Sabían que teclear letra por letra con aquel cuerpo diminuto debía ser agotador, casi doloroso. Prepararon un rincón seguro en la mesa de la cocina: cerraron bien las ventanas, bajaron las persianas lo suficiente para que ninguna sombra de ave pudiera asomarse y colocaron la caja cerca del portátil para que Amber pudiera entrar y salir sin problemas. Le dejaron un poco de agua en una tapa de botella y un trocito de manzana por si necesitaba recuperar fuerzas.
—Tómate el tiempo que necesites —le susurró María antes de alejarse—. Estaremos en la otra habitación. Nadie te va a molestar.
Cerraron la puerta con suavidad y se quedaron esperando en el sofá del salón, intentando no mirar el reloj cada dos minutos. La tensión era espesa. Cada uno estaba metido en sus propios pensamientos: el peligro que representaba Andrés, como quitarle el anillo, la cantidad de vidas que ya había destrozado o las que destrozaria… y la frágil criatura que ahora dependía completamente de ellos.
Pasó aproximadamente una hora y media.
Cuando por fin regresaron a la cocina, encontraron a Amber hecha una bolita en un rincón de la caja, el cuerpecito subiendo y bajando con respiraciones profundas. Estaba dormida, claramente exhausta. El esfuerzo de comunicarse la había dejado sin energías. María sintió una punzada de ternura y culpa al mismo tiempo.
Luego miraron la pantalla del portátil… y se quedaron en silencio.Había
bastante texto. Más de lo que esperaban. Las letras estaban desordenadas en algunos tramos, con espacios irregulares y alguna tecla repetida por accidente, pero era perfectamente legible. Amber había escrito todo lo que pudo.
Lucas se acercó primero y le dejó un gajo fresco de naranja junto al hocico. María, con dos dedos, le acarició el lomo con extrema suavidad mientras murmuraba:
—Lo hiciste increíble Amber… descansa.
El ratón se removió apenas, olfateó la fruta y empezó a mordisquearla con avidez, todavía medio dormido. Solo entonces ambos se sentaron frente a la laptop y comenzaron a leer.
La historia de Amber se desplegó ante ellos con una crudeza silenciosa.
Llevaba semanas ignorando a Andrés. El hostigamiento había empezado de forma sutil —mensajes “casuales”, apariciones “coincidentes” en la biblioteca, comentarios sobre lo bien que se veía— y había escalado hasta volverse sofocante. Ella lo había rechazado una y otra vez, cada vez con más claridad. Hasta que un día él la citó para “darle un cierre definitivo a todo”. Amber, cansada pero esperanzada, pensó que por fin estaba madurando. Que tal vez había entendido el mensaje y solo quería terminar las cosas de forma civilizada.
Se presentó en el lugar acordado… y se encontró con un Andrés completamente distinto.
Más alto. Más atractivo. Con una seguridad física que nunca había tenido. Ella se sorprendió, pero no cambió de opinión. Cuando él, sonriendo con demasiada confianza, le preguntó si incluso viéndolo así todavía no quería estar con él, Amber respondió con honestidad:
«No. No se trata de cómo te ves por fuera. Se trata de cómo eres por dentro.»
Aquella frase, según lo que ella misma había escrito, pareció tocarlo en un punto profundo y oscuro. La expresión de Andrés cambió. Sacó el anillo, se lo colocó con calma y murmuró algo que ella alcanzó a escuchar con claridad:
«Bueno… si tanto valoras el interior…»
El haz de luz la envolvió antes de que pudiera correr.
El resto del relato era todavía más desolador. Amber describía cómo había deambulado sola durante días, aterrorizada, intentando sobrevivir convertida en un animal diminuto. Llegó a convivir un tiempo con otros ratones en un rincón del campus, pero la diferencia era abismal: ella seguía pensando como humana. Al final, impulsada por una mezcla de rabia y necesidad de respuestas, empezó a seguir a Andrés en silencio. Se escondía entre las sombras, entre la basura, bajo los bancos. Quería llorar, pero su nuevo cuerpo no se lo permitía. Sabía que cada vez que salía a la intemperie estaba a una garras, a un zapatazo o a un ave de rapiña de morir… y aun así no podía dejar de seguirlo.
Hasta que un día lo vio solo, hablando en voz baja… con el anillo.
No parecía una conversación normal. Andrés gesticulaba, soltaba risas cortas y amargas, y en cierto momento pareció estar burlándose de sí mismo mientras miraba la piedra oscura como si esta pudiera responderle.
María y Lucas levantaron la vista de la pantalla al mismo tiempo. El último párrafo se quedó flotando entre ellos como una amenaza nueva y desconocida.
Andrés no solo usaba el anillo.
Parecía… hablar con él.
Amber no había terminado.
Todavía con restos de cansancio evidente, el pequeño cuerpo salió de la caja con determinación y caminó de nuevo sobre el teclado. Esta vez no intentó escribir desde cero: se dirigió directamente hacia la parte inferior del documento y empezó a golpear con las patitas la barra espaciadora y luego la tecla de flecha hacia abajo, señalando con claridad que había más texto en otra sección de la página. Lucas se apresuró a desplazarse por el documento hasta encontrar el párrafo que faltaba.Allí estaba la parte más inquietante.
Amber relataba que, una noche, mientras seguía a Andrés en silencio desde las sombras, lo había escuchado hablar solo… o al menos eso parecía al principio. Se burlaba del anillo, lo giraba entre los dedos y soltaba comentarios amargos y arrogantes. De pronto, una voz respondió. No era la de Andrés. Era una voz oscura, profunda, casi tenebrosa, que pareció surgir desde la propia piedra del anillo. Amber solo alcanzó a distinguir con claridad una frase:
«Ríe mientras puedas, muchacho.»
Andrés había soltado una carcajada más fuerte, como si la advertencia le resultara graciosa, y había seguido su camino sin darle importancia. Amber, lejos de asustarse del todo, sintió una chispa de esperanza retorcida. Si había algo —o alguien— atrapado dentro de ese anillo, quizás podía ser ayudado. Y si lograba ayudar a lo que fuera que estuviera ahí dentro, tal vez ese mismo poder podía devolverla a ella a la normalidad. Por eso había seguido a Andrés con tanta obstinación, incluso cuando sabía que cada día a la intemperie era una sentencia de muerte potencial.
También escribió que había presenciado cómo él los transformaba a ellos dos en el pasillo, y días después cómo convertía al profesor Arlo en Ayla. Había estado presente, escondida, impotente. Los últimos días los había pasado escapando del mismo gato que casi termina con su vida. Esa tarde, cuando el felino por fin la atrapó, ya se había resignado a morir. Estaba cansada de huir, de tener hambre, de vivir con el miedo constante de ser aplastada o devorada.
Al final del texto había una petición simple y desgarradora:
«¿Pueden ayudarme a abrir mis redes? Quiero decirle a mis padres que estoy bien.»
María y Lucas no se negaron ni un segundo.
Con extremo cuidado, abrieron el perfil de Amber en el teléfono de Lucas. Ella, desde el teclado, fue indicando letra por letra lo que quería escribir. Esta vez no lo hizo sola: ambos la ayudaron a redactar un mensaje breve, lo suficientemente vago como para no levantar sospechas imposibles de explicar, pero lo bastante cálido como para calmar a una familia destrozada por la desaparición. Cuando por fin le dieron a enviar, Amber se quedó mirando fijamente la foto de su propio perfil durante un largo rato. Aquella chica sonriente de la imagen ya no existía… o al menos no de la misma forma. Los delirios de un hombre tan resentido como Andrés tal vez habían arruinado su vida para siempre.
O tal vez no.
María la levantó con delicadeza y se la guardó en el bolsillo delantero de la chaqueta, donde el calor de su cuerpo la mantendría segura y cercana. Amber se acurrucó allí sin resistirse, como aceptando que, por ahora, ese era el lugar más seguro del mundo.
Después se sentaron los tres —dos humanos y un ratón— alrededor de la mesa. La conversación giró inevitablemente hacia el anillo.—Tenemos que quitárselo —dijo Lucas en voz baja—. Pero no sabemos ni por dónde empezar. ¿Qué se supone que busquemos? ¿“Anillo mágico que cambia cuerpos”? Suena ridículo incluso pensarlo.
María se pasó una mano por el pelo rubio, frustrada.
—Podríamos intentar rastrear de dónde lo sacó. Si lo compró, si lo encontró, si se lo dieron… cualquier pista. Pero es como buscar una aguja en un pajar. No tenemos ni un nombre, ni un símbolo claro, ni nada concreto.
Estaban atrapados en ese callejón sin salida cuando el teléfono de Lucas vibró sobre la mesa.
La pantalla se iluminó con un mensaje de un número desconocido. Ambos se inclinaron al mismo tiempo para leerlo. Amber, desde el bolsillo, se asomó apenas, como si también quisiera ver.
El texto era breve, directo y profundamente inquietante:
«Sé cómo detenerlo.
Y si me ayudas… puedo ayudarte con un favor.»
WOLAS RECTA FINAL DE LA HISTORIA ¡¡¡ ya quedan solo tres caps para acabar esta historia , hay un lore extenso en cuanto al anillo y el ser que lo habita, explorare mas de este anillo y otros objetos mágicos en la historia que funcionara como precuela de esta pero si tiene dudas de como funciona dejen sus preguntas en la caja de comentarios¡

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