jueves, 22 de octubre de 2026

El Precio del Despecho - 8

El mensaje permaneció iluminado en la pantalla del teléfono de Lucas durante varios segundos, como desafiándolos a decidir.

Lucas lo revisó con cuidado. No provenía de ningún número registrado, ni siquiera de uno oculto de forma convencional. Era como si hubiera aparecido de la nada, sin rastro claro de origen. María se inclinó sobre su hombro, y desde el bolsillo de la chaqueta Amber se asomó lo suficiente como para que sus ojitos negros también pudieran ver la pantalla. Los tres llegaron a la misma conclusión casi al mismo tiempo: quien estuviera al otro lado había sufrido algo similar… o al menos conocía lo suficiente sobre el anillo como para ofrecer una solución real. Tenía recursos, o conocimiento, o ambas cosas.

Lucas respiró hondo y tecleó la respuesta:

«Acepto.  

¿Quién eres y cómo podemos ayudarnos?»

La contestación llegó casi de inmediato.

«De quién soy no te preocupes, solo busco intentar  ayudar a un amigo  

Pero deberás ser cauteloso… y rápido si quieres quitarle el anillo.  

Deberás repetir este conjuro. Al menos tú.  

Eres el más apto para poder hacerle frente a ese tonto.»

Debajo del mensaje apareció un breve texto en un idioma que ninguno de los dos reconoció del todo, aunque las palabras parecían cargadas de un peso antiguo. Lucas frunció el ceño y escribió de nuevo:

«¿Para qué es el encantamiento exactamente?»

La respuesta fue directa:

«Es un hechizo de protección básico.  

Para que cuando quiera usar el anillo contra ti o alguno de ustedes no haga efecto… al menos la primera vez.»

Lucas sintió un destello de frustración. Tecleó con más fuerza de la necesaria:

«¿No tienes un hechizo que lo inhabilite de una vez por todas?»

Esta vez el remitente tardó un poco más en contestar.

«Eso requiere un hechizo mas sofisticado y además no tengo mucho tiempo para ello.  

Y no puedo compartir más información.»

Hubo un silencio denso en la cocina. María miró a Lucas, luego al pequeño bulto que se movía en su bolsillo. Amber estaba completamente quieta, escuchando. Lucas cerró los ojos un segundo, sopesando el riesgo, y finalmente respondió:

«Lo haremos.»

La última respuesta del desconocido fue breve, casi fría:

«Bien.»

La conversación terminó ahí. La pantalla se apagó, dejando solo el reflejo de sus propios rostros.

Un ligero hilo de esperanza se encendió en los ojos de los tres.

Ya no estaban completamente a ciegas. Tenían un conjuro de protección, aunque fuera básico y temporal. Tenían la confirmación de que alguien más conocía la existencia del anillo y quería detener a Andrés o eso aparentaba. Y, sobre todo, tenían un punto de partida.

Lucas guardó el teléfono con cuidado.

—Tenemos que usar este hechizo —dijo en voz baja—. Al menos en mí. Si puedo resistir el primer ataque, tal vez logremos acercarnos lo suficiente como para quitarle el anillo.


María asintió, aunque el miedo seguía presente en su expresión.

—También deberíamos contárselo a Ayla. Si vamos a planear algo, cuanto más seamos —y más cuidadosos— mejor.

Amber se removió dentro del bolsillo. María introdujo dos dedos con delicadeza y la sacó lo suficiente como para mirarla a los ojos. Aquellos ojitos negros, casi inexpresivos por la naturaleza de su forma, tenían ahora un brillo distinto. Un brillo pequeño, frágil… pero inconfundible.

Era esperanza.

Por primera vez en mucho tiempo, las tres víctimas de Andrés sentían que quizás, solo quizás, la pesadilla empezaba a tener un final posible.


El mensaje llegó poco después del anochecer.

Solo contenía una ubicación dentro del campus y una instrucción clara, casi fría:  

«Cuando lo encuentren, si no pueden quitarle el anillo, rompan el cristal de el mismo.»

No había más explicaciones. No hacía falta.

El campus a esa hora era un territorio distinto. Las luces de los pasillos principales estaban atenuadas, la mayoría de los edificios cerrados con llave y el silencio solo se rompía por el viento que arrastraba hojas secas entre los bancos. María llevaba a Amber segura en el bolsillo interior de la chaqueta. Ayla caminaba un par de pasos detrás, todavía acostumbrándose a su nuevo cuerpo y a la ropa que ahora le quedaba ajustada de formas que le resultaban ajenas. Lucas iba al frente, con el conjuro de protección repitiéndose una y otra vez en su mente como un mantra.

Los encontraron cerca del edificio de mantenimiento.

Andrés tenía acorralada contra la pared a una joven de aspecto atractivo y expresión aterrorizada. La ropa que llevaba era demasiado grande en algunos sitios y demasiado justa en otros; claramente había sido otra persona hace apenas unos minutos. Andrés le sujetaba una muñeca con fuerza y hablaba en voz baja, con esa sonrisa arrogante que ya se les había vuelto familiar. Estaba cruzando una línea que hasta entonces no había cruzado abiertamente: no se conformaba con transformar. Ahora quería tomar.

—Suéltala —la voz de Lucas cortó el aire nocturno como un latigazo.

Andrés giró la cabeza con lentitud. Al reconocerlos, su sonrisa se ensanchó.

—Miren nada más… los enamoraditos. ¿Vinieron a ver el espectáculo?

Lucas no le dio tiempo a seguir hablando. Se lanzó hacia adelante.

Ambos chocaron con una fuerza sorprendente. Andrés había mejorado su cuerpo de forma deliberada: era más rápido, más resistente y sabía usar cada gramo de esa nueva complexión. Lucas, aunque también habitaba un cuerpo masculino fuerte, no tenía la misma experiencia ni las mismas “mejoras”. Forcejearon con violencia. Puños, empujones, el sonido sordo de cuerpos golpeando contra la pared de ladrillo. Durante unos segundos parecieron estar a la par… hasta que Andrés logró girar el peso a su favor y derribar a Lucas contra el suelo, inmovilizándolo con una rodilla sobre el pecho.

—Patético —escupió Andrés, jadeando—. ¿De verdad pensaron que podían detenerme?

María apareció entonces por el costado, empuñando una barra de metal que había arrancado de una reja cercana. El golpe fue rápido, dirigido a la espalda de Andrés. Él se tambaleó, soltó a Lucas y giró hacia ella con los ojos encendidos de rabia. María intentó un segundo golpe, pero Andrés la esquivó y la empujó con suficiente fuerza como para hacerla caer de espaldas. La barra rodó por el suelo.


permanecía escondida tras unos contenedores, protegiendo el bolsillo donde María había dejado a Amber momentos antes. Desde allí solo podía observar, el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose tan impotente como el día en que la transformaron.

Andrés se irguió, sacudiéndose la ropa, y soltó una risa baja y burlona.

—Todo este esfuerzo… para nada. De verdad pensaron que podían ganarme.

Apuntando su mano en donde estaba el anillo con teatralidad. La piedra oscura brilló con un resplandor enfermizo.

—Creo que esta vez seré creativo —dijo mirando a Lucas, todavía en el suelo—. Una cucaracha te quedaría perfecta. Así podrás arrastrarte el resto de tu miserable vida.

Levantó la mano y lanzó el hechizo.

El haz de luz oscura surgió del anillo… y se disipó contra el pecho de Lucas sin hacer absolutamente nada.

Andrés parpadeó. Bajó la mirada al anillo, luego otra vez a Lucas, genuinamente confundido.

—¿Qué…?

Ese segundo de desconcierto fue todo lo que María necesitó.

Se lanzó desde el suelo, recuperó la barra de metal y, en lugar de apuntar a la cabeza, concentró toda su fuerza en un único golpe preciso: directo a la mano de Andrés donde brillaba el anillo.

El metal chocó contra la gema con un sonido seco y cristalino.

La piedra se quebró, aunque alnos dedos de Andrés también.

Un haz de luz cegadora, mucho más intenso y violento que cualquiera de los hechizos anteriores, estalló desde el anillo roto. La onda expansiva empujó a todos hacia atrás —Andrés, Lucas, María, incluso Ayla tras los contenedores— como si una fuerza invisible los hubiera lanzado lejos del punto de impacto.

El anillo, ahora agrietado y sin su gema, cayó al suelo entre chispas de luz residual.




ASTRONOMIC

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