mi borradores para saber sus opiniones, ya saben cualquier cosa  , sugerencia o petición en la caja de comentarios.
ASTRONOMIC

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¿Te ha pasado que quieres decir algo pero las palabras no son suficientes? Ahora puedes colocar imágenes o vídeos en comentarios, con los siguientes códigos:

[img]URL de la imagen[/img]

[video]URL del video[/video]