viernes, 23 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 10 (FINAL)

Habían pasado semanas desde que aquella pesadilla terminó.

El campus recuperó poco a poco su ritmo habitual. Los carteles de “desaparecida” de Amber fueron retirados uno a uno, y en su lugar empezaron a aparecer sonrisas de alivio y abrazos largos. El reencuentro con su familia fue exactamente como ella había temido e imaginado al mismo tiempo: lágrimas a mares, abrazos que parecían no querer terminar nunca y preguntas que Amber respondió con medias verdades cuidadosamente construidas. Nadie necesitaba saber los detalles más oscuros. Bastaba con que estuviera de vuelta, viva y entera.

María y Lucas, por su parte, se propusieron algo más silencioso pero igual de importante: aprender a quererse otra vez dentro de aquellos cuerpos que no habían elegido. Ya no intentaban fingir que todo era igual que antes. Aceptaron que había diferencias, que el deseo se sentía distinto, que las caricias tenían nuevos significados. Pero el amor que se habían demostrado durante la crisis —la forma en que se protegieron, se consolaron y se negaron a abandonarse— seguía siendo el mismo. Esa certeza los mantenía unidos con más fuerza que cualquier cuerpo anterior.

Ayla, la antigua profesora Arlo, se veía sensiblemente más animada con el paso de los días. Seguía impartiendo clases, aunque ahora con una voz más suave y una presencia que los estudiantes aceptaban sin cuestionar. Había días en los que la tristeza le pesaba en los hombros, pero también había empezado a encontrar pequeños espacios de calma. A veces se reunía con María y Lucas a tomar café después de las clases, y en esas conversaciones dejaba entrever que, aunque no había elegido su nueva vida, estaba aprendiendo a habitarla.


El último hechizo de Andrés había tenido un efecto inesperado en el muchacho. La magia, al romperse de forma violenta, no solo lo había dejado como mujer: había reescrito su identidad por completo. Ahora era Carla, una estudiante universitaria más, con un expediente académico improvisado por la misma fuerza que los había transformado a todos. Carla no se quejaba demasiado. En más de una ocasión confesó, con una sonrisa torcida, que lo veía como una segunda oportunidad. Una vida menos monótona, menos invisible. Empezó a juntarse con María y Lucas con cierta frecuencia, y aunque al principio el grupo se sentía extraño, poco a poco la presencia de Carla se volvió natural.

Amber retomó los estudios. Estaba atrasada, claro, pero su mente brillante hizo el trabajo pesado. En cuestión de semanas logró ponerse al día en la mayoría de las materias, y aunque todavía tenía noches en las que se despertaba sobresaltada creyendo que seguía siendo un ratón, cada mañana se recordaba a sí misma que ya no tenía que huir de nadie.

En cuanto a Andrés…

Después de que el ente se lo tragara, fue como si nunca hubiera existido. Los registros se desvanecieron, los recuerdos de la mayoría de las personas se volvieron borrosos o simplemente desaparecieron. Solo quienes habían sufrido directamente su crueldad —María, Lucas, Amber, Ayla y Carla— lo recordaban con claridad. Para el resto del mundo, aquel chico rencoroso y peligroso jamás había caminado por los pasillos del campus.

La amenaza había terminado.

Y aunque ninguno de ellos volvería a ser exactamente quien era antes, todos, a su manera, empezaron a intentarlo: llevar una vida lo más normal posible dentro de lo que les había tocado.

La herida seguía ahí, sí.

Pero por fin había dejado de sangrar.

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Habían pasado dos años desde aquella noche en la que el anillo se rompió y el ente se llevó a Andrés.

El tiempo, como siempre, no borró del todo las cicatrices, pero sí las suavizó lo suficiente como para que la vida pudiera seguir adelante.

Carla continuaba estudiando. Ya no era aquel muchacho invisible que merodeaba los pasillos de madrugada; ahora era una universitaria más, con horarios, compañeros y una agenda llena de trabajos parciales. No se quejaba. De hecho, en más de una ocasión confesó —con esa sonrisa torcida que se le había vuelto característica— que prefería esta versión de sí misma. Se había negado a las citas durante mucho tiempo, todavía recelosa de confiar en alguien después de lo que Andrés intentó hacerle aquella noche. Pero tampoco cerraba la puerta del todo. “Cuando esté lista”, solía decir. Y nadie la presionaba.

Amber estaba a punto de graduarse. Su mente brillante había hecho el resto: recuperó el tiempo perdido con una disciplina casi feroz y ahora caminaba por el campus con la seguridad de quien sabe exactamente hacia dónde se dirige. Curiosamente, adoptó un par de ratones que solían merodear por el campus, esos pequeñines  en su instinto diminuto habían recibido a Amber y le habían hecho compañía mientras ella aun era un roedor. Los cuidaba con una ternura meticulosa, les hablaba en voz baja y se aseguraba de que nunca les faltara nada. Quienes la veían pensaban que simplemente le gustaban los animales pequeños. Solo unos pocos sabían la verdad detrás de aquel gesto.

Ayla, la antigua profesora Arlo, terminó por adaptarse a su nuevo cuerpo. Ya no miraba su reflejo con la misma tristeza de los primeros meses. Con el tiempo conoció a un profesor de la facultad de Ingeniería, un hombre paciente y de humor seco que la hizo reír cuando creía que ya no sabía cómo hacerlo. Se enamoraron con calma. Ahora esperaban un hijo. Ayla aún no se lo había contado a casi nadie —faltaban apenas unas semanas para el primer trimestre completo—, pero cada vez que apoyaba una mano sobre su vientre, una pequeña sonrisa se le escapaba. La vida, de forma absurda e inesperada, le estaba dando algo que nunca creyó que tendría.


María y Lucas se habían graduado un año atrás. Siguieron en contacto con Amber, Ayla y Carla; el grupo que la pesadilla había forjado se mantuvo unido de una forma discreta pero sólida. Hacía no mucho habían decidido vivir juntos. El departamento era pequeño, luminoso y estaba lleno de detalles de ambos: libros de Lucas, plantas de María, fotos compartidas en las que ya no intentaban esconder quiénes eran ahora.

La promesa del ente se había cumplido. Ninguno de ellos careció de oportunidades. Becas, trabajos, contactos que aparecían en el momento justo… el dinero dejó de ser una preocupación constante. Y, de alguna forma, eso les permitió concentrarse en lo que realmente importaba.

Su relación había madurado. Lucas, con aquel cuerpo más fuerte y alto, solía tomar la iniciativa en la intimidad; había una dominancia suave pero clara en la forma en que la sujetaba, en cómo la guiaba. María, sin embargo, no se quedaba atrás. De vez en cuando era ella quien lo empujaba contra la cama, quien decidía el ritmo, quien le recordaba —con una sonrisa pícara— que el poder también podía cambiar de manos. Se conocían de una forma más profunda que antes del cambio. Se habían visto rotos, asustados y vulnerables… y aun así habían elegido quedarse.

Aquella noche, después de una cita larga y tranquila —cena ligera, caminata por el parque, el tipo de silencios cómodos que solo existen cuando dos personas se sienten realmente en casa la una con la otra—, regresaron al departamento. María se detuvo en medio del salón, con las luces bajas y el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Sacó de su bolsillo una caja pequeña, de terciopelo oscuro, y se la extendió a Lucas.

—Sé que todo esto empezó de la forma más absurda y horrible posible —dijo con voz suave pero firme—. Sé que no somos quienes éramos. Pero te elijo. Cada día. En este cuerpo, en el que sea. ¿Quieres casarte conmigo, Lucas?

Él la miró en silencio durante un segundo eterno. Luego sonrió de esa forma torcida y profundamente sincera que solo ella conocía, y asintió antes incluso de poder hablar.

—Sí. Mil veces sí.

Se abrazaron en medio del salón, sin prisa, mientras afuera la ciudad seguía su curso indiferente.

Para ellos, a pesar de todo lo bizarro, lo doloroso y lo imposible que había sido el camino… las cosas estaban bien.

Al fin y al cabo, estaban juntos.

Y en algún rincón oscuro e inimaginable del mundo, aquella entidad seguía haciendo sufrir a Andrés de formas que ningún humano podría concebir del todo. Quién sabe qué le estaría haciendo en ese preciso instante. Solo una cosa era segura: si alguna vez hubiera sido capaz de un mínimo de empatía, de aceptar un no, de no convertir su rencor en arma… tal vez nada de aquello le habría ocurrido.

Pero esa ya no era historia de María, ni de Lucas, ni de Amber, ni de Ayla, ni de Carla.

La suya, después de tanto, por fin podía seguir adelante. 


WOLAS  MIS QUERIDOS LECTORES ¡¡¡¡¡¡¡ bueno esta historia ha finalizado me gusto mucho escribirla, la próxima historia es la de Sabrina Carpenter, aquella historia es una petición la cual me gusto mucho escribir, próximamente  seguirá la historia precuela que explora un poco mas del anillo, otra historia en la que una portadora de este peligroso objeto  lo usa para su beneficio personal y meramente para entretenerse y otros aparte de recibir una lección reciben un cambio de vida  muy grande, en fin, creare un apartado donde les contare mas tramas que tengo en mente y de que van  y ustedes podrán elegir cual sale primero y pueden hacer sus peticiones también dicho todo esto nos vemos en la próxima historia.



1 comentario:

  1. Un gusto camaradas seguir está historia hasta el final
    Me encantó leer tu historia sigue así

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