Andrés lo miró durante un segundo eterno, como si su cerebro se negara a procesar lo que veían sus ojos. El color se le drenó del rostro. El pánico lo invadió de golpe, puro y primitivo. Retrocedió un paso, luego otro, tropezando con sus propios pies.
—No… no, no, no, esto no puede…
No terminó la frase.
Una sombra se materializó detrás de él.
No fue un proceso gradual. Simplemente… estuvo ahí. Una presencia densa, oscura, de contorno vagamente humanoide pero claramente inhumano. Dos ojos sin pupilas se abrieron en medio de aquella masa de penumbra, y una sonrisa demasiado ancha y llena de dientes afilados se dibujó donde debería haber una boca. El ser extendió un brazo de humo y garras y agarró a Andrés por el cuello con una violencia brutal, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
La voz que salió de aquella figura era la misma que Amber había escuchado salir del anillo: profunda, tenebrosa y cargada de un humor cruel.
—Ahora… ¿qué era eso que decías de ser tú el amo y yo el esclavo?
Andrés apenas pudo balbucear un sonido ahogado antes de que el ente lo estrellara contra el suelo con suficiente fuerza como para dejarlo inconsciente de inmediato. El cuerpo del joven quedó inmóvil, la cara contra el asfalto.
Lucas no perdió ni un segundo. Se levantó como pudo y atrajo a María contra su pecho en un abrazo protector, girando el cuerpo para interponerse entre ella y la criatura. Ayla, desde su escondite, recogió a Amber con manos temblorosas y se la guardó de inmediato en el bolsillo de la chaqueta, apretándola contra su cuerpo.
El ser demoníaco giró lentamente la cabeza hacia ellos. Aquellos ojos rojos se posaron en Lucas con una curiosidad casi divertida.
—Bien —dijo con voz cavernosa—. Como mi amiga les prometió un trato es un trato. Pero sé claro: El favor que pidas le afectara a solo uno. Uno.
Lucas, María y Ayla se miraron entre ellos durante una fracción de segundo. No hubo discusión. Los tres sabían exactamente cuál era la prioridad.
—Devuelve a Amber a su forma humana —pidió Lucas, con la voz firme a pesar del temblor que aún le recorría las piernas—. Por favor.
El ente inclinó la cabeza, como considerando la petición. Luego chasqueó los dedos con un sonido seco que resonó en el aire nocturno.
—Hecho.
Desde el bolsillo de Ayla se produjo un destello breve y cálido. Un segundo después, el peso en la chaqueta cambió por completo. Ayla dio un respingo y, con cuidado, extrajo de su ropa a una Amber completamente humana, desnuda, temblando y jadeando aire como si acabara de salir del agua después de estar a punto de ahogarse. María se quitó la chaqueta de inmediato y se la puso sobre los hombros, mientras Amber, todavía en shock, se aferraba a ella con fuerza.
El ser demoníaco observó la escena con aparente indiferencia.
—Por liberarme hare que su suerte sea buena —añadió—. Dinero, oportunidades… . Pero no esperen más favores mágicos. Eso requeriría un pacto… y créanme, no quieren estar endeudados conmigo. No sería… bonito.
Su atención regresó entonces hacia Andrés, quien empezaba a recobrar la conciencia con un gemido débil. El ente soltó una risa baja, oscura y genuinamente divertida.
—Yo, en cambio… me voy a divertir mucho contigo.
Andrés abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo aquella sombra se abalanzaba sobre él. El grito que soltó fue de puro terror, desesperado y agudo. Un segundo después, la masa oscura lo envolvió por completo, tragándoselo entero como si fuera humo negro denso. El grito se cortó de golpe.
Y entonces, el ente simplemente… dejó de estar ahí.
El estacionamiento del edificio de mantenimiento quedó en silencio. Solo quedaban Lucas, María, Ayla, una Amber recién devuelta a su cuerpo humano y envuelta en una chaqueta… y el anillo roto en el suelo, ahora completamente inerte.
Amber se derrumbó.Las lágrimas empezaron a caerle en silencio primero, y luego a mares, sin que pudiera controlarlas. Se abrazó a sí misma bajo la chaqueta de María, el cuerpo entero sacudido por sollozos que llevaba días —semanas— conteniendo dentro de un cuerpo que no le permitía llorar. Había sobrevivido al hambre, al frío, a los gatos, a la constante amenaza de ser aplastada o devorada… y todo por los delirios enfermos de un hombre rencoroso que no soportó un rechazo.
Nadie intentó hacerla callar.
A unos metros, la joven que al juzgar por sus prendas había sido algún otro chico se miraba las manos, luego el pecho, luego las piernas, todavía en un estado de shock profundo. Finalmente levantó la vista hacia el grupo con una expresión rota.
—¿Eso es todo? —preguntó con voz temblorosa—. ¿No hay… no hay forma de que yo vuelva a ser un hombre?
Lucas, María y Ayla se miraron entre ellos. El silencio fue pesado, pero honesto. Fue Lucas quien respondió, con suavidad pero sin dar falsas esperanzas:
—Vas a tener que acostumbrarte.La joven —quien todavía no tenía un nombre nuevo que aceptar del todo— se dejó caer al suelo, sentada contra la pared. Bajó la cabeza. Parecía triste, sí, pero de una forma apagada, casi resignada. No gritó ni se desesperó. Simplemente asimiló la sentencia en silencio, como quien recibe una noticia que ya sospechaba.
Mientras tanto, María y Ayla se concentraron en Amber. Entre las dos la envolvieron mejor con la chaqueta y buscaron en el auto de Ayla una manta vieja que la profesora tenía en el maletero. La cubrieron con cuidado y la guiaron hasta el vehículo. La conserje, todavía sentada en el suelo, levantó una mano débil cuando se disponían a irse.
—Yo… esperaré aquí hasta la mañana —dijo en voz baja—. Necesito… procesar esto.
Nadie la obligó a acompañarlos. El shock todavía la tenía atrapada.
María y Lucas subieron al auto de Ayla junto con Amber. El trayecto hasta el departamento fue silencioso, solo roto por los sollozos cada vez más suaves de la chica recién recuperada. Una vez dentro, María le prestó ropa cómoda: una camiseta amplia, un pantalón de chándal y un par de calcetines gruesos. Amber se vistió con dedos temblorosos y se dejó caer en el sofá, todavía llorando, aunque ya no con la misma intensidad desgarradora de antes.
El trauma había sido enorme.
Pero entre las lágrimas había algo más: alivio. Andrés ya no podría hacerle daño a nadie nunca más. Esa certeza, por pequeña que fuera, empezaba a hacer mella en su pecho.
Las horas fueron pasando con lentitud. Ayla se quedó un rato más, sentada en silencio, procesando su propia realidad. Sabía que se quedaría así para siempre. La tristeza se le notaba en los ojos, pero también una extraña calma exhausta. Cuando por fin se levantó para irse, se detuvo en la puerta y miró a María y a Lucas.
—Cuídenla esta noche —pidió en voz baja—. Yo… necesito estar sola un rato.Ambos asintieron. Ayla se marchó.
Amber terminó quedándose dormida en el sofá, con la cabeza apoyada en el regazo de María mientras la mano de Lucas estaba cubriéndole el hombro a maria de forma protectora. El cansancio acumulado de días enteros sobreviviendo como un animal diminuto la venció por completo.
Lucas y María se miraron en la penumbra del salón. Ya no había anillo. Ya no había Andrés. Ya no había amenaza inmediata.
Uno tras otro, los tres terminaron rindiéndose al sueño.
Y por primera vez en mucho tiempo, la paz que llenó el departamento no era fingida ni temporal.
Era real.




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